Los días después de la noche de los tres hombres transcurrieron como un video puesto en cámara lenta. Camila se levantaba temprano, se ponía la ropa de gimnasio que ya no usaba para correr sino para simular normalidad, y bajaba las escaleras del edificio sintiendo en cada escalón el eco de los cuerpos.
En el gimnasio hacía series automáticas. Las piernas se movían en la cinta sin que su cerebro participara. Miraba las pantallas de los televisores colgados y no veía nada. Solo recordaba.
"Cuatro veces", pensaba mientras subía la barra de dominadas. "O cinco."
La imagen de Gastón entrando por atrás mientras Ricardo le llenaba la boca se le aparecía sin avisar. En medio de una sentadilla. Mientras se secaba el sudor de la frente. En la ducha del gimnasio, cuando el agua caliente le corría por la nuca y sus manos se movían solas.
"Basta", se ordenaba.
Pero no bastaba.
El miércoles fue a buscar trabajo otra vez. Dejó currículums en una librería, un locutorio y dos cafés. En uno de los cafés, el dueño —un tipo de unos cuarenta, barba descuidada, delantal manchado— la miró de arriba abajo mientras ella apoyaba el CV en el mostrador.
—¿Tenés experiencia en gastronomía? —preguntó.
—Manejo la caja, sé hacer café —mintió Camila.
El tipo sonrió. Una sonrisa que se quedó un segundo de más en la boca de ella.
—Te llamamos.
"Sí, claro", pensó Camila mientras salía. "Me llaman si me ofrezco en otra cosa."
La idea le calentó las mejillas. Y después el bajo vientre. Caminó apurada de regreso, sintiendo la calza rozándole la entrepierna, odiándose por excitarse con la posibilidad de que un tipo la tratara como un objeto.
"Eso es lo que te gusta", le dijo una voz adentro. "Que te traten como un objeto. Por eso te viniste cuatro veces."
—Cerrá el orto —dijo en voz alta, y una señora que pasaba con un carrito la miró raro.
El viernes, tres días después de la noche, se encontró con Ricardo en el supermercado chino de la esquina.
Camila estaba comparando precios de fideos. Tenía veinte pesos en el bolsillo y necesitaba que le alcanzara para dos días. Cuando levantó la vista, él estaba ahí, al lado de las gaseosas, eligiendo una Coca-Cola de litro.
La reacción fue inmediata. Las manos le sudaron. El estómago se le hundió como si hubiera pisado un escalón que no existía.
—Señorita Ferreyra —dijo Ricardo, y su voz era la misma de siempre. Como si las dos veces que había estado dentro de ella fueran un simple trámite—. Qué sorpresa.
—Hola —atinó a decir Camila. Su voz sonó más aguda de lo normal.
—¿Todo bien? —Él se acercó un paso. Ella no retrocedió. En el supermercado chino no había mucho espacio para retroceder, pero tampoco creyó que quisiera hacerlo.
—Todo bien —mintió—. Buscando laburo.
—Ah —Ricardo asintió, apoyó la Coca-Cola en la cinta de la caja, y se quedó mirándola un segundo—. Hablando de eso. Tengo unos departamentos vacíos en el edificio de al lado. El tres ambientes, los dos que dan al pulmón. Necesito inquilinas jóvenes. ¿Vos no conocés a nadie?
La pregunta le cayó como un baldazo de agua fría. No, no era fría. Era tibia. Casi caliente.
Camila entendió al toque lo que Ricardo estaba pidiendo. No era una recomendación de inquilinas. Era otra cosa. La misma cosa.
"¿Querés que te consiga más chicas para lo mismo?", pensó. "¿Para tu circo?"
Se incomodó. Abrió la boca para decir que no, que no conocía a nadie, que no iba a ser alcahueta de un viejo verde. Y entonces Sofía apareció en su cabeza.
Sofía. La chica pelirroja del gimnasio. La que hacía spinning los martes y jueves y siempre se quedaba cinco minutos estirando en la colchoneta, con el cuerpo largo y blanco, las pecas en los hombros, el pelo rojo fuego recogido en una cola alta. La que la semana pasada le había contado, entre series de abdominales, que la habían echado de la inmobiliaria donde trabajaba como secretaria.
