El agua caliente del baño caía sobre el cuerpo sudoroso y fornido de Gustavo, formando remolinos espumosos alrededor de su panza y su pecho velludo. Se restregaba con un jabón barato, pero su mente estaba lejos de la higiene. El acto con Polina, su sumisión forzada y esa reacción corporal inesperada, había abierto un nuevo abanico de posibilidades en su mente retorcida. Ya no se trataba solo de infligir dolor o humillación básica. Había visto, con la claridad de un científico perverso, que el cuerpo de la joven, aterrorizado y humillado, podía ser llevado a experimentar placer. Y eso, esa contradicción, ese hacerla cómplice de su propia degradación, era el quinto esencia del control absoluto. Mientras el vapor empañaba los azulejos sucios, planificó mentalmente. El dolor podía ser un estímulo, no solo un castigo. El miedo podía mezclarse con la expectativa. Tenía que explorar esos límites, someterla a una experiencia donde los límites entre el sufrimiento y el placer se desdibujaran por completo.
En la celda contigua, Mila había dejado de golpear la puerta. El agotamiento y la desesperación la habían postrado en el colchón. Las lágrimas ya no brotaban con fuerza; eran un goteo constante y amargo que le quemaba los ojos. El silencio era su nuevo torturador. No tenía noción del tiempo, solo de su propia sed, de su hambre creciente y del pánico que se enquistaba como un tumor en su pecho. Se preguntaba una y otra vez qué quería ese hombre, por qué las tenía allí, qué le habría hecho a Polina. Cada imaginación era peor que la anterior. El destino le parecía un pozo oscuro del que no había salida.
Pero la más afectada, en un sentido más profundo y corrosivo, era Polina. Después de que Gustavo cerró la puerta, dejándola con el sabor salado del guiso y una humedad mucho más íntima y vergonzosa entre sus piernas, se había quedado inmóvil, acurrucada en el colchón. La culpa era un ácido que le corroía por dentro. "Soy una asquerosa", pensaba, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar. "Me vine con ese monstruo encima. Lo disfruté". Recordaba, contra su voluntad, la sensación de las embestidas brutales de Gustavo, la fuerza con que la sujetaba de las caderas, el peso de su cuerpo contra el suyo. Y para su horror, un calor bajo, traicionero, se encendía en su vientre al evocar esos detalles. Se tocó a sí misma, no por placer, sino como un acto de comprobación desesperada, y encontró humedad donde no debería haberla. Gritó de rabia y frustración en el silencio de la celda, un grito mudo para el mundo exterior. Su odio hacia sí misma era ahora tan intenso como su odio hacia su captor. Se sentía rota, no solo en su libertad, sino en su propia identidad. ¿Quién era ella si su cuerpo podía traicionarla de esa manera?
Las horas, marcadas solo por los latidos de su propio corazón acelerado, pasaron lentamente. En la penumbra, el tiempo era una sustancia espesa y agonizante.
Gustavo, ya bañado y vestido con ropa limpia, se dedicó a preparar meticulosamente su siguiente "lección". Fue a un viejo cofre de herramientas que tenía en el garaje y sacó unas sogas de nylon, resistentes pero no demasiado gruesas. Luego, en un cajón de la cocina, encontró unos broches de madera para la ropa, de los comunes. Finalmente, tomó unas velas gruesas, de cera de parafina, que solía usar cuando se cortaba la luz. No eran velas perfumadas ni elegantes; eran funcionales, de una cera que se derretía a una temperatura precisa. Con estos elementos en las manos, una extraña mezcla de ferretería y doméstico, se dirigió de nuevo a la celda de Polina. En su mente, no iba a infligir un castigo; iba a dirigir una experiencia. Un juego, como él lo definiría.
Al abrir la puerta, encontró a Polina sentada contra la pared, sus ojos verdes vidriosos, perdidos en algún lugar entre el miedo y el autorechazo.
—Vamos a jugar un lindo juego, perrita —anunció Gustavo, su voz sorprendentemente suave, casi amable.
