La Sumisión de Polina y Mila - Final.

 


Los días, dentro de la casa-prisión, habían adquirido una extraña cualidad rítmica, casi monástica en su perversión. Veintinueve jornadas habían transcurrido desde que la pesadilla comenzó, y en ese tiempo, la vida de las hermanas se había moldeado en torno a los caprichos y rituales establecidos por Gustavo. Para Polina, de veinte años, la rutina estaba marcada por una dinámica de dolor transformado en placer y sumisión intelectual. Gustavo la azotaba con la fusta, no como un castigo furioso, sino como una disciplina calculada, un recordatorio de su lugar que, curiosamente, ella empezaba a anticipar con una mezcla de miedo y excitación. Los juegos con las velas, las ataduras, la cera caliente cayendo sobre su piel sensible, se habían vuelto una ceremonia familiar, un preludio necesario que tensaba su cuerpo y su voluntad hasta el punto de ruptura, solo para ser seguido por el alivio del baño (aquel baño posesivo y humillante) y, finalmente, la penetración, que ya no era una simple violación, sino una consumación de todo el proceso, un momento en el que su cuerpo, completamente quebrantado y sensibilizado, respondía con orgasmos intensos y culpables que la dejaban exhausta y, a la vez, profundamente conectada a su captor. Era un ciclo de quebrantamiento y recompensa que había erosionado no solo su resistencia, sino su propia percepción de lo que era normal. 


Para Mila, de dieciocho años, el tratamiento había sido más crudo, más orientado a la degradación básica y la recompensa instintiva. Tres veces al día, como un reloj, Gustavo la orinaba. Era un ritual de dominio absoluto, una afirmación de que incluso sus funciones más íntimas estaban sujetas a su voluntad. Luego, la bañaba, lavando la humillación con una minuciosidad posesiva que, para su confusión, comenzaba a sentirse como un cuidado, el único cuidado que conocía. Y después del baño, venía "el amor", como Gustavo lo llamaba con sorna. La penetración, que había comenzado con la violación de su virginidad, se había convertido en un acto en el que Mila participaba activamente, buscando en la brutalidad de sus encuentros esa descarga física que anestesiaba su mente y, paradójicamente, la hacía sentirse viva y valiosa para su dueño. 


Lo único que compartían las hermanas, aparte del aire viciado de sus celdas separadas, eran las tres comidas diarias. Gustavo les servía en los cuencos de acero inoxidable, y ellas, ya sin pensarlo, comían a gatas, con el rostro hundido en la comida, como los animales que él insistía en que eran. La vergüenza inicial por ese acto se había diluido, reemplazada por una aceptación pragmática: así se comía, así se sobrevivía, así se ganaba el favor del que proveía. 


Y he aquí lo más aterrador, el núcleo de la victoria completa de Gustavo: cada día que pasaba, Polina y Mila no solo aceptaban su realidad, sino que, en rincones oscuros y secretos de sus psiques fracturadas, comenzaban a disfrutarla. La claridad de su rol, la ausencia de decisiones abrumadoras, la recompensa física inmediata por la obediencia, y la terrible, distorsionada sensación de ser "cuidadas" y "poseídas", habían creado una dependencia emocional y fisiológica. El miedo a la extradición, a la calle, a la incertidumbre, había sido reemplazado por el miedo a desagradar a Gustavo, a perder sus cuencos de comida, sus baños, sus sesiones de "juego" o "amor". Habían internalizado su identidad como mascotas. Y, como mascotas bien entrenadas, ansiaban la aprobación de su amo. 


En la noche del vigésimo día, Gustavo, sentado en su sillón después de cenar, evaluó su obra. El silencio de la casa era elocuente. No había gritos, ni súplicas, solo la quietud de la sumisión. Sonrió para sí mismo. Era hora de subir la apuesta, de dar el siguiente paso en su consolidación como dueño. Era hora de probar su dominio en un entorno nuevo, de romper el último vestigio de normalidad que pudieran recordar: el mundo exterior. 


