La Sumisión de Polina y Mila - Parte 2

 


La puerta de la celda se cerró con un golpe seco y resonante, el sonido de un mundo que se sellaba. En el pasillo, bañado por la luz amarillenta de una lamparita, Gustavo se detuvo. Una sonrisa se extendió por su rostro, no la mueca forzada y calculadora del funcionario, sino una expresión genuina, plena, de una satisfacción que le brotaba desde las entrañas. Su corazón latía con una fuerza y una rapidez que no recordaba en años, una vibración casi juvenil en su pecho de hombre sedentario y cansado. El sabor del poder, absoluto y sin restricciones, era más dulce que cualquier cosa que hubiera probado. Había logrado doblegar, humillar, poseer a esa criatura orgullosa y hermosa. Pero la euforia inicial pronto se templó con la lógica fría de su plan. Esto no era un final. Era apenas el primer párrafo de un largo y delicioso capítulo. Tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo. No había prisa en romper una voluntad; de hecho, el proceso, la lenta erosión del alma, era la parte más exquisita. 


Decidió, pues, dejarlas macerar en su propio miedo y desorientación ese primer día completo. No volvió a abrir las puertas. Las dejó en el silencio sepulcral de las celdas, en esa oscuridad que no era total pero sí perpetua, donde el tiempo perdía sus bordes y se convertía en una sustancia pesada y angustiosa. El sonido del picaporte no volvió a sonar, ni siquiera para dejar agua. Era parte del método: el aislamiento total, la incertidumbre, el hambre y la sed como preludios necesarios para una sumisión más profunda. 


En la celda de Polina, la joven se había desplomado en el colchón después de que los pasos de Gustavo se alejaran. El sabor salado y amargo de él aún persistía en su boca, un fantasma físico de la violación. Se frotó los labios con el dorso de la mano una y otra vez, hasta que la piel le ardía, pero la sensación de suciedad no era externa; estaba incrustada en su alma. "Soy una puta, una cosa sucia", pensaba, el llanto ya seco, convertido en un vacío espantoso. Pero en medio del asco y el horror, un pensamiento frío y claro logró abrirse paso: Mila estaba a salvo. Por ahora. Su acción, por degradante que fuera, había comprado un respiro para su hermana. Ese pequeño rayo de sentido, torcido y trágico le permitió, agotada física y emocionalmente, arrastrarse en el colchón y, a pesar de la desnudez y el frío que se le colaba en los huesos, caer en un sueño profundo, pesado, un escape temporal de la pesadilla en la que estaba despierta. 


En la celda contigua, Mila despertó horas más tarde. El despertar fue brusco, una transición confusa desde la inconsciencia química a una lucidez aterrada. El dolor de cabeza era punzante, y su boca estaba seca como el papel. Abrió los ojos y solo vio penumbra. Se incorporó, desorientada. —¿Polina? —llamó, su voz un hilito débil que se absorbió de inmediato en las paredes forradas. No hubo respuesta. El silencio era absoluto, opresivo. —¿Polina? ¡Poli! —gritó, y esta vez el pánico le subió el tono. Se puso de pie, tambaleándose, y empezó a palpar las paredes. Lisas, frías, sin interruptores, sin pomo en la puerta que logró identificar. —¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Salgan! —sus gritos se volvieron desesperados, agónicos. Golpeó la puerta con las palmas de las manos hasta que le dolió, luego con los puños. Gritó hasta que la garganta se le rasgó y la voz se le quebró en ronquidos. Durante lo que le parecieron horas, suplicó, lloró, maldijo. Pero ningún sonido del exterior llegaba a ella, y los suyos no traspasaban aquella prisión. El agotamiento físico, mezclado con la resaca de la droga, finalmente la venció. Se desplomó contra la puerta, jadeando. "Nadie viene. Nadie me escucha". La certeza fue un balde de agua helada. Recordó entonces la cara de Gustavo, su falsa simpatía, el té, la sensación de desmayo. Las piezas encajaron con un chasquido siniestro. No era un salvador. Era su captor. Una pregunta helada se instaló en su mente, repitiéndose como un latido de pánico: "¿Qué quiere este viejo con nosotras?". Con esa duda royéndole el pensamiento y un miedo que ya no era agudo sino una pesadumbre constante, se arrastró hasta el colchón viejo, se acurrucó manteniendo su ropa como un último escudo simbólico, y cayó en un sueño irregular, plagado de sobresaltos. 