Polina lo miró. Vio las sogas, las velas, los broches. Un escalofrío de terror puro le recorrió la espina dorsal. Su mente, nublada por el trauma, trató de buscar una salida, una forma de oponerse. "Podría intentar golpearlo, correr…" Pero el pensamiento se desvanecía tan pronto como nacía. "¿Y Mila? Si me rebelo, ¿qué le hará? Además, esta puerta está cerrada, este cuarto es una trampa. No tengo fuerza. No tengo nada". Era la resignación de quien ya ha sido derrotada en lo esencial. Casi sin darse cuenta, como un autómata, permitió que Gustavo le tomara las muñecas. Con movimientos rápidos y eficientes, él las ató firmemente a su espalda con la soga de nylon, que se le clavó en la piel sensible.
—Quédate quieta, buena chica —murmuró él, dándole un pequeño empujón en el hombro.
Polina cayó hacia atrás sobre el colchón, quedando boca arriba. Antes de que pudiera intentar cerrar las piernas, Gustavo le sujetó los tobillos. Con otra pieza de metal, una especie de barra rígida con esposas en los extremos que había preparado con antelación, le sujetó ambos tobillos, manteniendo sus piernas abiertas en un ángulo amplio e imposible de cerrar. Quedó completamente expuesta, vulnerable, atada e inmovilizada. El pánico le cerró la garganta, pero de él brotó, por primera vez desde que comenzó el infierno, una súplica verbal.
—Por favor… no me hagas daño —susurró, su voz era un hilo de esperanza lastimera.
Gustavo se rió, un sonido seco. Se inclinó sobre ella y, con el pulgar y el índice, pellizcó uno de sus pezones, que ya estaban erectos por el frío y el miedo, retorciéndolo con rudeza.
—¡Ay! —gritó Polina.
—Perrita, no se habla sin permiso —dijo él, con un tono de falsa paciencia—. Y además, ¿así se le habla a tu dueño? ¿Con súplicas? Vos tenés que obedecer y callar. A menos que te den permiso para gemir.
Polina apretó los labios, conteniendo un nuevo llanto. Se quedó callada, mirando el techo sucio, esperando lo que viniera, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que iba a estallar. El miedo era una niebla espesa, pero bajo ella, una curiosidad malsana y un calor vergonzoso empezaban a agitarse. ¿Qué era ese "juego"?
Gustavo encendió una de las velas con un encendedor. La llama anaranjada bailó, iluminando por momentos su rostro canoso y sus ojos brillantes. Se sentó a su lado, en el borde del colchón, y observó su cuerpo extendido, atado. Luego, inclinó la vela.
La primera gota de cera caliente cayó en el hueco entre su clavícula y su hombro. Polina contuvo el aliento. La sensación fue una punzada de calor intenso y agudo, pero que, al solidificarse casi al instante sobre su piel, se transformó en un pinchazo extraño, punzante pero no insoportable. No era como el latigazo. Era… diferente.
—Mmm… —un gemido leve, involuntario, le escapó.
—Ah, ¿viste? —dijo Gustavo, sonriendo—. No está tan mal.
Dejó caer otra gota, esta vez en la curva inferior de uno de sus pechos, cerca pero no directamente en el pezón. Polina arqueó la espalda, el calor se extendía como un círculo de fuego controlado. "Duele… pero…". Otra gota en el abdomen, bajo el ombligo. El contraste entre el frío de la celda y el calor repentino de la cera era electrizante. Su respiración comenzó a acelerarse. No era solo dolor; era una sensación intensa, abrumadora, que capturaba toda su atención, alejando por momentos los pensamientos de culpa y miedo.
Gustavo observaba sus reacciones como un entomólogo estudia un insecto raro. Vio cómo la piel se ponía colorada donde caía la cera, cómo sus músculos se tensaban y luego se relajaban. Dejó la vela a un lado, momentáneamente. Sus dedos, gruesos y callosos, descendieron por su cuerpo hasta encontrar su clítoris. Comenzó a masajearlo con una presión firme, circular. Polina gritó, esta vez no de dolor.
— ¡Ah, no! ¡Por favor, para!
—Callate —ordenó él, sin detener sus dedos—. Esto es parte del juego. Relajate y sentí.
Era una orden imposible de cumplir, pero su cuerpo, una vez más, comenzó a traicionarla. La estimulación directa, sumada a la excitación residual de la humillación anterior y a la extraña sensibilización de la cera caliente, estaba teniendo un efecto. Un calor profundo, vergonzoso, comenzó a extenderse desde su centro. Mientras sus dedos continuaban su trabajo, Gustavo tomó dos broches de madera. Sin ningún preámbulo, los colocó, uno en cada pezón, apretándolos hasta que mordieran la piel sensible.
