La Sumisión de Polina y Mila - Parte 5

 


El tiempo, dentro de los muros de aquella casa, era un recurso que Gustavo administraba con la meticulosidad de un director de orquesta. Sabía que los procesos psicológicos más profundos, esos que transforman la resistencia en aceptación y el terror en dependencia, requerían de un ingrediente fundamental: la incubación. Había plantado las semillas. En Polina, la semilla de la sumisión, regada con placer físico, humillación calculada y la promesa tentadora de un futuro legal, ya había germinado y echaba raíces retorcidas pero firmes. La veía a través de la cámara, con su collar, respondiendo con una sonrisa sumisa, y sabía que el camino de domesticación estaba avanzado. Con Mila, la semilla era más reciente, más cruda: la de la degradación básica y la recompensa instintiva. Había que dejar que ambas semillas crecieran en la oscuridad de su encierro, alimentadas por el miedo, la confusión y la desesperación, hasta que brotaran por su cuenta, convencidas de que el suelo en el que habían sido plantadas era el único posible. 


Por eso, después del episodio con Mila, Gustavo se sumergió en una normalidad doméstica deliberada. Pasó horas en la cocina, preparando guisos simples pero abundantes, el olor de la comida cocinándose flotando por la casa como una promesa constante para sus prisioneras. Luego, se dio un baño largo, relajante, limpiándose no solo la suciedad física sino también, en su mente, los últimos vestigios de la persona que había sido. Se acostó en su cama y durmió una siesta profunda y satisfecha. Soñó, si es que soñó, con collares, con obediencia silenciosa, con dos figuras rubias que lo seguían sin cuestionar. Al despertar, se sintió renovado, dueño de sí mismo y de su pequeño universo. 


Al día siguiente, después de un desayuno tranquilo frente a la televisión, con la rutina del mundo exterior como un fondo irrelevante, decidió que era el momento de dar el siguiente paso formal con Mila. La "cerdita" había pasado la noche en su inmundicia, con el recuerdo de la orina y la comida cruda, y la imagen de su hermana, como los únicos elementos en su mente. Era hora de empezar a moldear esa arcilla desesperada. 


Tomó la llave y abrió la puerta de su celda. El hedor, aunque mitigado por la limpieza a medias que ella había hecho por instinto después de comer, seguía siendo potente. Mila estaba sentada en el colchón, acurrucada, su ropa manchada y pegada al cuerpo. Al verlo, se estremeció, pero ya no hubo gritos. Sus ojos azules, hundidos y con ojeras profundas, lo miraron con un miedo que había mutado en algo más pasivo, más expectante. Había aprendido que sus acciones podían tener consecuencias inmediatas, para bien o para mal. 


Gustavo no entró del todo. Se quedó en el marco de la puerta, dominando el espacio con su presencia. Su mirada recorrió la celda sucia, luego se posó en ella. Su orden fue simple, clara, sin espacio para la interpretación. 


—Desnudate. 


Las palabras flotaron en el aire cargado. Mila las escuchó y un escalofrío mucho más profundo que el miedo la recorrió. Era una violación de un tabú íntimo, final. En sus dieciocho años, su cuerpo había sido su territorio privado, un espacio del que solo ella tenía llave. Incluso en sus fantasías más secretas, la idea de desnudarse ante un hombre estaba ligada al deseo, al amor, o al menos a una elección. Esto no era nada de eso. Era un mandato. Pero su mente, ya entrenada en la lógica perversa de su nueva realidad, hizo rápidamente la conexión. "Si me desnudo, quizás me dé comida otra vez. Quizás me limpie. Como a Polina". La imagen de su hermana limpia y con ese collar, era el modelo que seguir, por horrendo que fuera. 