Afuera, en su habitación, Gustavo durmió como un bebé. Un sueño profundo, sin pesadillas, sin el insomnio que solía acecharlo. Se despertó renovado, con una energía que no sentía desde hacía décadas. El aire de la mañana le pareció más puro, el sabor del café matutino, más intenso. Desayunó con calma, incluso con un toque de elegancia que se impuso a sí mismo, como si celebrara una victoria. Luego, algo inédito: salió a caminar. No por placer, sino con un propósito. "Tengo que mejorar mi estado físico", pensó, mientras sus pulmones protestaban ante el esfuerzo poco habitual. Necesitaba resistencia. Su nuevo "proyecto" exigía vigor. Al regresar, realizó una llamada telefónica a Migraciones. Con la voz serena y profesional de siempre, pidió sus vacaciones. Todos los días que tenía acumulados, cuarenta en total. Cuarenta días. Un mes y medio. Un tiempo perfecto, un curso intensivo de sumisión. Su jefe no puso objeciones; Gustavo siempre había sido un empleado gris, confiable, sin vida personal aparente. Nadie preguntaría, nadie extrañaría. 


Con el tiempo asegurado, se dedicó a los preparativos. Cocino carne picada, simple, sin condimentos sofisticados. La colocó en dos platos viejos de metal, de esos que se usan para perros. El simbolismo le parecía delicioso. Luego, fue a un cajón en su habitación y sacó un objeto que había comprado hacía mucho en una feria rural, esperando el momento adecuado: una fusta corta, de cuero flexible y resistente, con una punta que no cortaba pero que podía dejar una memoria de dolor intenso en la piel. La flexionó entre sus manos, sonriendo. Todo estaba listo. 


Abrió la puerta de la celda de Polina. La luz del pasillo se coló como una intrusa, iluminando a la joven que se despertó sobresaltada, cubriéndose instintivamente con los brazos, aunque ya no hubiera nada que ocultar. 


 —Buenos días, perrita. 


Su voz era casi alegre. Polina lo miró con ojos inyectados en sueño y miedo, retrocediendo en el colchón hasta chocar con la pared. Gustavo entró y, sin prisa, colocó el plato de metal en el suelo, a medio metro de donde ella estaba. 


 —Desayuna. 


Polina miró el plato. La carne picada, cruda y grisácea, emanaba un olor a carne cruda que, en su estado de hambre extrema, le provocó un retorcijón contradictorio en el estómago. Su mente, aún aferrada a jirones de dignidad, entendió la implicancia al instante. No había cubiertos. No había un lugar en la mesa. El plato estaba en el suelo. Él la observaba, esperando. Un fuego de orgullo, débil pero presente, se encendió en su interior. 


—No —dijo, y su voz sonó débil, ronca por la deshidratación y el desuso, pero la negativa estaba ahí, clara. 


La reacción de Gustavo no fue de enojo, sino de una calma aterradora. Era la respuesta que, en el fondo, esperaba y deseaba. Le daba la excusa perfecta. Sin mediar palabra, levantó el brazo que sostenía la fusta y la descargó con fuerza. El látigo de cuero silbó en el aire húmedo y encontró su blanco con un chasquido seco y cruel. El primer golpe cayó sobre uno de sus pechos, en la curva superior, justo donde la piel era más fina y sensible. 


Un grito agudo, animal, estalló en la celda. Polina se dobló sobre sí misma, las manos yendo a proteger la zona impactada. El dolor era electrizante, un latido de fuego que le quemaba la piel y parecía penetrar hasta el hueso. Antes de que pudiera recuperar el aliento, el segundo golpe llegó. Esta vez en el muslo interno, otra zona de una sensibilidad atroz. Otro grito, esta vez entrecortado por un sollozo de pura agonía. El dolor era tan intenso, tan inesperado y humillante, que hizo trizas cualquier resistencia mental en un instante. No era solo el dolor físico; era la violencia gratuita, la demostración absoluta de que él podía, y lo haría, infligirle cualquier sufrimiento. 


