Gustavo se despertó con el alba, un sentimiento de vigor y propósito que no recordaba haber experimentado en toda su vida adulta. El aire de la mañana, que filtraba por la ventana entreabierta de su dormitorio, olía a posibilidades, a un mundo reordenado bajo sus términos. Se vistió con cuidado, eligiendo una camisa limpia, aunque arrugada, y salió de la casa mientras el barrio aún dormitaba. El traqueteo del auto viejo era la única banda sonora de sus pensamientos, que giraban en torno a sus dos nuevas adquisiciones. Tenía que abastecerse. No solo de comida común, sino de elementos específicos para el proyecto en curso. El supermercado a esa hora estaba casi vacío, y él recorrió los pasillos con la meticulosidad de un general planeando una campaña. Compró comida enlatada barata, arroz, fideos. Luego, en una ferretería que ya estaba abierta, adquirió unos cuencos de acero inoxidable, más resistentes que los de plástico. Pero la compra más significativa la hizo en una pet shop de camino a casa. Allí, entre correas y juguetes para animales, su mirada se posó en un collar. No era uno cualquiera. Era para perros pequeños, de cuero negro suave, con un broche metálico firme. Lo que lo hizo especial fue la chapita. Era plateada, en forma de una delicada patita, y en el anverso podía grabarse un mensaje. Con una caligrafía cursiva, pidió que pusieran: Polina – Propiedad de Gustavo. Pagó en efectivo, sin hacer contacto visual con la joven empleada, y guardó el pequeño paquete en el bolsillo interior de su camisa, donde reposaba junto a su corazón, o lo que hacía las veces de él.
Antes de regresar, como parte de su nueva rutina de amo consciente, estacionó el auto y dio un largo paseo por un parque cercano. Caminó con paso enérgico, sintiendo el peso de sus años y su sedentarismo, pero también una determinación renovada. Necesitaba estar en forma. Su "hobby", como empezaba a pensar en ello, requería resistencia y presencia. Observaba a la gente pasar, a las mujeres jóvenes, y una sonrisa íntima se dibujaba en sus labios. Él tenía las suyas. Mejores. Atrapadas. Completamente suyas.
Al volver a la casa, el contraste con el mundo exterior era brutal. El silencio denso, roto solo por el tic-tac de un reloj de pared, era la antesala de su reino privado. Tomó una botella de agua de la heladera y se dirigió a la celda de Mila. No había planificado una interacción. Era un gesto de mantenimiento. Abrió la puerta lo justo. El olor que salió de la habitación era fétido, una mezcla de miedo, encierro y descomposición corporal. Mila, acurrucada en un rincón, levantó la cabeza. Su rostro redondeado, antes dulce y curioso, estaba demacrado por el terror y la deshidratación. Sus ojos azules, inyectados en sangre, se abrieron como platos al verlo. Abrió la boca, pero ningún sonido salió. Ya no tenía fuerzas ni para suplicar. Solo un gemido ronco, animal, se le escapó. Gustavo no dijo nada. No la miró a los ojos. Simplemente arrojó la botella de agua al suelo, donde rodó hasta chocar contra el colchón sucio. Luego, cerró la puerta. No hubo palabras, ni promesas, ni amenazas. La indiferencia era el mensaje más claro: ella era un mueble, una cosa que necesitaba hidratación ocasional. Mila, aterrada y hambrienta, vio la botella como un maná, pero el gesto había sido tan frío, tan deshumanizador, que ni siquiera encontró la energía para gritar de frustración. Simplemente se arrastró hacia el agua, la abrió con manos temblorosas y bebió a grandes tragos, llorando en silencio, la dignidad reducida a polvo.
Con Polina, el protocolo fue diferente. Gustavo preparó dos cuencos nuevos de acero inoxidable. En uno puso un poco de cereal barato mezclado con leche en polvo. En el otro, agua fresca. Los llevó a la celda de la mayor. Al abrir la puerta, la encontró despierta, sentada en el colchón, cubriéndose con los brazos. Pero había una diferencia sutil en su mirada. El terror puro había dado paso a una mezcla de miedo, confusión y una expectativa ansiosa. Ya no era la fiera acorralada del primer día; era un animal que empezaba a reconocer al que le daba de comer.