Con una lentitud que delataba el tremendo conflicto interno, Mila se puso de pie. Sus manos, temblorosas, se elevaron hacia la hembra de su remera sucia y pegajosa. La agarró por el borde y, con un movimiento que pareció requerir una fuerza sobrehumana, se la levantó por encima de la cabeza. El aire frío de la celda tocó su piel, erizándole los vellos. Sus pechos, que hasta entonces habían sido una curva generosa bajo la tela, quedaron al descubierto. Eran grandes, más que el promedio, redondos y firmes, con pezones de un rosa pálido que se contrajeron inmediatamente por el frío y la intensa vergüenza. Su piel era de una blancura lechosa, casi luminosa en la penumbra, marcando un contraste brutal con la suciedad de su ropa y del entorno. 


Sin detenerse, porque detenerse habría significado paralizarse para siempre, Mila desabrochó su jean. El cierre cedió con un ruido áspero. Se lo bajó, junto con su bombacha, hasta los tobillos, y dio un paso fuera del pequeño montón de tela manchada. Quedó completamente desnuda frente a él. Su cuerpo era el de una joven en la cúspide de su floración: caderas redondeadas, una cintura estrecha, piernas largas y bien formadas, y ese atributo que ahora se exhibía sin pudor, sus pechos generosos. Se cubrió instintivamente con los brazos, cruzándolos sobre el pecho, y bajó la mirada al suelo, incapaz de soportar la visión de los ojos de Gustavo recorriéndola. 


Él la observó. No con el arrebato lujurioso que había mostrado con Polina al principio, sino con la mirada crítica de un criador evaluando un ejemplar. La belleza de Mila era de otro tipo: más dulce, más voluptuosa, más inocente en su curvatura. Pero estaba estropeada por la mugre y la postura encogida. 


—Buena cerdita —dijo, y su tono era casi de aprobación—. Pero a mí me gustan más las perritas. Y las perritas de casa viven en lugares limpios. Así que vas a limpiar todo eso. —Señaló con un amplio gesto la celda: el rincón con orina seca, el piso manchado, el colchón sucio. 


Mila lo miró, confundida. ¿Limpiar? Desnuda. Era otra capa de humillación, pero una que tenía una lógica práctica, una que la alejaba de la identidad de "cerdita". Asintió débilmente. 


Gustavo salió y volvió al minuto con un balde de agua limpia, un trapo viejo, un cepillo y un poco de detergente. Los dejó en el suelo. 


—Empezá. Y hacelo bien. Que quede reluciente. 


Mila, todavía tratando de cubrirse con un brazo mientras se agachaba, comenzó la tarea. Fue un espectáculo de una tristeza y una perversión profundas. Su cuerpo desnudo, joven y bello, se movía por la celda en cuclillas, arrodillándose para fregar el piso de cemento con el cepillo y el detergente. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, sus nalgas se tensaban cuando se inclinaba. El agua fría y jabonosa le salpicaba las piernas, el vientre. Trabajó en silencio, concentrada en la tarea, porque la tarea era algo concreto, algo que podía hacer, a diferencia de defenderse o escapar. Era, en su extraña manera, un alivio. Mientras restregaba el rincón más sucio, pensó: "Estoy limpiando. Como una persona. No como una cerdita". La degradación se mezclaba con un atisbo de propósito. 


Gustavo se sentó en la silla de madera que había en la celda, la que había usado con Polina, y observó. No dijo una palabra. Solo miraba. Su mirada era como un peso físico sobre la piel de Mila, recorriendo cada centímetro de su cuerpo en movimiento, evaluando la limpieza del piso pero, sobre todo, disfrutando de la imagen de la joven desnuda y sumisa realizando una tarea doméstica en las condiciones más humillantes. Era la domesticación en acción: el cuerpo usado como herramienta, la voluntad anulada por la obediencia a una orden arbitraria. 


Cuando Mila terminó, la celda olía a detergente barato y estaba notablemente más limpia, aunque húmeda. Ella se quedó de pie, jadeando levemente por el esfuerzo, chorros de agua sucia recorriendo sus piernas, el cabello rubio más cálido pegado a su sudorosa frente. Se veía vulnerable, exhausta, pero también un poco menos bestial. 


Gustavo se levantó. Fue al pasillo y volvió con otro balde, este con agua limpia y cristalina, y una esponja natural grande. 