—Tengo una amiga —dijo Camila. Y la voz le salió segura. Más segura de lo que se sentía—. Se quedó sin laburo hace dos semanas. Está buscando alquiler.
Ricardo sonrió. Esa sonrisa lenta, sin apuro. La que decía "sabía que ibas a colaborar".
—Pasame su número. Yo le mando un mensaje.
Camila lo hizo. Mientras tecleaba el número de Sofía en el celular de él, sus dedos no temblaron. Eso fue lo peor. No temblaron.
"¿Qué estás haciendo?", se preguntó. "La estás metiendo en el mismo pozo."
"La estoy ayudando", respondió la otra parte. "No tiene trabajo. No tiene plata. Esto es mejor que quedar en la calle."
"Mentira", dijo la primera. "La estás metiendo porque querés ver qué pasa. Porque te excita."
Camila apretó el botón de guardar y le devolvió el teléfono a Ricardo.
—Gracias —dijo él—. Seguro se acomoda todo.
Se fue con su Coca-Cola. Camila se quedó mirando la góndola de fideos, los dedos todavía temblándole apenas.
"¿Qué hiciste?"
No supo contestarse.
Esa noche, las nueve y media. Camila ya estaba en camisón, mirando una serie que no le interesaba, cuando el timbre sonó.
No esperaba a nadie. Pensó en no abrir. Pero el edificio respiraba distinto cuando alguien estaba del otro lado de la puerta, y ella había aprendido a reconocer esa respiración.
Abrió.
Un hombre de unos cincuenta y tantos. Más alto que Ricardo. Más flaco. Pelo canoso, bien peinado, camisa blanca adentro del pantalón de vestir. Zapatos de cuero. Todo demasiado correcto para venir a esta hora a un departamento del séptimo.
—¿Camila Ferreyra? —preguntó. Voz grave, bien modulada.
—Sí —respondió ella, apretando el borde de la puerta con los dedos.
—Me manda Ricardo. Soy Hernán.
Camila lo entendió todo antes de que él dijera otra palabra. Su cuerpo se puso en alerta. Los pezones se endurecieron bajo el camisón de algodón. Un calor seco le subió por el cuello.
—No debo ningún mes —dijo, y su sonó a defensa. A última defensa.
Hernán metió la mano al bolsillo interior del saco. Sacó un fajo de billetes. Dólares. Los contó sin apuro, uno por uno, frente a ella.
—Diez —dijo—. Por dos horas. Lo que vos quieras. Nada que no te guste.
Camila miró los billetes. Después miró la cara de Hernán. Después miró sus propias manos agarrando el marco de la puerta.
"No tengo trabajo", pensó. "No tengo plata. No tengo nada."
"También querés", pensó después. "Querés saber cómo es con alguien que no te debe nada. Que te paga. Que te usa limpio."
—Pasá —dijo.
Hernán entró. Cerró la puerta. No dio dos vueltas de llave, pero Camila escuchó el pestillo correrse igual.
Él no fue suave. Eso fue lo primero que notó.
La agarró por el brazo nada más cerrar la puerta y la empujó contra la pared del pasillo. Su cuerpo largo aplastándola. El olor a perfume caro mezclado con cigarrillo. La barbilla áspera contra su cuello.
—Vas a ser buena nena, ¿no? —dijo él, y la voz grave ahora sonaba a burla—. No de esas que se quejan todo el tiempo.
Camila no respondió. Él la besó en la boca con lengua, con dientes, y ella sintió el sabor a menta y a algo más. A poder. A hombre que sabía que estaba comprando.
La llevó arrastrando hasta la cama. No la recostó. La tiró.
—Sácate eso —dijo, señalando el camisón.
Camila se lo sacó. Quedó desnuda, de pie, sintiendo la luz del velador en la piel. Hernán la miró sin prisa. De arriba abajo. Como quien revisa una mercancía.
—Bien —dijo—. Me gustan las flacas. Se agarran mejor.
Se sacó la camisa. Después el pantalón. Quedó en calzoncillos negros, la panza lisa para su edad, las piernas largas. Cuando se sacó el calzoncillo, Camila vio que tenía el miembro ya duro. Grueso. Venoso.
—Arrodillate —ordenó.