—Buenos días, perrita. Te traje el desayuno —dijo Gustavo, colocando los cuencos en el suelo con un sonido metálico.
Polina se acercó, aún con desconfianza, pero movida por el hambre. Se arrodilló frente a los cuencos y comenzó a comer, usando solo la boca, como ya había aprendido. Mientras ella comía, Gustavo se acercó y se sentó a su lado en el colchón. Extendió una mano y comenzó a acariciar su cabello. El gesto no era brutal. Era posesivo, pero también contenía un atisbo de una ternera distorsionada. Polina se tensó al principio, pero no se apartó. El contacto, después del aislamiento y la violencia, era ambiguo. Le repugnaba, pero también, en lo más profundo de su necesidad humana quebrantada, le proporcionaba una mísera migaja de conexión. "Al menos me toca sin lastimarme", pensó, mientras el cereal sin sabor se le pegaba al paladar.
Cuando terminó de comer y beber, Gustavo tomó la palabra. Su tono era casi festivo.
—Perrita, te traje un regalito. Por portarte tan bien ayer.
Polina lo miró, desconcertada. ¿Un regalo? En este infierno, la palabra no tenía sentido. Gustavo metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó el collar de cuero negro. La chapita plateada en forma de patita brilló tenuemente en la penumbra. Se lo mostró.
—Es para vos. Para que todos sepan quién es tu dueño.
Polina observó el objeto. Era cruelmente hermoso. El cuero era suave, la chapita tenía un diseño delicado que, en otro contexto, habría sido un accesorio bonito. Pero las palabras grabadas, "Propiedad de Gustavo", quemaban la vista. Sin embargo, en la lógica retorcida que estaba empezando a asimilar, también era un símbolo. Un símbolo de que ella era alguien. Su alguien. De que ya no era una desconocida, una ilegal sin papeles. Era la propiedad de Gustavo. Y ser propiedad, en este mundo al revés, parecía conllevar ciertos "beneficios": comida, agua, caricias… y aquel placer devastador que la hacía olvidarlo todo.
—Muchas gracias, mi dueño —dijo Polina, y su voz sonó extrañamente natural, sumisa pero no forzada. Ella misma no podía diseccionar sus emociones. ¿Lo decía para congraciarse, para asegurar un trato menos cruel? ¿O una parte de ella, la parte que había disfrutado de los orgasmos inducidos por él, comenzaba a encontrar un perverso orgullo en ser su posesión más preciada?
Gustavo sonrió, satisfecho. Se acercó y abrochó el collar alrededor de su cuello. Ajustó la hebilla. No estaba apretado, pero su peso era inconfundible. Un ancla de cuero y metal que la ataba a él de la manera más literal y simbólica. Polina se tocó la chapita con la punta de los dedos. Se sintió… marcada. Y excitada. La culpa acudió de inmediato, un sabor amargo detrás del cereal, pero una oleada de calor la siguió. El collar era como la prueba física de su nueva realidad, y su cuerpo, traicionero, respondía a la certeza con una humedad vergonzosa.
Aprovechando el momento, Gustavo desabrochó su pantalón. Su miembro, semi-erecto, ya esperaba.
—Chupá, perrita —ordenó, pero su tono tenía un dejo de promesa—. Si seguís así, tan obediente y linda, pronto te voy a sacar a pasear.
Las palabras flotaron en el aire. "Sacar a pasear". Polina no las entendió del todo. ¿Salir? ¿A la calle? ¿Con este collar? La idea era aterradora y, de algún modo imposible, tentadora. Cualquier cosa que no fuera estas cuatro paredes sonaba a liberación, incluso bajo esas condiciones dementes. Casi sin pensar, impulsada por la confusión, la sumisión aprendida y el deseo latente que el collar y las palabras habían avivado se inclinó hacia adelante. Tomó su miembro entre sus labios. El sabor, ahora familiar, ya no le provocaba arcadas inmediatas. Comenzó a chupar, al principio con la técnica mecánica de la obediencia, pero pronto, la sensación del cuero del collar rozando su piel, el peso de la chapita, la idea de estar cumpliendo con lo que se esperaba de ella para ganarse ese "paseo", la fueron excitando.