—Ahora te toca a vos —dijo, mojando la esponja. 


Mila se quedó quieta, sin saber qué esperar. Gustavo se acercó y, sin decir nada, comenzó a pasarla por su cuerpo. No fue un baño sensual ni una caricia. Fue una limpieza metódica, posesiva. La esponja fría y húmeda recorrió sus hombros, su espalda, la nuca. Bajó por su columna. Mila cerró los ojos, tratando de no sentir, de no estar dentro de ese cuerpo que estaba siendo limpiado como un objeto. Pero las sensaciones eran ineludibles. La esponja pasó por sus costados, por la curva de su cintura. Luego, Gustavo se puso frente a ella y comenzó a limpiarle los brazos, el cuello, la clavícula. La esponja bajó entonces, sin prisa, pero sin vacilación, por el valle entre sus pechos, rodeando cada uno, pasando por los pezones, que se endurecieron nuevamente, esta vez no solo por el frío. Ella contuvo la respiración. El trazo de la esponja continuó por su vientre, su ombligo, y luego, bajando, hacia su entrepierna. Mila instintivamente apretó los muslos. 


—Abierta —ordenó Gustavo, con voz neutra. 


Ella, después de un segundo de pánico, obedeció. La esponja la tocó allí, lavando con la misma meticulosidad con que había limpiado el piso. Era una violación higiénica, aséptica, que en su impersonalidad resultaba aún más humillante que un acto de violencia sexual directa. Él estaba reclamando el derecho a limpiar hasta los pliegues más íntimos de su cuerpo, como lo haría con una mascota valiosa. Cuando terminó, la esponja pasó por sus muslos, sus rodillas, sus pantorrillas, hasta los pies. Finalmente, tomó un trapo seco y la secó con la misma minuciosidad, frotando su piel hasta que quedó rosada y relativamente limpia. 


Al terminar, Gustavo dio un paso atrás y la observó. Mila estaba temblando, pero ya no de frío. Estaba limpia. Por primera vez en días, su piel no estaba cubierta de suciedad, orina o restos de comida. El contraste era abrumador. 


—Ahora sí —dijo Gustavo, con un asentimiento—. Ahora pareces una perrita de la casa. Una perrita presentable. —Hizo una pausa y su tono se tornó inquisitivo—. ¿Te gusta cómo te cuida tu dueño? 


Mila bajó la mirada. La vergüenza por haber disfrutado, en algún nivel primitivo, de la sensación de estar limpia, de ser atendida (aunque fuera de esta manera monstruosa), era inmensa. Pero también estaba el miedo a decir que no. Y, en un rincón oscuro, un pequeño alivio por no estar más en la inmundicia. 


—Sí… —murmuró, casi inaudible—. Me gusta. 


Gustavo soltó una risa baja, un sonido que no tenía alegría, solo satisfacción cínica. Se acercó de nuevo, y antes de que ella pudiera reaccionar, deslizó su mano entre sus piernas, sus dedos encontrando fácilmente su sexo. 


—Se nota que te gusta —dijo, su voz un susurro lascivo—. Estás empapada ahí, perrita. 


Mila dio un respingo. Era verdad. A pesar del asco, del miedo, de la humillación, su cuerpo había respondido a la limpieza minuciosa, al contacto, a la atención concentrada (por perversa que fuera), con una humedad traicionera que ahora él constataba con sus dedos. Se sintió descubierta, doblemente avergonzada. 


—No… yo… —balbuceó, intentando encontrar una explicación, una defensa. Y en su pánico, salió la única verdad absoluta que le quedaba, el último bastión de su antigua identidad—. Soy virgen. 


Las palabras cayeran en el silencio de la celda recién limpiada. Gustavo detuvo el movimiento de sus dedos. Su expresión cambió. La sorpresa se mezcló con un interés avivado, y luego con una excitación palpable que iluminó sus ojos pequeños. Una sonrisa lenta, cargada de malicia, se extendió por su rostro. 