— ¡Aaah! —Polina gritó, un sonido agudo de sorpresa y dolor punzante—. ¡Duele!
—Sí, duele —asintió Gustavo, como si explicara algo obvio—. Pero fijate… —volvió a colocar sus dedos en su clítoris, masajeando ahora con más intensidad—. El dolor de acá… y el placer de acá… se pueden mezclar. Dejate llevar, perrita.
Era una tortura exquisita. El dolor agudo y preciso de los broches en sus pezones era como un cable eléctrico que conectaba directamente con su cerebro, pero la estimulación constante y hábil en su clítoris creaba una contracorriente de placer que se mezclaba con el dolor, confundiéndolo, transformándolo en algo nuevo, algo que la aterraba y la excitaba al mismo tiempo. Su respiración era ahora un jadeo continuo, entrecortado por gemidos que ya no sabía si eran de protesta o de necesidad.
—Ah… no puedo… eso… —balbuceaba, perdida en la sensación.
Gustavo, entonces, tomó la fusta corta. No con la furia del castigo matutino, sino con una precisión calculada. Le dio unos suaves fustazos, más bien toques secos y rápidos, en la piel sensible de sus muslos internos, cerca de donde sus dedos seguían trabajando. Cada golpecito era una descarga sorpresa, un estallido de dolor superficial que parecía avivar el fuego que ardía en su centro.
—¡Ah! ¡Ah, dios! —gritaba Polina, ya sin coherencia, su cuerpo arqueándose contra las ataduras.
El "juego" continuó así, en una oscilación hipnótica y cruel. Gota de cera aquí, en un costado, en un muslo. Un masaje insistente y experto allí. Un fustazo suave pero incisivo en otro lugar. Los broches seguían pinzando sus pezones, un recordatorio constante y doloroso. Gustavo hablaba poco, solo para dar instrucciones breves o humillaciones suaves.
—Mirá cómo respondés, putita —murmuraba—. Tu cuerpo sabe lo que quiere, aunque vos te hagas la digna.
Polina ya no tenía fuerzas para la dignidad. Estaba sumergida en un torbellino sensorial del que no podía, y en un rinconcito oscuro de su alma, no quería escapar. El dolor de la cera ya no la hacía retroceder; la hacía esperar la siguiente gota con una tensión ansiosa. Los fustazos en sus muslos la hacían estremecer, pero era un estremecimiento que alimentaba el fuego interior. Era como si todas las barreras, todos los tabúes, se estuvieran derritiendo junto con la cera. Perdió la noción del tiempo por completo. Podrían haber sido minutos o horas.
Finalmente, la olla a presión de su cuerpo, sometida a esa estimulación contradictoria y brutal, no pudo contener más la explosión. Con un grito largo, desgarrado, que sonó extrañamente liberador en la celda insonorizada, Polina llegó a un orgasmo. Fue aún más intenso que el anterior, una convulsión total que la recorrió de pies a cabeza, haciendo que se sacudiera contra sus ataduras, olvidándose por completo del dolor de los broches, de las quemaduras de cera, de todo. Solo existía la descarga catártica y abrumadora.
Cuando los espasmos cesaron, quedó jadeando, cubierta de un sudor frío y caliente a la vez, la piel marcada por círculos rojos de cera y líneas rojas de los fustazos, los pezones hinchados y dolorosos bajo los broches. Se sentía completamente vacía, pero también, de una manera perversa, satisfecha a un nivel puramente animal.
Gustavo, que había observado el climax con una expresión de profundo triunfo, se acercó. Con cuidado, le quitó los broches de los pezones, lo que le provocó un último gemido de dolor-agudo. Luego, se inclinó sobre su rostro. Sus labios, gruesos y secos, se posaron sobre los de ella en lo que pretendía ser un beso tierno. Polina, en un estado de aturdimiento post-orgásmico y de confusión total, sin pensarlo, movida por un reflejo residual de conexión humana o por una distorsión extrema de gratitud por haber terminado el suplicio, le devolvió el beso. Fue breve, tímido, pero fue un beso de vuelta.
Gustavo se separó, una sonrisa de inmensa satisfacción en su rostro. Le acarició el cabello sudado, desenredándolo con sus dedos con una parodia de ternura.
—Te ganaste un baño por ser tan buena perrita —dijo, su voz era casi dulce—. Ahora vas a ver lo lindo que es portarse bien.
