Pasaron los días y las noches empezaron a tener un ritmo nuevo. Camila ya no miraba el reloj esperando el timbre. Sabía que iba a sonar. Siempre sonaba.
Los hombres llegaban después de las diez. Nunca avisaban. Nunca pedían permiso. Tocaban el timbre y ella abría, con lo que tuviera puesto, con el cuerpo ya preparado, con la humedad instalándose entre sus muslos antes de que el primero cruzara la puerta.
Eran todos grandes. Todos maduros. Todos con panza, con entradas, con la piel colgando un poco de más. Algunos olían a perfume caro, otros a cigarrillo, otros a ese olor a hombre que Camila ya no distinguía si le gustaba o si simplemente lo había aprendido a asociar con el placer.
Ninguno la trataba mal. Eso fue lo que la sorprendió al principio. Después de Hernán, el de los insultos, ella esperaba más de lo mismo. Pero los otros no. Los otros entraban, la miraban con una mezcla de deseo y gratitud, y hacían lo que habían venido a hacer. Algunos eran rápidos, casi vergonzosos, como si pidieran disculpas con los ojos mientras se abrochaban el pantalón. Otros se tomaban su tiempo, la recorrían entera con las manos, la besaban en la nuca, le susurraban cosas al oído que ella nunca recordaba pero que la hacían temblar en el momento justo.
Y todos, todos le dejaban plata.
Ricardo había aumentado el alquiler diez veces. Diez. Camila se acordaba de cuando un atraso de dos meses la hacía llorar en la ducha. Ahora pagaba ese monto cada semana sin inmutarse. Los billetes verdes se acumulaban abajo del colchón, después en una caja de zapatos, después en una pequeña caja fuerte que uno de los hombres —un contador jubilado de Belgrano— le regaló "para que cuides tus ahorros, linda".
"Ya no tengo problemas de plata", pensaba Camila mientras se duchaba después de cada visita. "Tengo otro tipo de problemas."
Como el hecho de que ya no sabía si abría la puerta por necesidad o por costumbre. O por el calor que le recorría la columna cuando el timbre sonaba.
—¿Señorita Ferreyra? —preguntaban siempre, como si no supieran su nombre.
—Pasá —respondía ella.
Y pasaban.
—
Ricardo venía los jueves.
Nunca avisaba, pero ella siempre lo sabía. El edificio cambiaba su respiración los jueves a la noche. Las cañerías gemían distinto. El ascensor subía con un ruido más grave. Camila sentía en los huesos que él estaba por llegar.
A las nueve en punto, el timbre.
Cuando abría, Ricardo ya tenía la boca medio abierta, los ojos recorriéndole el cuerpo sin vergüenza. Ella ya no usaba ropa interior los jueves. Él lo sabía. Por eso sonreía.
—Hola, nena —decía.
Y ella le devolvía la sonrisa, y se abría de piernas antes de que él cerrara la puerta.
No hablaban mucho. Ricardo no necesitaba palabras. Con la forma de agarrarla, con la mano en su nuca, con la presión justa en sus caderas, le decía todo. "Vení." "Quedate quieta." "Así." "Más."
Camila aprendió a leerlo. A sentirlo. A saber cuándo él quería despacio y cuándo quería duro. Aprendió a gemir en el tono que a él más le gustaba, pero también a gemir de verdad, porque lo que él le hacía —ese movimiento de cadera lento y profundo, esa forma de besarla en los párpados mientras la cogía— la partía al medio cada vez.
Después, Ricardo se quedaba un rato. Fumaba un cigarrillo apoyado en la ventana, mirando la medianera. Camila se quedaba en la cama, desnuda, mirándolo a él.
—¿Viste las nuevas? —preguntó él un jueves, sin darle contexto.
Camila sabía a qué se refería. Las chicas. Las que habían llenado los edificios de las dos cuadras. Más de veinte en el último mes. Jóvenes, todas. Bellas, casi todas. Pibas de veinte, de veintidós, de veinticinco. Algunas con cara de no haber dormido bien. Otras con la misma sonrisa ancha de Sofía, la que sabía el precio de las cosas antes de pagarlas.