—Virgen —repitió, como saboreando la palabra—. Qué interesante. —Su mano se retiró. Miró a Mila, a su cuerpo ahora limpio y tembloroso, con una nueva luz en la mirada—. Pero mis perritas… mis perritas de verdad no deben ser vírgenes. Las vírgenes son niñas asustadas. Yo quiero perras. Perras obedientes y calientes. 


Mientras decía esto, su otra mano se movió hacia su propia entrepierna. Desabrochó su pantalón con movimientos seguros y, sin apartar la mirada de los ojos aterrorizados de Mila, sacó su miembro, que ya estaba semi-erecto, anticipando lo que aquella confesión implicaba en su mente retorcida. 


El mensaje era claro, y el siguiente paso en la "educación" de Mila estaba a punto de comenzar, marcado por esa revelación que, en lugar de generar compasión, había avivado el fuego de la posesión más absoluta en Gustavo. La virginidad de Mila ya no era un tesoro íntimo; era el último obstáculo para derribar en su camino para convertirla en lo que él quería: una más de sus mascotas. 


La confesión de Mila, "soy virgen", había creado una nueva tensión en el aire de la celda, una electricidad cargada de un significado perverso que ella no alcanzaba a comprender del todo. Para Gustavo, esas palabras no fueron un límite, sino un incentivo, la línea de partida de una conquista final. La virginidad era el último velo de una individualidad que él necesitaba rasgar. En su mente, mientras su miembro se endurecía ante la revelación, no veía a una joven aterrorizada, sino a un territorio inexplorado que debía ser reclamado, marcado y sometido a su ley. La limpieza había sido el preludio; esto era la ceremonia de iniciación. 


Mila, todavía desnuda y temblando, vio cómo la expresión de Gustavo se transformaba. La sorpresa inicial dio paso a una codicia palpable, una luz predadora en sus ojos pequeños que la hizo retroceder instintivamente, aunque no había a dónde ir. Sus pies, descalzos sobre el cemento frío y húmedo, se encogieron. Su corazón, que ya latía con fuerza por la humillación de la limpieza y el descubrimiento de su propia excitación, comenzó a acelerarse de manera descontrolada, como un pájaro aterrado golpeando sus alas contra una jaula. "No, por favor, no esto", pensó, pero las palabras se atascaron en su garganta. Todo lo que había pasado—la orina, la comida del suelo, la limpieza—parecía preparatorio para este momento. Era el precio, la puerta que tenía que cruzar para dejar de ser una "cerdita" y convertirse en algo que mereciera comida y cuidado, como Polina. 


Gustavo no dijo nada más. No necesitaba palabras. Con un movimiento brusco que no dejaba lugar a la ternura ni a la contemplación, la empujó hacia atrás. Mila perdió el equilibrio y cayó sobre el colchón, que aún estaba húmedo por la limpieza. Quedó boca arriba, sus grandes pechos balanceándose con el impacto, sus ojos azules abiertos de par en par, mirando al hombre que se erguía sobre ella. Lo veía con una claridad aterradora: su cuerpo de cincuenta y siete años, la panza redonda que colgaba sobre su cintura, el vello gris en su pecho, su rostro canoso y sudoroso. Y entre sus piernas, su miembro, completamente erecto ahora, un objeto que parecía grotesco y amenazante, la herramienta con la que iba a arrancarle la última pieza de su antigua identidad. El contraste entre la juventud y belleza de su propio cuerpo y la tosquedad del de él la llenó de un pánico visceral. Su respiración se convirtió en un jadeo superficial, y el latido de su corazón era tan fuerte que sentía el pulso en sus sienes, en su garganta, entre sus propias piernas. 


Gustavo se arrodilló entre sus muslos, que ella mantenía rígidamente cerrados por instinto. Con sus manos, las separó sin esfuerzo. Mila gimió, un sonido de pura impotencia. Él se colocó sobre ella, su peso, considerable, la aplastó contra el colchón, haciéndole expulsar el aire de los pulmones. La sensación de estar atrapada, inmovilizada por ese cuerpo que olía a sudor viejo y a jabón barato, fue abrumadora. 