Se arrodilló.
Hernán se acercó y ella abrió la boca antes de que él dijera nada más. Su sabor era limpio. Jabón. Pero el gesto —la sumisión, el tener que mirar hacia arriba, él parado, ella en el piso— le apretó algo en el pecho. Algo que era vergüenza. Algo que era otra cosa.
—Así me gusta —dijo él, metiéndose hasta el fondo—. Las putitas calladas.
El insulto le pegó en la cara como una bofetada. Camila sintió el calor subirle a las mejillas. Quiso parar. Quiso decir que no era eso.
Pero siguió chupando.
Él la agarró del pelo y marcó el ritmo. Adelante y atrás. Adelante y atrás. La saliva le corría por la barbilla. Las lágrimas le picaban en los ojos, no de dolor, de humillación.
—Tomá toda —dijo él—. Putita. Toda.
Camila tragó. Él se salió, la levantó del piso y la giró. La empujó contra la cama, boca abajo. Entró sin más preámbulos, con un solo movimiento seco, y ella gritó contra la almohada.
Hernán la tomaba con fuerza. Envestidas cortas, duras. Sin cadencia. Una y otra y otra. Su respiración se aceleraba cerca de su oreja, y los insultos seguían llegando, entreverados con gemidos de placer.
—Así —decía él—. Aguantá, putita. Aguantá.
Camila cerró los ojos. La humillación le ardía como alcohol en una herida. Y entonces, sin saber bien por qué, la cara de Ricardo apareció detrás de sus párpados.
Ricardo. Con su voz tranquila. Con su manera de decir "buena nena" sin apuro. Con esa autoridad que no necesitaba gritar. Hernán era brusco, era insultante, era tosco. Pero Ricardo era otra cosa. Ricardo la había mirado como si supiera algo de ella que ella misma no sabía.
"Ricardo", pensó. Y el cuerpo le respondió.
El orgasmo llegó como un latigazo. Camila se retorció, apretó las sábanas con los puños, y gimió —no contra la almohada, sino abierta, sin disimular— mientras Hernán seguía embistiendo. El placer la atravesó entera, y ella sintió cómo la humillación se transformaba en otra cosa. En aceptación. En una forma torcida de libertad.
Hernán se vino después, adentro, con un gruñido grave. Se quedó un momento encima, pesado, y después se levantó sin una palabra.
Camila quedó en la cama, mirando la pared, respirando hondo.
Oyó el ruido de él limpiándose en el baño. Después el ruido de la ropa al vestirse. Después pasos hacia la puerta.
—Los diez están en la mesa de luz —dijo Hernán, ya con la voz neutra—. Hasta otra.
La puerta se abrió. Se cerró.
Camila se quedó inmóvil un largo rato. Después se incorporó despacio. En la mesa de luz estaban los dólares. Diez. Verdes. Nuevos.
Los agarró. Los olió sin querer. Olor a tinta, a billete recién impreso.
Y entonces empezó a llorar.
No un llanto escandaloso. Un llanto chiquito, de animal herido, que le sacudía los hombros mientras ella contaba los billetes una y otra vez. Diez. Diez. Diez.
"Me pagaron por coger", pensó. Y el pensamiento la hizo llorar más fuerte.
"Y disfrutaste", pensó después. "Disfrutaste mientras te insultaban."
Se secó los ojos con la sábana. Volvió a contar los dólares. Los ordenó por serial, como si eso fuera a borrar lo que había hecho.
Los escondió abajo del colchón. Al lado de los papeles de la luz. Al lado del contrato de alquiler.
—
Dos días después, el domingo, Sofía se mudó.
Camila la ayudó a subir las cajas. El edificio de al lado era igual al suyo pero con los departamentos más grandes. Tres ambientes. Ventanales que daban a la calle. Un baño con bañera.
—Es increíble —dijo Sofía, girando en el medio del living vacío. Su pelo rojo fuego daba vueltas con ella, como una llamarada—. No puedo creer que me haya salido tan barato.
Camila sonrió. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Son unos capos los dueños —dijo, y la mentira le supo a billete—. Re buena onda.