Jugó con su lengua, recorriendo la longitud, lamiendo la punta, bajando para tomar sus testículos en la boca, uno por uno, chupándolos con una dedicación que era ya casi profesional. Los gemidos de Gustavo, bajos y guturales, la alentaban. Se sentía útil. Se sentía necesaria. "Esto es lo que soy ahora", pensó, mientras la excitación crecía junto con la humillación, mezclándose en un cóctel que la mareaba. Después de unos minutos largos y cargados, Gustavo llegó al clímax, eyaculando en su boca. Ella tragó, como se esperaba, sin protestar.
Gustavo, jadeando, se arregló la ropa. Luego, sacó su teléfono. Encendió la cámara y apuntó a Polina, que estaba de rodillas, con el collar brillando en su cuello, rastros de su líquido en la comisura de sus labios.
—¿Te gusta la leche de tu amo? —preguntó, la voz un poco ronca.
Polina miró a la cámara. Esta vez, no tuvo que forzar la sonrisa. Surgió naturalmente, un gesto de orgullo posesivo y sumiso. El collar pesaba, pero ese peso la afirmaba.
—Me encanta todo lo de mi dueño —respondió, y las palabras le sonaron verdaderas, horriblemente verdaderas, en su propia boca.
Gustavo acercó la mano y acarició su cabello nuevamente, con una suavidad que casi podía pasar por cariño.
—Si seguís así, tan perfecta —murmuró, como si le contara un secreto—, pronto te voy a conseguir la ciudadanía argentina. Vos y tu hermanita. Van a ser unas perritas legales.
La promesa impactó en Polina como un rayo. La ciudadanía. El sueño por el que habían venido, por el que habían trabajado y sufrido. El permiso para existir, para no ser devueltas al vacío. Y él, su dueño, su captor, se lo estaba prometiendo. Como recompensa. De pronto, el infierno tomó una nueva perspectiva. No era solo un pozo de sufrimiento sin sentido. Era una prueba. Un camino retorcido y horrible hacia la salvación. Si ella se portaba bien, si era una buena "perrita", no solo tendría comida, agua, caricias y ese placer que la anestesiaba, sino también, al final, la libertad legal. La idea era un veneno dulcísimo que empezó a correr por sus venías, justificando lo injustificable, haciendo que el collar le pareciera no una marca de esclavitud, sino un medallón de futura ciudadanía.
—Gracias, dueño —susurró, y esta vez había un brillo de esperanza genuina, aunque monstruosamente distorsionada, en sus ojos verdes.
Gustavo sonrió, dio una última palmadita en su cabeza, recogió los cuencos y salió de la celda, cerrando la puerta con llave. Polina se quedó allí, de rodillas, acariciando la chapita del collar. La culpa y la vergüenza aún estaban, pero ahora tenían que competir con una sensación nueva: propósito. Tenía un objetivo. Portarse bien. Ser la mejor perrita. Para ella, y para Mila.
Gustavo, en el pasillo, dejó los cuencos en el suelo. Su mirada se dirigió entonces a la otra puerta. La de Mila. El contraste no podía ser mayor. Una estaba siendo "educada", domesticada, recompensada. La otra… era un desastre. Abrió la puerta de la celda de Mila sin ceremonias.
El hedor que salió al encuentro fue físico, un golpe en el rostro. La joven de dieciocho años había orinado en un rincón, y en su desesperación y debilidad, se había ensuciado a sí misma. Estaba acurrucada, temblando, su ropa manchada, el pelo rubio más cálido ahora grasiento y enmarañado. Al verlo entrar, un terror primario, absoluto, iluminó sus ojos azules. Retrocedió contra la pared, como si quisiera fundirse con el cemento.
Gustavo la miró. No con ira, sino con una especie de desprecio frío, el de un dueño que encuentra a su animal de granja revolcado en su propio excremento. Su nariz se arrugó. Finalmente, rompió el silencio, y sus palabras fueron un veredicto simple, deshumanizador, que cayó sobre Mila como un mazo:
—Sos una perrita sucia.