El hambre, el miedo a otro latigazo, y sobre todo, el terror a que esa furia se volcara sobre Mila, aniquilaron su orgullo. Con lágrimas silenciosas cayendo sobre el colchón sucio, se movió. Lentamente, temblando, se bajó del colchón y adoptó una posición de cuatro patas. Su espalda arqueada, sus nalgas paraditas ahora expuestas y vulnerables, su cabello rubio lacio cayendo como una cortina a los costados de su rostro avergonzado. Avanzó unos centímetros hasta quedar frente al plato de metal. Dudó un último segundo, oliendo la carne cruda, sintiendo la mirada de Gustavo abrasándole la piel aún más que los latigazos. 


Entonces, bajó la cabeza. Con un movimiento torpe al principio, hundió su rostro en la carne picada. La textura fría y granulada, el sordo sabor a carne cruda y grasa, le revolvieron el estómago, pero su cuerpo, traicionero, respondió al alimento. Comenzó a comer. Al principio con desgana, luego, a medida que el sabor salado y primario activaba sus instintos más básicos, con más decisión. Usaba solo la boca, los labios, la lengua. Mordisqueaba, lamía, tomaba pequeños montones con los dientes. Jugo sanguinolento le manchaba la barbilla y le goteaba entre los pechos. Era una imagen de una degradación profunda y calculada, una bestia hermosa reducida a alimentarse de un comedero. 


Gustavo la observaba, absorto. La respiración se le aceleraba. 


 —Buena perra —murmuró, la voz cargada de una excitación sórdida. 


Sacó su teléfono móvil. Encendió la cámara y comenzó a grabar. El lente capturaba cada detalle: la curva de su espalda, el movimiento de sus hombros, cómo la carne desaparecía entre sus labios, cómo su lengua limpiaba los restos del plato de metal. Grabó durante un buen rato, disfrutando de la composición perversa. Luego, con la cámara aun apuntando, hizo una pregunta. Su tono era el de un dueño halagando a su mascota. 


 —¿Te gusta la comida que te da tu dueño? 


Polina se detuvo. Tenía la boca llena, el sabor a crudeza y humillación en la lengua. Levantó la mirada y vio el ojo negro del lente apuntándole, y detrás, los ojos pequeños y brillantes de Gustavo. Sabía lo que quería oír. Lo había aprendido con dolor. Un silencio de unos segundos, pesados como plomo, llenó la celda. Podía sentir la amenaza latente en el aire, la fusta aún en la mano de él. Tragó la carne. Forzó los músculos de su rostro, contraídos por el llanto y la vergüenza, e intentó una expresión. No era una sonrisa, era una mueca, una contracción torpe de los labios que pretendía ser sumisa. Miró fijamente a la cámara, y con una voz que intentó sonar dulce pero que salió quebrada y falsa, dijo: 


—Me encanta la comida de mi dueño. 


Las palabras, pronunciadas por ella, en ese contexto, fueron la victoria más completa para Gustavo. Sonrió, un gesto amplio y genuino. Apagó la grabación. Había obtenido un tesoro: no solo la sumisión física, sino el principio de la sumisión verbal, actuada. Era un gran paso. Un paso de perrita bien entrenada. 


—Muy bien —dijo, recogiendo el plato vacío—. Descansa. Ya volveré. 


Salió y cerró la puerta, dejándola otra vez en la penumbra, ahora con el sabor a carne cruda y derrota en la boca, y el ardiente recuerdo del cuero en su piel. La lección del día había sido impartida. Y había sido profundamente aprendida. 