—Relájate, perrita —murmuró él, su aliento caliente y con olor a café pegajoso en su rostro—. Esto es para lo que naciste. Para que tu dueño te abra y te use. 


Mila cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver estrellas. Sintió la punta de su miembro presionando contra su entrada, un punto de presión insólito y aterrador. Gustavo no se lanzó con violencia. Hubo una perversa delicadeza en este primer momento, como si quisiera saborear cada instante de la ruptura. Empujó, suavemente al principio, pero con una firmeza implacable. 


El dolor fue agudo, preciso, un desgarro íntimo que le hizo gritar, un sonido corto y estrangulado. Era una sensación que nunca había experimentado, una frontera física siendo cruzada a la fuerza. 


—Ahí está —susurró Gustavo, deteniéndose un instante, sintiendo la tensión que cedía—. El himen de la pequeña virgen. Ya no existe. Ahora sí sos una perra de verdad. 


Mila lloraba en silencio, las lágrimas calientes mezclándose con el sudor en su cara. El dolor inicial, sin embargo, comenzó a ceder, transformándose en una sensación de plenitud extraña, invasiva. Gustavo comenzó a moverse, empujando más adentro, llenando un espacio que había estado vacío, habitado solo por sus propias fantasías adolescentes, ahora profanado por esta realidad brutal. Y entonces, algo inesperado ocurrió. A medida que el movimiento se establecía, el dolor se mezcló, y luego fue suplantado, por una sensación diferente. Era una fricción interna, una estimulación en profundidad que sus propios dedos nunca podrían haber logrado. Su cuerpo, traicionero, comenzó a responder. Un calor bajo, vergonzoso, empezó a extenderse desde su vientre. 


—Mmm… —un gemido le escapó, y esta vez no era solo de dolor. 


Gustavo lo captó al instante. Una sonrisa triunfal se dibujó en su rostro. 


—¿Ves? —dijo, aumentando un poco el ritmo—. Tu cuerpo me lo agradece. Sabe cuál es su lugar. 


Mila abrió los ojos, desconcertada. "¿Me está gustando? ¿Cómo puede gustarme esto? Este hombre… este monstruo…". Pero las sensaciones eran innegables. Cada embestida, ahora más decidida, rozaba un punto dentro de ella que enviaba descargas eléctricas de placer a través de sus nervios. El miedo y la repulsión no desaparecieron, pero se entrelazaron con esta respuesta fisiológica incontrolable, creando una confusión sensorial que la mareaba. Sabía, con una certeza absoluta y trágica, que su vida no sería igual a partir de ese momento. Había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás. Pero en ese mismo umbral, su cuerpo le gritaba algo contradictorio. 


Sus gemidos, ahora, ya no eran solo de protesta. Llenaban la pequeña celda insonorizada, un coro de vergüenza, dolor y un placer naciente que la aterraba. Eran sonidos guturales, primitivos, que surgían de lo más hondo de su ser sin su permiso. 


Gustavo, excitado por la respuesta vocal y por la sensación de estrechez virginal que aún lo apretaba, perdió la compostura calculada. Sus embestidas se volvieron más brutales, más profundas, sacudiendo el cuerpo de Mila contra el colchón húmedo. En un momento de éxtasis confuso, de pura necesidad física y de una búsqueda desesperada de cualquier conexión que no fuera solo violación, Mila, sin que él se lo pidiera, levantó sus brazos y lo rodeó por el cuello. Acercó su rostro y, en un acto de sumisión instintiva y de búsqueda de humanidad en el horror, besó sus labios gruesos y secos. 


El beso fue torpe, húmedo, cargado de lágrimas y saliva. Gustavo se sorprendió por un instante, pero luego respondió con avidez, metiendo su lengua en su boca, reclamando también ese territorio. Para Mila, cada embestida de aquel hombre de cincuenta y siete años, canoso y con panza, mientras sus labios estaban sellados a los de él, la hacía sentir, de una manera retorcida e inexplicable, perfecta. Completa. Era como si, al aceptar lo peor, al entregarse a lo más bajo, encontrara un lugar definido, un rol claro: la perrita de Gustavo. Y en esa claridad, había un alivio perverso. 