—Las vi —dijo Camila.
—Está creciendo el negocio —dijo Ricardo, y exhaló el humo por la nariz—. Vienen más hombres cada semana.
—¿Y yo? —preguntó Camila, y no supo por qué lo preguntó. Si era celos o curiosidad o simplemente ganas de escucharlo decir su nombre.
Ricardo la miró. Esa mirada tranquila, sin apuro.
—Vos sos especial —dijo. Y no agregó nada más.
Camila guardó esas palabras en un lugar tibio de su pecho, junto con los billetes verdes y los gemidos que ya no le daban vergüenza.
—
El viernes llegó la invitación. Un sobre de papel madera, sin remitente, apoyado debajo de la puerta.
"Sábado 18. Mi cumpleaños. Salón de la calle Mendoza 2340. Presentarse con esta tarjeta. R.L."
Camila leyó la tarjeta tres veces. Después fue al placard y eligió el vestido. Negro. Corto. Abierto hasta el ombligo. El que había comprado con la plata del contador jubilado.
"No voy a ser la más linda", pensó, mirándose al espejo. "Pero voy a ser la que él eligió."
Y esa idea le mojó la bombacha antes de salir de su departamento.
—
El salón de Mendoza 2340 era un lugar que Camila no conocía. Grande, de techos altos, con una pista de baile en el medio y mesas redondas alrededor. Luces tenues, color vino. Un bar en el fondo atendido por un mozo de camisa blanca que no miraba a nadie a los ojos.
Había mucha gente. Camila no esperaba tanta.
Las chicas eran la mayoría. Jóvenes, todas. Vestidos cortos, escotes profundos, tacos altos. Las reconoció a varias. La del segundo piso del edificio de enfrente. La del kiosco de la esquina. Dos chicas que habían entrado al mismo edificio que Sofía la semana pasada. Y Sofía misma, con un vestido dorado que le brillaba como una moneda, el pelo rojo suelto hasta la cintura.
—Llegaste —dijo Sofía, besándola en el aire cerca de la mejilla—. Estás divina.
—Vos también —respondió Camila, y no mintió.
Pero los hombres eran cuatro veces más. Cuarenta. Cincuenta. Camila perdió la cuenta rápido. Maduros, todos. Trajes grises y azules, algunos con corbata, otros con el saco desabrochado. Panzas. Entradas. Manos grandes apoyadas en las cinturas de las chicas como si fueran suyas.
El aire olía a perfume, a whisky, a algo más profundo que Camila no pudo identificar hasta que una chica rubia, de no más de diecinueve, se arrodilló en medio de la pista y empezó a desabrocharle el pantalón a un hombre de pelo blanco.
—Ah —dijo Camila. No sorprendida. Confirmada.
La fiesta ya había comenzado.
No hubo un momento exacto en que las cosas se volvieron salvajes. Fue más bien una espiral. Camila estaba tomando una copa de champagne cuando vio a dos hombres besando a la misma chica en el sillón del fondo. Después giró la cabeza y había una chica de espaldas, sentada en la cara de un tipo mientras se la chupaba a otro.
Los gemidos se mezclaban con la música. Una cumbia lenta, grave, que hacía vibrar el piso.
Camila sintió una mano en su cintura. La mano de alguien que no miró. Se dejó agarrar. Unos labios gruesos le besaron el cuello. Se dejó besar. Otra mano, en su nalga. Apretó. Todo al mismo tiempo.
"Esto es lo que querías", pensó. "Desde aquella primera vez que él te propuso otra forma de pagar."
Y tenía razón.
Ricardo apareció en el escenario. No con un micrófono, no con un discurso. Solo parado ahí, en el centro, mirando hacia abajo. La luz vino teñía su traje gris. Su cara sudaba un poco. Tenía los ojos brillantes.
Camila sintió que alguien la empujaba. No supo si fueron manos o su propio deseo. Subió los tres escalones del escenario sintiendo la mirada de todos en su espalda. Las chicas. Los hombres. Sofía, con los ojos verdes abiertos como platos.
Ricardo la agarró de la mano. La llevó hacia él.
—¿Estás segura? —preguntó en voz baja, para que solo ella lo escuchara.