La afirmación de Gustavo, "sos una perrita sucia", resonó en la celda fétida como la sentencia final de un juez despiadado. No era un grito, ni siquiera un reproche cargado de ira; era una constatación fría, un diagnóstico que reducía la humanidad de Mila a su estado más básico y repugnante. La joven, con la mejilla pegada a la pared fría, sintió que esas palabras la despojaban de algo más que su dignidad: le arrebataban incluso el derecho a considerarse una víctima consciente. La convertían en un simple desecho biológico dentro de su propia prisión.
Gustavo no se retiró. En lugar de eso, comenzó a avanzar hacia ella con pasos lentos y medidos, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. El hedor parecía no afectarlo; de hecho, su nariz apenas se frunció, como si el desprecio fuera un filtro más poderoso que el olfato. De su bolsillo sacó el teléfono celular, ese objeto omnipresente que era a la vez archivo, herramienta de humillación y ventana a su versión retorcida de la realidad.
—En vez de una perrita —murmuró, su voz un ronroneo siniestro mientras abría una aplicación—, parecés una cerdita. Una cerdita asustada y mugrienta.
Mila no pudo sostener su mirada. Agachó la cabeza, no solo por el miedo paralizante que le generaba su proximidad, sino por una vergüenza abismal que le quemaba las entrañas. Estaba sucia. Olía mal. Tenía hambre, una hambre que era un animal rugiente en su estómago vacío, más fuerte incluso que el miedo en ese instante. Era exactamente lo que él decía: un animal abandonado en su propia inmundicia.
Gustavo se acuclilló a un metro de distancia, lo suficiente para que ella no pudiera tocarlo, pero cerca como para que la pantalla del teléfono fuera imposible de ignorar.
—Mirá —dijo, y su tono cambió, adoptando una falsa pedagogía—. Si te portás bien, como tu hermana, yo puedo hacer que tengas comida. Agua limpia. Hasta un baño. Mirá cómo vive ella ahora.
Pulsó un botón. En la pantalla, con una claridad obscena, comenzó a reproducirse un video. Era Polina. Estaba de rodillas, en lo que parecía ser el baño o quizás su celda, pero iluminada de otra manera. Llevaba algo negro alrededor del cuello que Mila no identificó de inmediato. Pero lo que capturó toda su atención fue la escena en sí. Polina tenía el miembro de Gustavo en la boca. Y no era la imagen de una violación forzada y brutal que Mila había imaginado en sus peores pesadillas. No. Polina se movía. Sus labios se deslizaban con una fluidez que no parecía producto del miedo. Su cabeza se inclinaba con un ritmo casi… dedicado. En un momento del video, la cámara se acercó a su rostro. Sus ojos verdes estaban entrecerrados, no con pánico, sino con una concentración intensa, y en sus labios, manchados de saliva, había el esbozo de algo que, horriblemente, se parecía a una sonrisa de satisfacción. Incluso emitió un gemido, un sonido bajo y gutural que salió de los altavoces del teléfono y atravesó a Mila como un cuchillo helado.
Ella no podía creerlo. Su hermana mayor, la fuerte, la seria, la protectora Polina, no solo estaba sometiéndose a eso… parecía estar disfrutándolo. La traición fue un sabor más amargo que el hambre. "¿Cómo puede? ¿Cómo puede hacerle eso a ese monstruo? ¿Y disfrutarlo?", pensó, un tornado de confusión y rechazo retorciéndole el estómago. Pero al mismo tiempo, la imagen de Polina, limpia, alimentada (eso suponía), y realizando un acto que, aunque repugnante, parecía otorgarle algún tipo de status, chocó con su propia realidad de hedor y desesperación. El hambre, ese animal interno, gruñó con más fuerza.
El video duró unos minutos, un ciclo eterno de movimientos y sonidos que reescribían todo lo que Mila creía saber sobre su hermana y sobre su situación. Cuando Gustavo lo detuvo, el silencio que siguió fue aún más elocuente.
—Bueno, cerdita —dijo él, guardando el teléfono—. ¿Qué decidís? ¿Vas a seguir revolcándote en tu mierda, o querés comer?