Fue primero a la celda de Polina. Ella estaba acostada en el colchón, el collar de cuero negro con la chapita brillando tenuemente en la penumbra. Al verlo, se incorporó y se arrodilló automáticamente, una sonrisa sumisa y expectante en su rostro. 


—Vení, perrita —dijo él, y ella lo siguió, gateando, hasta el pasillo. 


Luego fue a por Mila. A ella también le había dado un collar, similar al de su hermana, aunque sin chapita grabada todavía. Era su uniforme, su marca de pertenencia. Mila, al verlo, también adoptó la posición, sus ojos azules mirándolo con una mezcla de miedo y una extraña devoción. 


Gustavo las llevó a ambas al living, el corazón de la casa que ellas apenas recordaban. Y allí, por primera vez en veinte días, las hermanas se vieron. 


El momento fue electrizante. Polina, con su cuerpo esbelto, sus nalgas firmes y su cabello rubio casi blanco ahora un poco más largo, y Mila, con sus curvas más generosas, sus pechos grandes y su cabello rubio más cálido, se miraron. La desnudez de la otra fue un impacto. Pero no fue el impacto del horror que podría esperarse. En sus ojos, verdes y azules, se reflejó el reconocimiento, la preocupación, y luego, algo más perturbador: un alivio profundo. Las lágrimas brotaron de ambas al mismo tiempo, silenciosas, calientes. Eran lágrimas por la pérdida, por la vergüenza compartida, pero también, innegablemente, por la alegría de ver que la otra estaba viva, alimentada, y aparentemente… bien. Bien dentro de los parámetros dementes de su nuevo mundo. Se acercaron gateando una hacia la otra, y se rozaron las cabezas, un gesto de consuelo animal, de reafirmación de un vínculo que, aunque deformado, seguía siendo el más fuerte que tenían. 


Gustavo observó la escena con una satisfacción inmensa. El lazo entre ellas era útil; podía usarse para controlarlas a ambas, pero también era conmovedor, en su perversión, ver cómo su sumisión individual las unía en esta nueva identidad. 


—Miren qué lindo —dijo, su voz cálida, paternal—. Se extrañaban, ¿no? Bueno, hoy es un día especial. Han sido unas mascotas muy buenas, muy obedientes. Polina, aprendiste a amar los latigazos. Mila, aprendiste a amar mi orina. Son unas perritas ejemplares. Y como recompensa… las voy a sacar a pasear. 


Las hermanas se miraron entre sí, y luego a él. "Sacar a pasear". Las palabras tenían un eco extraño, infantil y a la vez profundamente humillante. Pero también significaban salir. Ver el cielo. Sentir el aire que no fuera el de la celda. Con lágrimas aún en los ojos, pero con esa misma sonrisa sumisa que habían perfeccionado, respondieron al unísono, sus voces un eco perfecto de sumisión: 


—Gracias, mi dueño. 


Gustavo asintió. Sacó dos correas cortas, de cuero grueso, con mosquetones en el extremo. Se agachó y las enganchó a los aros de los collares de Polina y Mila. El sonido del metal al cerrarse fue un click definitivo. Luego, tiró suavemente de las correas. 


—Vamos, entonces. A dar una vuelta. 


Las hizo gatear detrás de él, por el pasillo, hacia la puerta de entrada. El contraste era surrealista: el hombre vestido, canoso, panzón, tirando de dos correas a las que estaban sujetas dos jóvenes mujeres desnudas, hermosas y rubias, que se movían sobre manos y rodillas por el piso sucio de su casa. Abrió la puerta. La noche fresca de Buenos Aires entró de golpe, con sus olores a asfalto, a árboles lejanos, a libertad. Polina y Mila inhalaron profundamente, un escalofrío de emoción (¿o era miedo?) recorriéndolas. Había un mundo afuera. Un mundo que podía verlas. 