Comenzó a desatarla, y Polina, exhausta, confundida, y con una semilla de dependencia emocional plantada en lo más hondo de su psique quebrada, no opuso resistencia. El juego había terminado. Y ella, para su horror secreto, anhelaba en silencio no haber perdido.
El traslado desde la celda hasta el baño fue un episodio onírico para Polina. Aturdida aún por la tormenta sensorial del "juego", con la piel sensible y marcada, se dejó guiar por Gustavo como un sonámbulo. El baño era un lugar pequeño, con azulejos verdes descoloridos y óxido en las canillas. En lugar de una ducha normal, había una manguera de goma verde enroscada a un grifo sobre la bañera antigua. Gustavo la hizo parar en el centro de la bañera, desnuda y temblorosa, no tanto por el frío sino por la vulnerabilidad extrema de aquel nuevo escenario.
Sin ceremonias, Gustavo abrió el grifo. Un chorro de agua fría, directamente de la cañería, salió de la manguera y golpeó a Polina en el pecho. Ella gritó, un sonido de pura sorpresa, y retrocedió instintivamente, pero la bañera era pequeña y no había a dónde ir. El agua fría recorrió su cuerpo, cayendo en cascadas por sus hombros, sus pechos, su vientre, lavando el sudor, los rastros secos de cera y los fluidos secos de su humillación. El shock térmico la hizo jadear, pero también tuvo un efecto paradójico: la sacó del aturdimiento post-orgásmico y la trajo de vuelta, bruscamente, a la realidad. Una realidad donde ella, desnuda y empapada, estaba a merced de su captor en un baño sucio.
—Quieta —ordenó Gustavo, y su voz no era áspera, sino firme, como la de un entrenador.
Cerró un poco el agua, templándola apenas, y comenzó a enjabonarla. Tomó un trozo de jabón blanco, ordinario, y se lo pasó por las manos para hacer espuma. Luego, sus manos, grandes y callosas, empezaron a deslizarse por su cuerpo. No fue una caricia, sino una limpieza posesiva, metódica. Comenzó por el cuello, los hombros, frotando la espuma sobre su piel. Polina cerró los ojos, tratando de desconectar. Pero las manos de él eran insistentes. Bajaron a sus pechos, y esta vez no hubo pellizcos ni violencia, sino un lavado completo, abarcando cada curva, pasando el jabón sobre sus pezones sensibles, que se endurecieron al contacto, no por placer sino por el frío y la estimulación involuntaria. Ella contuvo la respiración.
Sus manos, llenas de espuma, descendieron por su vientre, y luego, sin vacilar, entre sus piernas. Allí, el lavado fue minucioso, intrusivo, un recordatorio brutal de lo que había ocurrido y de la intimidad que él ahora reclamaba como un derecho. Polina mordió su labio inferior hasta sentir el sabor a sangre, para no emitir ningún sonido. Luego, Gustavo la hizo girar y enjabonó su espalda, la curva de su columna, y finalmente, sus nalgas. Se detuvo allí, las manos llenas de espuma acariciando y limpiando esa parte de su cuerpo que tanto le obsesionaba, apreciando la firmeza bajo sus palmas. El agua fría volvió a correr, enjuagando la espuma, dejando su piel limpia, de un color rosado por el frío y la fricción, pero marcada aún por los pequeños círculos rojos de las gotas de cera.
Durante unos cinco minutos, solo se escuchó el sonido del agua y el roce de las manos de Gustavo sobre su piel. Era un silencio denso, cargado de una intimidad forzada y perversa. Luego, Gustavo, mientras seguía pasando el agua para enjuagar los últimos restos de jabón de sus piernas, rompió el silencio. Su tono era conversacional, casi amigable.
—¿Trabajabas, antes, en algo?
Polina, sorprendida por la normalidad de la pregunta, tardó un segundo en responder. La voz le salió ronca.
—Sí… en una oficina. De secretaria.
—¿Y estudiabas también?
—Sí. Abogacía. —La respuesta le salió automática, y al decirlo, un destello de su vida pasada, de sus sueños rotos, le atravesó el pecho con una punzada de dolor real, más agudo que cualquier dolor físico.
Gustavo asintió, como si archivara la información. Cambió el chorro de agua para enjuagar su espalda.