—Siempre —respondió Camila.
Él la besó. En la boca, abierto, con lengua, mientras una de sus manos le bajaba el vestido por los hombros. La tela negra cayó hasta su cintura. Sus tetas quedaron al aire. Alguien silbó. Alguien aplaudió.
Camila no sintió vergüenza. Hacía meses que no sentía vergüenza.
Ricardo la giró, la apoyó contra el borde del escenario, y ella sintió su calor por detrás. Él le levantó el vestido hasta la cintura, le bajó la bombacha negra, y el aire frío del salón le pegó en el sexo ya mojado.
—Así —dijo Ricardo, y entró.
Camila gimió. No un gemido discreto. Un gemido que recorrió el salón entero, que rebotó en las paredes altas, que hizo que todas las cabezas se giraran hacia ellos.
Él la tomaba con furia. No era la lentitud de los jueves en su departamento. Era otra cosa. Era mostrarse. Era marcar territorio. Era decir "esta es mía" sin necesidad de palabras.
Las envestidas eran profundas, rápidas, salvajes. Camila sentía el borde del escenario clavándose en sus caderas. Las manos de él apretándole los brazos detrás de la espalda. Los gemidos de ella mezclándose con la música.
Se vino con un grito. Largo, agudo, que se cortó cuando él, dos embestidas después, se vino adentro. Camila sintió el calor de él correrle por los muslos. Quedó temblando, apoyada en el escenario, la cara hacia abajo, el vestido subido, todo el salón mirándola.
Y entonces sintió una mano en su nuca. Una voz conocida.
—Esta noche me toca gratis —dijo Hernán. El de los insultos. El primero que le pagó—. Me lo debe Ricardo de hacerme el aguante en una mudanza.
Camila levantó la cabeza. Lo miró. El mismo pelo canoso. Los mismos ojos que la habían llamado putita.
—Bueno —dijo ella, y sonrió.
Hernán la tomó ahí mismo, en el borde del escenario, sin cambiar de posición. Entró con el mismo movimiento seco de la primera vez, y Camila sintió la memoria de aquella humillación convertida en otra cosa. En costumbre. En deseo. En un placer que ya no peleaba.
Mientras él embestía, otra sombra se paró frente a ella. Camila miró hacia arriba. Un hombre de barba canosa, ojos claros, sonrisa ancha. Se bajó el cierre y acercó su miembro a su boca.
Ella abrió sin dudar.
Ahí estaba. Con un hombre adentro de la concha y otro adentro de la boca. Los dos moviéndose al mismo ritmo. Los dos maduros. Los dos sudando sobre ella.
El orgasmo llegó antes de que ella lo esperara. El segundo de la noche. Apretó los dedos de los pies, gimió alrededor del miembro que tenía en la boca, y sintió cómo su cuerpo se contraía entero.
Pero recién empezaba.
Cuando Hernán y el otro hombre terminaron, otros estaban ya esperando. Camila los veía desde el escenario, formando una fila informal. Tipos de traje, con las corbatas ya aflojadas, las camisas transpiradas. Algunos se tocaban por encima del pantalón mientras esperaban. Otros se besaban con otras chicas mientras mantenía un ojo en la fila.
Camila se incorporó. Se sacó el vestido por completo. Quedó en el escenario con los zapatos negros y nada más. La luz vino le pintaba la piel como si fuera parte de la decoración.
Ricardo la miraba desde atrás de la barra. Tenía una copa en la mano y una chica rubia arrodillada entre sus piernas. La miraba a ella mientras la rubia lo chupaba.
Camila le devolvió la sonrisa. Y después se dio vuelta, se puso en cuatro en el centro del escenario, y dijo:
—Vengan.
No hizo falta más.
El tercer hombre fue un gordo de camisa azul, manos de panadero, que la penetró despacio, casi con ternura. Camila se dejó mecer por sus movimientos pesados y se vino de nuevo. El cuarto fue un flaco que olía a cuero y a tabaco, que la puso de costado y le chupó los pezones mientras le entraba por atrás. Ella se rió de placer, una risa que sonó a algo que no había escuchado en ella desde antes de todo esto. Se vino otra vez.