Mila levantó la vista. Sus ojos azules, velados por las lágrimas y el agotamiento, miraron a Gustavo, luego, casi por reflejo, al rincón donde estaba la botella de agua vacía. La imagen de Polina, sumisa pero… ¿contenta?, seguía grabada en su retina. El instinto de supervivencia, brutal y simple, se abrió paso a través del asco y la traición percibida. Con una voz que era apenas un susurro ronco, salió de sus labios agrietados:
—Se la chupo… si me das de comer.
Fue una transacción simple, animal. Su cuerpo por comida. Como la Polina del video. En ese instante, antes de que pudiera siquiera procesar lo que había dicho, la mano de Gustavo se movió. No fue un golpe furioso, sino una bofetada seca y precisa que le impactó en la mejilla. El sonido fue un chasquido nítido en la celda silenciosa. El dolor no fue intenso, pero la sorpresa, la humillación del gesto, la hizo llevarse la mano a la cara, los ojos abiertos como platos. Era la primera vez que alguien le pegaba en la vida.
Gustavo disfrutó de esa reacción. Vio cómo el miedo se mezclaba con la incredulidad, cómo su autoridad se imprimía en su piel no con un dolor insoportable, sino con el shock de la primera violación física directa. Sonrió, un gesto de puro disfrute sádico.
—Las reglas las pongo yo, cerdita —dijo, su voz tranquila, didáctica—. No se negocia. Vos no pedís. Vos obedecés. Y yo, si quiero, te doy. ¿Entendiste?
Mila, aturdida, asintió lentamente, las lágrimas resbalando ahora sobre la mejilla que empezaba a enrojecer.
—Bien —asintió Gustavo. Luego, sin más preámbulos, desabrochó su pantalón y sacó su miembro. No estaba erecto. Lo tomó con la mano y señaló con la cabeza hacia Mila—. Abrí la boca.
Mila, confundida, obededeció. Abrió los labios, esperando la misma escena del video, preparándose mentalmente para el sabor y la textura que había visto en la boca de su hermana. Pero lo que ocurrió fue diferente. Gustavo apuntó. Un chorro cálido y ácido de orina salió de su miembro y golpeó directamente la lengua y los labios de Mila.
Ella se sobresaltó violentamente, intentando cerrar la boca de golpe, un grito ahogado atrapado en su garganta. El sabor era salado, amargo, químicamente repugnante. Pero Gustavo ya estaba hablando, su voz firme sobre el sonido del líquido cayendo.
—¡Abierta! ¡Si no te tomás mi orina, no comés nada en todo el día! ¡Traga!
El mandato, unido a la amenaza de prolongar su hambre agonizante, quebró su resistencia inmediata. Con un sollozo de pura degradación, Mila mantuvo la boca abierta. El chorro, ahora más controlado, llenó su cavidad bucal. La sensación era asquerosa. El calor era invasivo, el sabor le revolvía el estómago vacío. Tragó, a regañadientes, obligando a su garganta a trabajar contra cada instinto de supervivencia básico. Parte del líquido se le escapó por las comisuras de los labios, corriendo por su barbilla, su cuello, manchando aún más su remera ya sucia. Sintió cómo la humedad cálida se extendía por su piel, mezclándose con su propio sudor y suciedad. Era una humillación líquida, íntima y total. Mientras tragaba, entre arcadas, su mente, en un intento desesperado por no desmoronarse por completo, buscó un ancla. Y la encontró en la imagen del video. "Polina lo hace. Polina parece… aceptarlo. Quizás… quizás esto es el precio. Quizás después de esto, viene la comida. Como a ella". Era un pensamiento retorcido, una racionalización nacida del hambre y el shock, pero le dio una frágil capa de sentido a la atrocidad.
Cuando Gustavo terminó, guardó su miembro, sin limpiarlo, y se abrochó el pantalón. Observó a Mila, que tosía y escupía lo que le quedaba en la boca, el rostro empapado y devastado.
—Bien —repitió, con un tono de aprobación que sonaba más obsceno que un insulto—. Ahora esperá.
Salió de la celda, dejándola otra vez sola con el sabor y el olor a orina fresca sumándose a los ya existentes. Mila se desplomó contra la pared, sollozando sin fuerzas, sintiéndose irreparablemente mancillada. Pero el hambre, ese tirano despiadado, no cedía. Al contrario, la promesa de comida, por vaga que fuera, la mantenía en un estado de ansiedad aguda.