Gustavo, después de dejar a Polina con el sabor de la derrota y de la carne cruda en la boca, se dedicó a los quehaceres cotidianos con una sensación de placidez profunda. El mundo exterior, con sus noticias trágicas y su rutina gris, le parecía ahora un escenario lejano y sin interés. Su verdadero drama, su obra maestra personal, se estaba desarrollando tras esas dos puertas insonorizadas. Pero entendía que la cruda disciplina debía equilibrarse con los gestos de un "cuidado" perverso, para mantener viva la esperanza y, por lo tanto, la sumisión. 


Fue a la cocina, tomó una botella de agua plástica, medio vacía, y se dirigió a la celda de Mila. No había planeado un discurso. La palabra, en esta etapa, era un privilegio que ellas no se habían ganado. Abrió la cerradura con su llave, la puerta cedió unos centímetros con un chirrido, y en ese instante, desde la penumbra interior, surgió un grito desgarrado. 


—¡Por favor! ¡Señor Gustavo, por favor! ¡Déjeme salir! ¡Dónde está mi hermana! ¡Por favor, tengo miedo! 


La voz de Mila era un torrente de pánico puro, agudo, cargado de un cansancio que la hacía aún más desesperante. Gustavo no respondió. Ni siquiera miró hacia adentro. Simplemente, con un gesto indiferente, arrojó la botella de agua al interior. El objeto de plástico golpeó el suelo de cemento con un ruido sordo y rodó. Antes de que Mila pudiera acercarse o decir algo más, él cerró la puerta de un golpe seco, girando la llave con decisión. El sonido del picaporte al cerrarse fue como un portazo final. Desde adentro, los golpes contra la puerta recomenzaron, más débiles esta vez, acompañados de sollozos y súplicas ahogadas que él ya no escuchaba, absorbidas por el aislamiento acústico. El gesto había sido claro: él controlaba lo básico para su supervivencia, agua, pero no otorgaría consuelo, explicaciones ni contacto humano. Era un amo, no un interlocutor. 


Luego, Gustavo se instaló en su sillón desgastado del living. Puso la pava eléctrica, preparó el mate con una calma casi ceremonial, y encendió la televisión. Las noticias hablaban de inflación, de política, de un mundo que seguía girando con su absurda normalidad. Él sorbía el mate, un rictus de satisfacción en sus labios. La desconexión era total. Podía haber estado viendo un programa de jardinería; la realidad significativa, la que le hacía latir el corazón con una emoción genuina, estaba ocurriendo en sus dominios privados, tras las paredes de su casa. La doble vida del monstruo doméstico. 


Almorzó solo, un guiso que había preparado días antes. Comió con apetito, disfrutando de cada bocado. Cuando terminó, miró el plato con los restos de la comida: trozos de carne, papa, un poco de caldo espeso. Una idea se formó en su mente, redondeando el círculo de la humillación. Tomó el mismo plato de metal viejo, lo llenó con las sobras, que aún estaban templadas y olían mucho más apetitosas que la carne picada cruda. Luego, buscó un cuenco de plástico barato, de esos que venden para que beban los perros, y lo llenó de agua limpia. Con estos elementos en las manos, se dirigió nuevamente a la celda de Polina. 


Al abrir la puerta, la luz del pasillo cayó sobre la joven, que dormitaba acurrucada en el colchón. A pesar de la suciedad incipiente, del cabello despeinado y la postura vulnerable, su belleza seguía siendo un impacto. El rubio casi blanco de su cabello lacio se extendía como un manto pálido sobre su espalda y sus hombros, contrastando con la penumbra del cuarto. Su cuerpo, en reposo, seguía siendo una escultura de armonía sensual. Gustavo se detuvo un momento a observarla, su mirada recorriendo la curva de su cintura y deteniéndose, con fruición, en sus nalgas. Eran firmes, redondas, más grandes y paraditas que las de Mila, un atributo que incluso en ese estado de abandono parecía desafiar la miseria del entorno. Era una belleza que él había mancillado y que seguía deseando mancillar, una posesión que lo llenaba de orgullo malsano. 


El sonido de la puerta la despertó. Polina abrió los ojos, esos ojos verdes que ahora solo reflejaban un cansancio infinito y un miedo aprendido. Al ver a Gustavo, se incorporó lentamente, cubriéndose el pecho con los brazos, un gesto ya inútil pero instintivo. Él entró y colocó el plato con las sobras y el cuenco con agua en el suelo, en el mismo lugar que antes. 