El quinto era un viejo de sesenta y cinco, con lentes de lectura, que le pidió que le hablara mientras lo hacía. "Decime cosas lindas", susurró él. Y Camila le dijo que sí, que qué bien la estaba pasando, que era un hombre hermoso. Y mientras se lo decía, sintió el orgasmo treparle por la espalda, el quinto de la noche, y gritó.
No un gemido. Un grito.
—¡VENGAN! —gritó Camila, en medio del salón, con el viejo todavía adentro—. ¡VENGAN CON LA NENA QUE TODAVÍA TENGO MÁS PARA DAR!
El salón entero se detuvo un segundo. Las cabezas se giraron. Después, como si hubieran estado esperando esa orden, los hombres empezaron a moverse.
Formaron una fila. Camila los contó. Diez. Diez hombres, de pie, esperando su turno. Algunos se reían. Otros se miraban entre ellos. Todos con la mirada fija en ella.
El primero de la fila era Darío. El que había sido tan brusco aquella primera noche. Camila sonrió.
—Hola, viejo —le dijo.
—Hola, nena —respondió él.
Y se arrodilló frente a ella.
No supo cuánto tiempo pasó. Una hora. Dos. Tres. Los orgasmos se fueron fundiendo uno con otro hasta que perdió la cuenta. Seis. Ocho. Diez. Ya no sabía. Solo sabía que su cuerpo era una máquina de sentir, que cada hombre le dejaba algo distinto, una marca invisible en la piel, una forma nueva de gemir.
Cada uno tenía su manera. Algunos rápidos, casi apurados. Otros lentos, como si quisieran guardarla en la memoria. La levantaban, la acostaban, la ponían de rodillas, la recostaban en las mesas. Camila se dejaba hacer. Gozaba. Y gozaba. Y gozaba.
En algún momento, entre el sexto y el séptimo, vio a Ricardo en el fondo del salón. Estaba cogiendo a una rubia contra la pared. La tenía agarrada de las piernas, la sostenía en el aire. Y mientras empujaba, la miraba a ella.
Camila sonrió. Ricardo también.
Porque ya no era complicidad lo que había entre ellos. Era otra cosa. Era entenderse sin palabras. Él sabía que ella no estaba haciendo un sacrificio. Ella sabía que él no la estaba explotando.
Se estaban eligiendo. En la forma más oscura, más torcida, más húmeda que existía. Pero se estaban eligiendo.
—
El último. Un tipo canoso, bien vestido, que después de terminar la besó en la frente y le dijo "gracias". Camila sintió que esa palabra le llenaba algo que no sabía que estaba vacío.
—Gracias a vos —respondió.
Y se quedó en el piso del escenario, desnuda, sudorosa, las piernas abiertas, la mirada perdida en el techo alto del salón.
La fiesta seguía alrededor. Chicas y hombres enredados en todos los sillones, en todas las mesas, en el piso. La música seguía sonando. Los gemidos seguían llenando el aire.
Pero Camila ya no estaba en la fiesta. Estaba en otro lugar. En un lugar donde no existía la chica orgullosa que una vez se ofendió por una propuesta indecente. Donde no existía la que lloraba contando dólares en la cama.
Ahora solo existía la nena.
La nena del dueño del edificio. La nena de sus amigos maduros. La nena que había aprendido a gozar sin vergüenza, sin culpa, sin ese límite invisible que alguna vez creyó que la definía.
"Ya no soy Camila", pensó mientras el sudor se le secaba en la piel. "Soy otra."
Y la otra sonrió. Cerró los ojos. Y se durmió en el escenario, desnuda, mientras a su alrededor el mundo seguía girando en un ritmo húmedo y caliente que ya era el suyo.
El edificio —todos los edificios de la cuadra— gimieron esa noche. Las cañerías, los ascensores, las puertas, las paredes. Todo gimió con ella.
Como si el barrio entero supiera que la chica inocente había muerto. Y que la nena puta, al fin, había nacido.
Fin.
— Si querés apoyar mis historias, una reseña o comentario vale oro. ✨

Comentarios
Publicar un comentario