—¿Tenías novio? —la pregunta sonó casual, pero sus ojos no se despegaban de sus reacciones.
—No —respondió Polina, más rápido de lo que hubiera querido.
—¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien? —hizo una pausa y soltó una risita baja—. Antes que yo, digo.
Polina sintió la cara arder de vergüenza. El agua fría ya no era suficiente para enfriar la quemazón. Miró al frente, a la pared de azulejos agrietados.
—Hace dos meses… más o menos. Con un chico que me veía a menudo en la facultad. Pero después me enteré que tenía novia.
—Ah —dijo Gustavo, con un dejo de desprecio—. Te usó y te dejó. Como una putita descartable.
Polina no respondió. Las palabras dolían porque, en su distorsión, tenían un eco de verdad que resonaba con la vergüenza que ya sentía. Gustavo cerró el grifo. El silencio fue abrupto. Tomó una toalla vieja y áspera y comenzó a secarla. No con suavidad, pero tampoco con brusquedad. Era un gesto práctico, de posesión. La secó por completo, pasando la toalla por cada curva, cada valle, cada marca en su piel. Cuando terminó, le ordenó, señalando el suelo de baldosas húmedas.
—Ponete de rodillas.
Ella obedeció. El frío de las baldosas le golpeó las rodillas, pero ya estaba tan anestesiada por la sucesión de eventos que apenas lo registró. Se arrodilló frente a él, su cuerpo todavía brillante por las gotas de agua que la toalla no había atrapado, su cabello rubio casi blanco pegado a su espalda y hombros.
Gustavo se quedó parado frente a ella, mirándola desde arriba. Su expresión era impenetrable.
—Masturbate para mí —ordenó, sin ningún tono especial, como si le pidiera que pasara la sal.
Polina lo miró, un último destello de incredulidad en sus ojos verdes. Pero el reflejo de la obediencia, reforzado por el miedo, el cansancio y los vestigios del placer reciente, era más fuerte. Bajó la mirada. Con una mano temblorosa, se tocó. Al principio fue torpe, mecánico. Pero pronto, la memoria muscular, la excitación residual de la sesión anterior y la humillación misma de hacerlo bajo su mirada, comenzaron a surtir efecto. Sus dedos encontraron un ritmo, presionando y circulando sobre su clítoris, mientras la otra mano se apoyaba en el suelo para no perder el equilibrio. Su respiración, que se había calmado un poco, comenzó a acelerarse de nuevo.
Gustavo observaba, inmóvil. Luego, retomó su interrogatorio, su voz serena sobre el sonido apenas audible de su propia mano sobre su piel.
—¿Cuántos orgasmos has tenido en un día, como máximo, antes de esto?
Polina, con los ojos cerrados, concentrada en la sensación y en la vergüenza, respondió entre jadeos.
—Tres…
—¿Y con cuántos hombres estuviste en tu vida?
—Dos… —dijo, refiriéndose al chico de la facultad y ahora a él.
Gustavo sacó su teléfono celular. Encendió la cámara y comenzó a grabar. El lente capturó la imagen de Polina, de rodillas en el baño húmedo, desnuda, masturbándose, con el rostro contraído en una expresión que mezclaba placer y angustia.
—¿Alguna vez algún hombre te hizo gozar como yo? —preguntó, su voz ahora cerca del micrófono del teléfono.
Polina abrió los ojos y vio el lente apuntándole. La pregunta era un puñal. Deseó mentir, decir que sí, que hubo alguien, recuperar un ápice de dignidad. Pero la memoria de su propio cuerpo era implacable. El orgasmo contra la pared, violento e involuntario, y el posterior, inducido por el "juego" de dolor y placer, habían sido de una intensidad que nunca había experimentado. No había sido placer en el sentido amoroso o romántico; había sido una descarga animal, abrumadora, que la había hecho perder el control por completo. Y ante la evidencia física y la mirada inquisidora de Gustavo, la mentira murió antes de nacer.
—Nadie —susurró, y al decir la palabra en voz alta, algo dentro de ella se quebró o quizás se liberó—. Usted fue el que más me hizo gozar.
La confesión, sincera y humillante, actuó como una droga en su propio sistema. Una oleada de excitación más intensa la recorrió. Sus caderas comenzaron a moverse con más decisión, empujando contra su propia mano, los gemidos se hicieron más audibles, más desinhibidos. Ya no solo obedecía; ahora participaba.