Sofía era hermosa. Eso era innegable. El cuerpo de diosa que Camila había envidiado en silencio durante meses en el gimnasio. Espalda ancha de nadadora, cintura angosta, caderas redondas. Tetas naturales, firmes, que se marcaban bajo la remera blanca. Y la cara: ojos verdes, pestañas oscuras, la boca carnosa que siempre estaba pintada de rojo aunque fuera para ir al supermercado.
—¿No te queda incómodo todo esto? —preguntó Sofía, señalando las cajas—. Digo, que tu casero te haya recomendado con el mío.
—No —mintió Camila—. Ricardo es re tranquilo. No jode.
"Miente", pensó. "Miente como una hija de puta."
La culpa le mordió el estómago. Pero la curiosidad —esa curiosidad caliente, húmeda, que ya conocía bien— le mordió más abajo.
"¿Qué va a pasar cuando Ricardo venga a cobrar?", se preguntó. Y el cuerpo le respondió con un pequeño temblor.
—
Esa misma noche, el teléfono sonó.
—Señorita Ferreyra —dijo la voz de Ricardo—. Cenamos en lo de su amiga. La nueva inquilina. En una hora.
No era una invitación. Era una orden disfrazada.
Camila se vistió sin preguntarse por qué. La pollera negra, la blusa blanca, los mismos dos botones de menos. Salió al pasillo y caminó los veinte metros hasta el edificio de al lado. Ricardo ya estaba ahí, apoyado en la puerta de Sofía, con una botella de vino en la mano.
—Puntual —dijo él, y le sostuvo la mirada un segundo de más.
Sofía abrió la puerta. Estaba vestida con un vestido rojo, corto, escotado. El pelo suelto cayéndole por los hombros. El maquillaje impecable.
—Pasen —dijo, y su sonrisa era tan ancha que Camila sintió una punzada en el pecho.
"Está feliz", pensó. "No sabe lo que viene."
"Y vos no vas a hacer nada para avisarle."
La cena fue corta. Empanadas de carne que Sofía había comprado en la rotisería de la esquina. El vino tinto que Ricardo trajo. Tres copas. Conversación vacía sobre el barrio, sobre el edificio, sobre lo lindo que estaba el departamento.
Camila comió sin gusto. Miraba a Sofía reírse de los chistes de Ricardo, apoyarle la mano en el brazo cuando él decía algo, inclinar la cabeza para mostrar el cuello largo y blanco.
"Se está entregando", pensó Camila. "Y ni siquiera sabe que se está entregando."
O sí. Quizás Sofía sí sabía. Quizás por eso se había pintado los labios de rojo. Quizás por eso había usado ese vestido. Quizás todas sabían, desde el principio, lo que significaba alquilarle a Ricardo Ledesma.
Cuando terminaron las empanadas, Ricardo apoyó los codos en la mesa y miró a Sofía. Esa mirada tranquila, fija, sin parpadear.
—Hora de pagar el primer mes —dijo.
El silencio se instaló en la cocina de Sofía como una tercera persona. Camila sintió el vino revolverle el estómago. Sofía, en cambio, sonrió. Una sonrisa lenta, cómplice, que Camila no esperaba.
—Pensé que no ibas a llegar nunca —dijo Sofía. Y se levantó de la silla.
Camila se quedó mirando. Su boca se secó.
Sofía se arrodilló frente a Ricardo sin que él tuviera que decirlo. Le desabrochó el pantalón con las dos manos, con una calma que parecía ensayada. Ricardo apoyó una mano en su cabeza, apenas, guiándola.
Cuando Sofía sacó el miembro de él y lo miró un segundo antes de llevárselo a la boca, Camila sintió que la sangre se le iba toda abajo.
Sofía chupaba despacio. Con ritmo. Con lengua. Pasaba la punta de la lengua por la cabeza, después bajaba por el costado, después se lo metía entero hasta la garganta sin arcadas. La mano de Ricardo en su pelo se cerraba y se abría como un pulmón que respira.
—Así —dijo él—. Me gusta. Así.
Camila miraba, hipnotizada. La mandíbula de Sofía abriéndose y cerrándose. Los labios rojos alrededor del miembro de él. Los ojos verdes mirando hacia arriba, sumisos, brillantes.