—Perrita —dijo, su voz grave y calmada—. Si querés comer, si querés esta comida que huele tan rico, tenés que hacer algo más por mí. 


Polina miró el plato. El aroma del guiso caliente, de la carne cocida, le hizo salivar de inmediato. Su estómago, vacío y resentido, rugió en silencio. Pero sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que ese "algo más" sería otra violación, otra humillación que profundizaría su quebranto. Sin embargo, antes de responder al ofrecimiento o al chantaje, una pregunta más urgente le brotó de los labios, secos y agrietados. 


—¿Cómo está mi hermana? —su voz era un susurro ronco—. ¿Está bien? ¿Le diste de comer? 


Gustavo sonrió. Era la pregunta que esperaba. El punto de presión perfecto. 


 —Tu hermanita está en su lugar, tranquila —dijo, adoptando un tono casi paternal—. Le tiré un poco de agua. Por ahora, no le pasa nada. —Hizo una pausa, dejando que la palabra "por ahora" flotara, pesada y amenazante, en el aire viciado—. Pero eso depende de vos, Polina. De que seas una perrita obediente. Si vos me hacés caso, si cumplís con lo que tu dueño te pide, a ella no le va a pasar nada. Te lo prometo. 


Polina lo miró, tratando de encontrar en sus ojos pequeños y hundidos algún rastro de verdad, de humanidad. Sabía, en el fondo de su razón, que no podía confiar en él. Que era un monstruo. Pero el instinto de proteger a Mila, el amor de hermana que era lo único puro que le quedaba en ese infierno, era más fuerte que la lógica. Deseaba, con una desesperación que le nublaba el juicio, creerle. Necesitaba creer que su sumisión podía comprar la seguridad de Mila. Era el único hilo del que podía aferrarse para no enloquecer. 


—¿Me lo prometés? —preguntó, su voz quebrada por la esperanza y el miedo. 


 —Te lo prometo, perrita —asintió Gustavo, con una solemnidad falsa—. Pero la obediencia tiene que ser completa. Ahora, ponete contra la pared. 


La orden era clara, brutal. Polina tragó saliva. Miró el plato de comida caliente, luego imaginó el rostro de Mila, asustada y sola. Un temblor recorrió su cuerpo. Con una lentitud que denotaba el tremendo conflicto interno, se puso de pie. Sus piernas flaqueaban. Caminó los dos pasos que la separaban de la pared fría de cemento y se colocó frente a ella, de espaldas a Gustavo. Su respiración se aceleró, los hombros tensos. 


Gustavo no perdió tiempo. Bajó su propio pantalón y boxer, y sin ningún preámbulo, sin caricia alguna, la penetró con una fuerza brusca y seca. Polina gritó, un sonido que era mitad dolor, mitad sorpresa. Sus manos se aplastaron contra la pared fría para no caer. 


—¡Qué apretada que sos, por dios! —gruñó Gustavo, maravillado, agarrando sus caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne firme de sus nalgas—. ¡Para tener veinte años y ser tan puta, qué tunelito de diosa! 


Sus embestidas eran rítmicas, brutales, sin consideración alguna. Polina intentaba contener los sonidos, pero gemidos involuntarios le escapaban con cada movimiento. —Ah… no… por favor… —murmuraba, pero las palabras se perdían entre jadeos. 


—Callate y recibí, perra —le ordenó él, agarrando ahora un puñado de su cabello rubio y tirando hacia atrás, arqueando aún más su espalda—. Esto es lo único que servís. Para esto naciste. 


La violencia del acto, la mezcla de dolor y la estimulación física incontrolable, comenzaron a hacer su efecto. A pesar del asco, a pesar del odio, el cuerpo de Polina, joven y privado de contacto durante mucho tiempo, empezó a reaccionar de una manera traicionera. Gustavo lo notó. Sus embestidas encontraron menos resistencia, una humedad creciente. 