Gustavo volvió a los pocos minutos. Traía uno de los cuencos de acero inoxidable. Dentro había un amasijo de arroz blanco mezclado con carne picada apenas sellada, casi cruda, de un color rojizo y grisáceo que no resultaba apetitoso, pero que emanaba un olor a proteína que hizo que las mandíbulas de Mila se movieran involuntariamente. Lo colocó en el suelo, a medio metro de ella.
—Comé, cerdita —ordenó, cruzando los brazos sobre su pecho.
Mila no lo pensó dos veces. El impulso fue más fuerte que la vergüenza residual, más fuerte que el asco por lo que acababa de ocurrir. Se arrastró hacia el cuenco. Se puso en una posición incómoda, a gatas, y hundió la cara en la comida. No había elegancia, ni siquiera la sumisión estudiada que estaba desarrollando Polina. Esto era puro instinto animal. Mordisqueaba el arroz, lamía la carne cruda y grasosa, engullendo sin masticar bien, con sonidos guturales de satisfacción primaria. El sabor a sangre y grasa cruda le pareció, en ese momento, un manjar. Comía con avidez, ensuciándose más la cara y las manos, olvidándose por completo de la presencia de Gustavo, entregada al simple acto de saciar el hambre que la había torturado durante lo que parecían días interminables.
Gustavo la observaba, y en sus ojos había una satisfacción profunda y tranquila. Esto era, en muchos sentidos, más gratificante que el proceso con Polina. Con la mayor, había tenido que quebrar una voluntad fuerte, una personalidad definida. Con Mila, era más simple: era reducir a una criatura ya vulnerable a su estado más básico. Verla comer así, como un animal famélico, después de haberla hecho beber su orina, era la confirmación de su poder absoluto. No era solo dueño de sus cuerpos; era dueño de sus instintos más primarios.
Cuando Mila hubo devorado casi todo el contenido del cuenco y solo quedaban algunos granos de arroz, se detuvo, jadeando, consciente de repente de su propia animalidad. Levantó la mirada hacia él, sus ojos azules ahora un poco menos vidriosos, pero llenos de una confusión profunda.
Gustavo se acercó un paso. Su sombra cayó sobre ella.
—Empezaste bien —dijo, y su voz tenía un dejo casi paternal, horriblemente fuera de lugar—. Si seguís así, vas a ser una buena mascota. Como tu hermana.
Mila, con la boca llena, tragó lo último. Las palabras de él, "como tu hermana", resonaron. Ya no sonaban a traición, sino a un destino, a un camino a seguir. Polina tenía comida. Polina estaba limpia (en el video). Polina… parecía aceptarlo. Quizás eso era "portarse bien". Con un hilo de voz, intentando mostrar esa "bondad" que él parecía valorar, balbuceó:
—Gracias… intentaré ser buena. Como mi hermana.
Fue entonces cuando Gustavo hizo su próximo movimiento. Se inclinó ligeramente, hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del de ella. Mila vio sus ojos pequeños y brillantes, su sonrisa que no alcanzaba a ocultar la crueldad absoluta. Y entonces, sin cambiar la expresión, Gustavo juntó saliva en la boca y le escupió directamente en la cara. El fluido cálido y viscoso le golpeó la frente y resbaló por su nariz.
—Nos vamos a divertir mucho juntos, cerdita —dijo, y su risa, baja y gutural, fue lo último que Mila escuchó antes de que él diera media vuelta, recogiera el cuenco vacío y saliera de la celda, cerrando la puerta con el chirrido habitual.
Mila se quedó inmóvil, la saliva de él enfriándose en su piel, el sabor a carne cruda y a orina aún en su boca, el recuerdo del video de Polina y la sensación del arroz en su estómago luchando por hacerse un lugar entre el asco y el alivio físico. Había tocado fondo, pero en ese fondo, extrañamente, había encontrado un primer escalón: la obediencia daba de comer. Y si su hermana, su faro, había subido por ese camino… quizás ella también podría. La mente humana, ante el horror absoluto, es capaz de construir racionalidades inimaginables para no desmoronarse. Mila, sin saberlo, acababa de poner el primer ladrillo de la suya.
Continuara...

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