"Es una diosa", pensó Camila. Y el pensamiento no era solo admiración. Era envidia. Era deseo. Era un querer ser ella la que estaba ahí abajo y al mismo tiempo querer verla.
Su mano, sin que ella decidiera, se posó en su propia pierna. Deslizó los dedos por debajo de la pollera. Sintió la tela de la bombacha húmeda.
"Sos un asco", pensó. Pero los dedos no se movieron.
Ricardo levantó a Sofía. La desvistió con movimientos lentos, seguros. Primero el vestido rojo, que cayó al piso como una piel. Después el corpiño de encaje negro. Después la bombacha diminuta que no cubría nada.
El cuerpo de Sofía era perfecto. Eso lo pensó Camila con una claridad quirúrgica. Las tetas redondas, los pezones rosados, la cintura que se abría en caderas de reloj de arena. La piel blanca, sin una sola imperfección.
Ricardo la agarró de la cintura y la sentó en la mesa. Las copas de vino tintinearon. Sofía rió. Una risa baja, cómplice.
—Así que este es el negocio —dijo ella, abriendo las piernas—. Me gusta.
Ricardo no habló. Se puso entre sus muslos, la miró a los ojos, y entró.
Camila observó todo. La forma en que Sofía arqueó la espalda cuando él penetró. La forma en que sus manos agarraron el borde de la mesa. Los gemidos que salían de su garganta, roncos, reales.
Las envestidas de Ricardo eran lentas. Profundas. Un movimiento de cadera que parecía sacado de otro tiempo, de otro hombre, de otra forma de entender el placer. Él la besaba mientras la cogía. Besos en la boca, en el cuello, en los hombros. Mordiscos suaves que dejaban marca.
—Así —decía Ricardo, sin dejar de moverse—. Así, hermosa.
Y Sofía respondía con jadeos, con las uñas clavadas en la espalda de él, con las piernas enroscándose en su cintura.
Camila se llevó la mano a la entrepierna. Se tocó por encima de la bombacha al principio, después por adentro. Su propia humedad la sorprendió. No se había mojado nunca tanto solo mirando.
"Estás viendo cómo otro hombre coge a tu amiga", pensó. "Y te estás masturbando."
"Callate", respondió la otra. "Callate y mirá."
El ritmo de Ricardo se aceleró. Sofía gimió más fuerte. Camila sintió que el orgasmo le crecía en los dedos, en el vientre, en la boca seca. Apretó los ojos un segundo y cuando los abrió, Ricardo la estaba mirando.
Directo a los ojos. Mientras empujaba dentro de Sofía. Mientras ella gemía. Él la miraba a ella.
Camila se vino. Un orgasmo seco, apretado, casi doloroso. Los dedos presionando su propio sexo, los ojos abiertos mirando a Ricardo, las piernas temblando bajo la mesa.
Y en ese momento, Sofía también se vino. Su grito llenó la cocina. Y después Ricardo, con dos embestidas más, un gruñido grave, y el cuerpo de él quedándose quieto arriba del de ella.
Los tres respiraron al unísono. Como si el edificio entero hubiera exhalado con ellos.
Después, Ricardo se vistió primero. Le dio un beso en la frente a Sofía, un apretón de manos a Camila, y se fue.
Sofía se quedó desnuda en la mesa, riéndose bajito, el pelo rojo desparramado sobre los platos de las empanadas.
—No sabía que te gustaba mirar —dijo, sin acritud. Con una sonrisa que era puro morbo.
—No sabía que te gustaba que te miren —respondió Camila. Y también sonrió.
Se quedaron un rato en silencio. El edificio crujió a su alrededor. Los secretos se acomodaban en las paredes como muebles nuevos.
Camila volvió a su departamento caminando despacio por el pasillo alfombrado. Adentro, se apoyó en la puerta recién cerrada y se quedó escuchando su propio corazón.
"Ya no sos víctima", pensó. "Viste a tu amiga coger con él y te masturbaste. Ayudaste a que ella estuviera ahí. Elegiste esto."
"Bajaste la mirada al piso.
"Y no te arrepentís."
El edificio gimió en las cañerías. Camila sonrió a oscuras. Ya no sabía distinguir si el ruido lo hacían los caños o si era ella la que estaba aprendiendo a gemir en el idioma de las paredes.
Continuara...

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