Gustavo las guió por el pequeño jardín descuidado hasta la vereda, donde su auto viejo estaba estacionado. Cualquier vecino, cualquier transeúnte, podría haberlas visto. Pero era tarde, y la calle estaba oscura y silenciosa. Aun así, la sensación de exposición fue brutal. Pero, entrenadas como estaban, entendieron. No debían protestar, ni cubrirse, ni intentar escapar. Esto era lo que su dueño quería. Él decidía. Él las exponía. Y su obediencia, incluso aquí, incluso ante la posibilidad de ser vistas, era la prueba final de su dominio. Caminaron, o más bien gatearon, por la vereda hasta la puerta trasera del auto, sintiendo la aspereza del cemento bajo sus palmas y rodillas, el viento frío en sus cuerpos desnudos. 


Gustavo abrió la puerta trasera. 


—Arriba —ordenó. 


Con dificultad, tratando de coordinar sus extremidades en el espacio reducido, las hermanas se subieron al asiento trasero. No se sentaron como personas; se acomodaron en el piso del auto, entre los asientos, en una posición semiarrodillada, esperando. Gustavo cerró la puerta, se subió al frente, y arrancó el motor. 


El viaje fue una experiencia onírica. A través de las ventanas sucias, Polina y Mila vieron las calles, las luces de los negocios cerrados, los árboles, el mundo. Pero algo había cambiado, no en el mundo, sino en ellas. Ya no miraban ese paisaje urbano con la ansiedad de las inmigrantes ilegales, luchando por pertenecer, por encontrar un hueco, cargando con el peso de la responsabilidad de construir un futuro. Ahora, pertenecían a Gustavo. Su destino, su comida, su aire, dependían de él. Y en esa abdicación total de la agencia personal, había una libertad perversa, un alivio enfermizo. La carga se había esfumado. El mundo exterior les parecía distante, irrelevante, un escenario que pasaba ante sus ojos mientras ellas, en su burbuja de sumisión y posesión, se sentían inexplicablemente más livianas. No tenían que decidir nada. Solo obedecer. 


Gustavo condujo hasta un parque público, uno no muy frecuentado de noche, más bien descuidado, con senderos de tierra y bancos rotos. Estacionó en un camino apartado. No había nadie a la vista, excepto quizás la silueta oscura de algún borracho durmiendo en un banco a lo lejos, o un vagabundo recogiendo cosas de un tacho de basura. Nadie les prestó atención, o si lo hicieron, la escena de un hombre saliendo del auto y sacando a dos mujeres desnudas con collares y correas les pareció tan fuera de lugar, tan propia de un espectáculo sórdido o de una pesadilla, que prefirieron mirar para otro lado. Y había algo en la actitud de las jóvenes, en la manera natural con que gateaban detrás de él, con la cabeza baja pero sin lucha, que transmitía una aterradora normalidad dentro de lo aberrante. Parecía que, en efecto, estaban en su lugar. 


Gustavo las paseó un poco por el sendero, tirando suavemente de las correas. Ellas olfateaban el aire, sentían la tierra bajo sus manos, pero sus ojos estaban bajos, fijos en los talones de su dueño. Después de unos minutos, llegó a un banco de madera, un poco apartado. Se sentó. 


—Acá, perritas —llamó. 


Polina y Mila se acercaron y se situaron a sus pies, una a cada lado, como dos sabuesos bien entrenados. Gustavo las miró, su rostro iluminado por la luz amarillenta de un farol lejano. Sacó su teléfono y les tomó una foto rápida, el flash iluminando por un instante sus cuerpos pálidos y sus rostros sumisos. Luego, guardó el teléfono. 


—Chupen, perritas —ordenó, su voz calmada, como si pidiera que le alcanzaran el mate. 