—Mirá esto —escupió, con una risa burlona—. Te la están dando contra tu voluntad y te ponés más mojada que una cachorra en celo. ¿Eh? ¿Te gusta que te traten como la puta que sos? 


Polina no respondió. Apretó los ojos con fuerza, las lágrimas resbalando por sus mejillas. "No, por favor, cuerpo, no. No le des este gusto". Pero era inútil. Una oleada de calor, vergonzosa e intensa, comenzó a extenderse desde su vientre. Sus gemidos ya no eran solo de dolor; tenían un tono diferente, un quejido profundo que no podía controlar. 


—Sí, gemí, puta —la humillaba Gustavo, soltando su cabello para darle una nalgada fuerte, el sonido seco retumbando en la celda—. Gemí como la perra en calor que estás. ¡Decí que te gusta! 


Ella callaba, pero su cuerpo hablaba por ella. Gustavo, excitado hasta el paroxismo por la sumisión física y la reacción traicionera de ella, inclinó su cabeza y mordió su hombro, luego su cuello, marcándola mientras continuaba su ritmo implacable. Polina sentía que algo se estaba construyendo dentro de ella, una presión que no había sentido nunca con tanta intensidad, ni siquiera en sus experiencias pasadas, siempre teñidas de cierto afecto. Era crudo, animal, vergonzoso, y sin embargo, imparable. Con un grito ahogado que se le escapó como un sollozo, su cuerpo se estremeció en un orgasmo violento, involuntario, que la hizo temblar de pies a cabeza y casi la derrumbó contra la pared. 


La sensación fue abrumadora. Un estallido de placer físico tan intenso que, por un segundo, borró todo: el miedo, el asco, la humillación. Pero cuando la onda pasó, la culpa la inundó con una fuerza diez veces mayor. "¿Qué hice? ¡Disfruté! ¡Soy una mierda, una verdadera puta como él dice!". Era como si hubiera perdido la batalla más íntima, la de su propio cuerpo. 


Gustavo, sintiendo sus contracciones internas, rugió de placer y la sujetó con más fuerza, acelerando su ritmo hasta que, con un gruñido gutural, eyaculó dentro de ella. 


—Naciste para esto, perrita —jadeó, sus palabras un aliento caliente y pegajoso en su nuca—. Para que te llenen y te usen. 


Se separó de ella con un movimiento brusco. Polina se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, jadeando, sintiendo los fluidos de él escurriéndole por los muslos, mezclados con los suyos. La vergüenza y la culpa eran un nudo en la garganta. 


Gustavo se acomodó la ropa, mirándola con ojos de dueño satisfecho. 


—Ahora, comé —ordenó, señalando el plato con el dedo—. Como te comiste mi verga. Con hambre y en silencio. 


Polina lo miró, sus ojos verdes anegados en lágrimas de dolor, de placer forzado, de una derrota total. No dijo nada. Con un esfuerzo sobrehumano, se puso en cuatro patas otra vez. El movimiento le recordó dolorosamente la posición en la que acababa de estar. Gateó los escasos centímetros hasta el plato. El aroma del guiso ahora le parecía lejano, insípido, comparado con el torbellino de sensaciones y emociones que acababa de experimentar. Hundió el rostro en la comida. Comió. Tragó los trozos de carne y papa sin masticar casi, lavándolos con tragos de agua del cuenco de perro. Lo hacía mecánicamente, su mente en blanco, tratando de no pensar, de no sentir. 


Gustavo se quedó parado en la puerta, observándola. La vio comer, la vio temblar, la vio evitar su mirada. Una sonrisa de profunda y siniestra satisfacción se dibujó en su rostro. "24 horas", pensó. "En apenas 24 horas, la belleza altiva, la hermana protectora, está ahí, comiendo sobras del piso después de que me la coja contra la pared y encima se venga". El proceso de quebrantamiento avanzaba a un ritmo que hasta a él lo sorprendía. Y lo más hermoso era que todo indicaba que, para salvar a su hermana, Polina estaba dispuesta a dejarse quebrar por completo. Era un poder absoluto, delirante. Y recién comenzaba. 

 


Continuara... 

Comentarios