Gustavo, observando la transformación a través de la pantalla del teléfono, sonrió. El mecanismo de la vergüenza convertida en excitación era un fenómeno que conocía bien, por teoría sádica, y ahora lo veía florecer ante sus ojos.
—¿Querés que tu dueño te coja? —preguntó, su voz cargada de una calma lasciva.
Polina, perdida en la necesidad que ella misma había avivado, no lo pensó. La palabra salió de sus labios como un suspiro urgente, natural, casi un ruego.
—Sí… por favor, mi dueño.
Gustavo dejó el teléfono apoyado en el lavatorio, la cámara aún grabando, capturando el ángulo general de la escena. Desabrochó su pantalón con movimientos rápidos y, sin más preámbulos, se abalanzó sobre ella. La penetró allí mismo, en el suelo frío y húmedo del baño, con la misma rudeza de antes, pero esta vez la respuesta de Polina fue distinta. No hubo rigidez, no hubo intento de resistirse. Había cruzado un umbral. Había entendido, en lo más profundo de su psique quebrada, que en ese infierno, el único momento en que el miedo, la culpa y el horror se disipaban era en el vértigo del placer físico que él podía proporcionarle. Era un pacto faustiano con su propia carne.
Así que, cuando Gustavo comenzó a moverse, ella movió sus cadenas. O, más precisamente, movió sus caderas. Fue un movimiento tímido al principio, luego más sincronizado, buscando el ángulo, la profundidad. No era amor, ni siquiera deseo en el sentido puro; era necesidad, adicción a la anestesia sensorial, y una retorcida gratitud hacia la única fuente que la proporcionaba.
—Así, así, putita… meté el culo —la alentaba Gustavo, sorprendido y excitado por la respuesta activa, agarrando sus nalgas con fuerza para guiarla.
Los cuerpos, uno viejo y sudoroso, el otro joven y ahora también sudoroso, se movieron al compás de un ritmo primitivo. Los gemidos de Polina ya no tenían angustia; eran sonidos de pura entrega física. Llegó al orgasmo rápidamente, un tercer climax ese día, que la sacudió con fuerza contra el cuerpo de él. Gustavo, estimulado hasta el extremo por su sumisión activa, rugió y eyaculó dentro de ella poco después.
Pero no fue el fin. Ese día, algo había cambiado. Gustavo, sintiendo que había cruzado una nueva frontera en su dominio, no se detuvo. Después de un descanso breve, la tomó nuevamente en el pasillo, contra la pared, mientras ella jadeaba y se aferraba a él. Y luego, una tercera vez, ya entrada la noche, dentro de la propia celda de Polina, en el colchón sucio, en un acto que tenía más de posesión ritual que de mero desahogo carnal.
Cuando finalmente Gustavo la dejó, exhausta, y cerró la puerta con llave, Polina se derrumbó en el colchón. La culpa regresó entonces, como una marea negra. "¿Qué estoy haciendo? ¿Quién me he convertido? Le rogué que me cogiera. Disfruté. Vine cinco veces". La cifra le parecía monstruosa. Se odió con una furia renovada. Pero bajo esa capa de odio, innegable, latía una satisfacción física profunda, un cansancio placentero en sus músculos, un eco de las descargas que habían sacudido su cuerpo. Por primera vez en su vida, alguien (o algo) había logrado extraer de su cuerpo esa cantidad de placer, aunque el precio fuera su alma. Se durmió, desnuda y abandonada, con ese conflicto atormentándola, pero el sueño fue profundo, pesado, el de un cuerpo exhausto.
Gustavo, en su cama, se durmió casi de inmediato. Su sueño fue profundo y pacífico. Antes de perder la conciencia, su mente repasó el día. La sesión con las velas y los broches había sido un éxito más allá de lo esperado. El baño y el interrogatorio habían producido esa confesión gloriosa. Y la respuesta activa, sumisa pero participativa, de Polina, había sido el regalo más grande. Mañana, pensó, mientras el sueño lo vencía, sería el turno de la otra. La pequeña Mila. Había que ver de qué estaba hecha la hermanita. Y también habría que empezar a plantear la convivencia, quizás. Ya era hora de que las dos perritas se conocieran bajo su mirada. La sonrisa se congeló en su rostro mientras roncaba suavemente, un sátiro satisfecho en su madriguera particular.
Continuara...

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