La orden no provocó titubeo. Había una sincronía espeluznante en sus movimientos. Polina y Mila, sin intercambiar una palabra, sin siquiera mirarse, se abalanzaron sobre su entrepierna. Mientras él se desabrochaba el pantalón, ellas ya estaban en posición. Cuando su miembro emergió, ya semi-erecto por la excitación del control absoluto, ambas se lanzaron a él. No hubo competición, sino una cooperación instintiva y perversa. Polina, con la experiencia de quien ha perfeccionado la técnica, tomó la punta en su boca, jugando con la lengua en el frenillo. Mila, quizás recordando su primer "premio", bajó y comenzó a lamer y chupar sus testículos con devoción. Era un ballet de sumisión oral, coreografiado por el deseo de complacer. Una se lo tragaba profundamente, provocando un gemido en Gustavo, mientras la otra masajeaba la base con sus manos o lamía los costados. Se turnaban, se complementaban, como si hubieran practicado esto en secreto durante años. La escena, bajo la tenue luz del parque, era de una depravación absoluta, pero también de una eficiencia aterradora. Ellas no lo hacían por obligación en ese momento; lo hacían por hábito, por necesidad de aprobación, y porque sus cuerpos, condicionados, respondían con excitación a la humillación misma. 


Gustavo se recostó en el banco, cerrando los ojos, dejándose servir. La sensación de dos bocas cálidas y hábiles trabajando en él, la visión de las dos cabezas rubias moviéndose entre sus piernas, la certeza de que nadie vendría a rescatarlas ni ellas querrían ser rescatadas en ese instante, fue demasiado. No pudo aguantar mucho. 


—¡Voy a terminar, perras! —avisó, con un jadeo. 


Polina y Mila no se apartaron. Al contrario, apresuraron sus movimientos, como queriendo ser las merecedoras de la recompensa final. Con un gruñido profundo, Gustavo eyaculó. El líquido cayó sobre los rostros de ambas, manchando sus mejillas, sus labios, sus párpados. Ellas permanecieron allí, jadeando, con los rostros brillantes bajo la luz del farol, esperando la siguiente orden. 


Gustavo, respirando pesadamente, las miró. Una sonrisa de triunfo completo se dibujó en su rostro. 


—Qué cuadro más lindo —dijo, su voz ronca—. Mis dos perritas, bañadas en la leche de su amo. ¿Les gusta? 


Polina, sin limpiarse, levantó la vista y sonrió, una sonrisa genuinamente feliz y sumisa. 


—Nos encanta, dueño. Es nuestro premio. 


Mila, siguiendo su ejemplo, asintió con entusiasmo, lamiéndose los labios para probar el sabor. 


—Es lo más rico, mi dueño. Gracias. 


Gustavo rió, una risa satisfecha y gutural. Se limpió rápidamente y se abrochó el pantalón. 


—Buenas perras —dijo, acariciando ambas cabezas como a canes—. Muy buenas. Ahora, de vuelta al auto. Todavía tengo un último detalle para esta noche especial. 


Las hizo levantarse (gatear) y las guió de vuelta al auto, todavía con los rostros manchados, todavía desnudas y con los collares. Las subió al asiento trasero, donde se acomodaron otra vez en cuatro patas, una al lado de la otra, expectantes, excitadas, completamente sumisas. El paseo había sido un éxito. El mundo las había visto, o las había ignorado, y nada había cambiado. Ellas seguían siendo suyas. Y ahora, un "último detalle" las esperaba. No sentían miedo, sino la ansiosa curiosidad de una mascota que espera una golosina nueva. El auto arrancó, dejando atrás el parque oscuro y el banco donde habían cruzado, juntas, un nuevo umbral de degradación y, en su mente retorcida, de pertenencia. 


Gustavo condujo de vuelta a la casa en un silencio cargado, roto solo por el runrún del motor y la respiración contenida de las dos jóvenes que, en el asiento trasero, permanecían en cuatro patas, sus cuerpos aun vibrando con la humillación pública y la excitación forzada que ahora sentían como un derecho ganado. El aire nocturno que se colaba por las ventanillas ya no olía a libertad, sino al perfume salado de su propia sumisión. Para Polina y Mila, el paseo no había sido una incursión aterradora en el mundo de los libres, sino una confirmación solemne de su nuevo estatus. Habían sido exhibidas, usadas, y el cielo no se había caído. El mundo, indiferente o cómplice, las había dejado hacer. Era como si, al cruzar ese umbral, su transformación se hubiera sellado en un contrato invisible con la realidad misma. 


Al llegar a la casa, Gustavo las hizo bajar del auto y gatear tras él, a través del jardín y de vuelta al interior de su madriguera compartida. La puerta se cerró tras ellos, y el familiar olor a encierro, a polvo y a dominio las envolvió como una manta pesada y conocida. En el living, iluminado por la lámpara tenue, Gustavo les ordenó que se quedaran quietas, en cuatro patas, una al lado de la otra. Las hermanas obedecieron, sus cabezas bajas, los collares negros destacando contra la palidez de sus cuellos. Había una calma expectante en ellas, la de los animales que aguardan la siguiente instrucción, seguros de que, cualquiera que fuera, conduciría a un placer, a un castigo convertido en placer, o al menos a la certeza de seguir siendo relevantes para su amo. 


Gustavo desapareció por un momento en su habitación. El sonido de un cajón al abrirse, el crujido de papeles. Cuando regresó, sostenía dos sobres oficiales de color manila, de esos que ellas recordaban demasiado bien de sus visitas a Migraciones. Un escalofrío involuntario, un vestigio de un miedo antiguo, recorrió la espalda de Polina. Mila contuvo el aliento. ¿Qué eran esos papeles? ¿Una nueva trampa? ¿La orden de extradición que las había llevado a este infierno? 


Gustavo se colocó frente a ellas, dominando la escena. Con gesto ceremonioso, extrajo los documentos de los sobres. No eran las viejas fichas con sus fotos desesperadas. Eran documentos nuevos, limpios, con sellos oficiales. 


—Miren esto, perritas —dijo, y su voz tenía un tono extraño, casi solemne—. Les conseguí la ciudadanía argentina. Está todo en regla. Firmado, sellado. Son libres. 


Las palabras flotaron en el aire denso como globos de helio en una habitación cerrada. "Ciudadanía". "Libres". Eran las palabras por las que habían luchado, por las que habían temido, las que habían sido el sueño imposible y la pesadilla de la deportación. Polina y Mila alzaron lentamente la vista, sus ojos, verdes y azules, examinando los documentos que Gustavo les mostraba como un mago mostrando un truco imposible. Allí estaban sus nombres, sus fotos (viejas, de antes), el escudo argentino. Parecían legítimos. 


—Ahora tienen una opción —continuó Gustavo, dejando los papeles en la mesa de centro, a su lado—. Pueden tomar estos papeles. Salir por esa puerta. Irse. Buscar un trabajo, un departamento, vivir como argentinas de bien, como personas normales. Nadie las va a detener. —Hizo una pausa, dejando que el peso de la alternativa se instalara en la habitación. Luego, su voz bajó a un susurro cargado de significado—. O… pueden quedarse. Quedarse aquí, conmigo. Seguir siendo mis mascotas. Mis perritas hermosas y obedientes. Sin papeles que cargar, sin decisiones que tomar. Solo… ser mías. 


La oferta era el eje sobre el que giraba toda su perversa filosofía. No quería esclavas encadenadas por el miedo a la ley; quería siervas voluntarias, criaturas que eligieran su jaula porque la jaula les ofrecía más seguridad, más placer, más identidad, que la vasta e intimidante libertad exterior. Era el momento de la verdad, la prueba final y más cruel. 


Un silencio profundo cayó sobre el living. El tic-tac del reloj de pared sonaba como un latido gigante. Polina, la mayor, la que había cargado con la responsabilidad desde que eran niñas, la que había estudiado abogacía con la esperanza de defenderse a sí misma y a su hermana en un mundo hostil, fue la primera en mover la cabeza. No miró a Mila. Miró el suelo, entre sus manos apoyadas en la alfombra sucia. Su voz, cuando salió, no era un susurro temeroso, ni un grito de rebelión. Era una declaración clara, serena, como el anuncio de una verdad descubierta tras larga reflexión. 


—Soy una mascota —dijo Polina, y cada palabra parecía tallada en el silencio—. No necesito papeles. No quiero ser una argentina de bien. Quiero ser tu perrita. Es lo que soy. Es lo que me hace feliz. 


No hubo titubeo. No hubo rastro de la Polina que suplicaba por su hermana, que forcejeaba contra las ataduras. Esta Polina hablaba desde un núcleo de identidad reformado. La libertad, con sus abrumadoras responsabilidades, sus trámites interminables, su soledad y su lucha constante por pertenecer, le parecía ahora una pesadilla abstracta. En cambio, ser la mascota de Gustavo era concreto: tenía un collar, un nombre (Perrita), un dueño que la alimentaba, la bañaba, la disciplinaba y le daba unos orgasmos que la hacían perder la noción de todo. Era una felicidad estrecha, distorsionada, pero era una felicidad que podía sentir en sus huesos. 


Gustavo no dijo nada. Solo asintió lentamente, su mirada pasando a Mila. 


La más joven respiró hondo. Para ella, la ecuación era aún más simple. Su experiencia del mundo adulto, antes del cautiverio, había sido breve y marcada por la ingenuidad. Gustavo no era solo su captor; había sido su primer hombre. Había despertado su cuerpo de una manera cataclísmica y posesiva. En la lógica emocional y sensorial que ahora gobernaba su mente, él no era un violador; era su hombre. El que la había marcado, la había limpiado, la había hecho sentir como una mujer a través del dolor y el placer. Miró los papeles, luego miró a Gustavo, y finalmente, sus ojos se encontraron con los de su hermana. En la mirada de Polina no vio reproche, ni aliento para que tomara los papeles. Vio comprensión. Vio un espejo. Vio a otra perrita. 


—Vos… vos sos mi primer hombre —dijo Mila, su voz un poco temblorosa por la emoción, pero firme en su conclusión—. Y vas a ser el último. No quiero a nadie más. No sé ser libre. Sé ser… tuya. 


En ese intercambio de miradas, algo se selló entre las hermanas. Una comprensión mutua, profunda y trágica, de que habían encontrado, en el fondo del pozo, una forma de ser que, para su psique quebrantada, era preferible a la lucha incierta de allá afuera. Ser mascotas era hermoso, en su manera retorcida. No tenían que pensar en el futuro, en el dinero, en los papeles, en la soledad. Solo tenían que obedecer al hombre que marcaba su camino. Él decidía cuándo comían, cuándo dormían, cuándo sentían placer o dolor. Era una abdicación total de la voluntad, y en esa abdicación, hallaban una paz enfermiza, una liberación de la angustia existencial que ni siquiera sabían que cargaban. Disfrutaban de ser mascotas humanas. El placer físico, intenso y frecuente, era una recompensa poderosa. La estructura clara, el cariño distorsionado de Gustavo (sus caricias después del sexo, su aprobación verbal), llenaban un vacío emocional. Y hacerlo juntas, compartir este destino perverso, fortalecía su vínculo de una manera que la vida normal nunca podría haberlo hecho. Eran cómplices en la sumisión, hermanas en la degradación elegida. 


Una sonrisa de triunfo absoluto, tan amplia que iluminó su rostro cansado, se desplegó en los labios de Gustavo. Había ganado. No solo las tenía cautivas; las tenía convencidas. Eran suyas por voluntad propia, o al menos, por una voluntad tan remodelada que la distinción carecía de sentido. 


—Mis perritas preciosas —murmuró, y su voz estaba cargada de una emoción genuina, la emoción del coleccionista que completa su obra maestra. 


No hubo más discusión. Los papeles de la ciudadanía quedaron abandonados en la mesa, como un fósil de una vida que ya no querían. Gustavo se acercó a Polina primero. La penetró allí mismo, en el suelo del living, mientras Mila observaba, jadeando, excitada por la escena y por la decisión que acababan de tomar. Los gemidos de Polina no eran de dolor, sino de entrega gozosa, de celebración de su elección. Después de unas cuantas embestidas, Gustavo se movió, sin separarse por completo, hacia Mila, entrando en ella con la misma posesión segura. Las hermanas, ahora unidas en su destino más que nunca, gemían y respondían, moviendo sus caderas, buscando el placer en el acto que simbolizaba su renuncia final a todo lo demás. Fue un trío salvaje, un enredo de cuerpos sudorosos, collares de cuero y susurros de "dueño" y "perrita". Los tres llegaron al clímax casi al unísono, en un estallido de gemidos y gruñidos que llenó la casa, un coro de posesión y sumisión consumadas. 


Ese fue el principio. No de su cautiverio, sino de su relación a tres. Una relación basada en un contrato perverso, no escrito pero más fuerte que cualquier documento de ciudadanía. Polina y Mila ya no eran prisioneras aterradas; eran concubinas voluntarias, mascotas humanas devotas. Gustavo ya no era un secuestrador sádico; era su amo, su proveedor, su amante distorsionado y su único horizonte. 


Epílogo 


El tiempo, como siempre, siguió su curso. Gustavo, una vez agotadas sus largas vacaciones, volvió a su trabajo en Migraciones. Su vida tenía ahora una doble capa perfecta: el funcionario gris e insignificante en el exterior, el dios doméstico en su reino privado. Las chicas permanecían en la casa, pero ya no en celdas. Tenían el run de la casa, aunque su mundo seguía siendo esas cuatro paredes. Gustavo les permitió usar ropa a veces, simples vestidos o camisones, pero los collares nunca se los quitaban. Eran su marca permanente. 


La naturaleza siguió su curso también. Polina, y luego Mila, quedaron embarazadas. Gustavo no se alarmó; lo vio como la extensión natural de su dominio, la perpetuación de su linaje perverso. Los embarazos y los partos (asistidos por Gustavo mismo, en la casa, con una brutalidad pragmática) fueron nuevos capítulos en su sumisión, nuevas formas de atadura biológica y emocional. 


Pero la verdadera medida de su transformación completa, de la internalización absoluta de los valores de su amo, llegaba cada año, durante las vacaciones de Gustavo. Él no descansaba. Su hobby había evolucionado. Ya no se conformaba con dos. El ritual se repetía: buscaba, en los márgenes de la sociedad, a otra joven inmigrante, vulnerable, desesperada. La traía a la casa con el mismo cuento del funcionario compasivo. 


Y aquí estaba el giro final, la coronación de su obra: no lo hacía solo. Polina y Mila lo ayudaban. Con entusiasmo. Se habían convertido en sus cómplices más eficaces. Polina, con su aire serio y su experiencia, calmaba a las nuevas con falsas palabras de hermandad, contándoles cómo Gustavo las había "salvado" y les había dado una vida mejor. Mila, con su dulzura y su cuerpo ya marcado por la maternidad y la sumisión, era el ejemplo vivo de la "felicidad" posible. Ayudaban a preparar el té drogado. Sostenían a la nueva chica mientras Gustavo la ataba. Le hablaban mientras él la violaba por primera vez, susurrándole que el dolor pasaba, que la obediencia traía recompensas, que ser una perrita de Gustavo era el mejor destino al que podía aspirar. 


Lo hacían no por miedo, sino por lealtad. Por gratitud distorsionada. Porque en el universo moral invertido en el que vivían, ayudar a su dueño a conseguir y entrenar a una nueva mascota era el mayor acto de amor y servicio que podían ofrecer. Disfrutaban de su nuevo rol de "perras mayores", de la autoridad delegada, de ser parte activa en la expansión de su extraña familia. La casa, con el tiempo, se fue llenando de collares, de cuencos, de miradas sumisas. Y en el centro de todo, Gustavo, más viejo, más canoso, pero con una sonrisa de satisfacción permanente, observaba su harén de criaturas rotas y rehechas a su imagen y semejanza, un pastor de almas perdidas que había encontrado la manera de que el infierno, para algunas, tuviera el confort acogedor de un hogar.

 


Fin. 

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