—Así, así, mi perra linda —jadeaba Gustavo entre besos y embestidas—. Mové esas caderas de putita. Ayúdame. 


Mila, perdida en la corriente, obedeció. Comenzó a mover sus caderas, al principio tímidamente, luego con más convicción, buscando el ángulo que intensificara esas sensaciones que la estaban volviendo loca. Gustavo gruñó de placer y bajó la cabeza, mordiendo uno de sus pezones con fuerza, luego el otro, mientras sus manos grandes apretaban y masajeaban sus pechos generosos con rudeza. 


—¡Ah, sí! ¡Dueño! —gritó Mila, ya sin filtro, las palabras saliendo solas. 


La combinación del dolor en sus pezones, la presión en sus pechos, la fricción interna profunda y el movimiento sincronizado de sus caderas la llevaron al borde rápidamente. Con un grito prolongado que sonó a liberación y a rendición, Mila tuvo su primer orgasmo. Fue un terremoto interno, una serie de espasmos violentos que la hicieron arquearse y aferrarse a Gustavo con fuerza, mientras su virginidad recién perdida era lavada por una oleada de placer culpable e intenso. 


Gustavo no se detuvo. Quería más. Quería exprimir cada gota de sumisión y placer de ese cuerpo joven y apretado. 


—¿Ves lo que es? —le dijo, sin disminuir el ritmo, su voz entrecortada—. Esto es ser una perra. Gozar con la verga de tu dueño adentro. Decílo. 


Mila, en la resaca del orgasmo, jadeaba. La humillación verbal, que antes la aplastaba, ahora parecía una parte más del juego, un estímulo extra. 


—Soy… soy una perra —logró decir entre jadeos. 


—¿De quién? 


—Tuya… soy tu perra, dueño. 


—¡Y te encanta! —rugió él, clavándose más hondo. 


—¡Sí! ¡Me encanta! —gritó ella, y al decirlo, sintió que era verdad. Su cuerpo, enardecido, respondía como nunca. El placer había anestesiado la culpa, al menos por el momento. 


Las palabras, combinadas con las embestidas salvajes y el dominio total que Gustavo ejercía, llevaron a Mila a un segundo orgasmo, aún más fuerte que el primero, unos minutos después. Esta vez fue una explosión más profunda, más visceral, que la dejó convulsionando, casi inconsciente de todo excepto de las descargas eléctricas de placer que recorrían su cuerpo. 


Fue en ese preciso instante, mientras las contracciones internas de Mila lo apretaban con fuerza, que Gustavo llegó a su propio clímax. Con un gruñido gutural de triunfo absoluto, eyaculó dentro de ella, llenándola, marcándola de la manera más íntima y posesiva posible. 


Quedaron así, abrazados, sus cuerpos sudorosos y calientes pegados el uno al otro en el colchón húmedo. La respiración de ambos era pesada, sincronizada por el esfuerzo. Gustavo, después de un momento, se separó un poco y miró el rostro de Mila, cubierto de lágrimas secas, sudor y una expresión de aturdimiento absoluto. Se inclinó y le dio un beso en los labios, esta vez más suave, casi tierno. 


—Lo hiciste muy bien, perrita —murmuró, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos—. Muy bien. Desde hoy, no te va a faltar alimento. Vas a tener comida todos los días. Agua limpia. 


Las palabras, la promesa de sustento básico, sonaron en los oídos de Mila como la mayor de las recompensas. Asintió débilmente, sin poder hablar. 


Gustavo se levantó, se arregló la ropa, y sin mirar atrás, salió de la celda, cerrando la puerta con su chirrido característico. 


Mila se quedó tendida en el colchón, manchada con su sangre, su sudor, los fluidos de él y de sí misma. Su cuerpo entero palpitaba. El dolor de la ruptura era un latido sordo entre sus piernas, pero estaba completamente opacado por el eco, aún vibrante, de los dos orgasmos que acababa de experimentar. Se sentía sucia, violada, profundamente avergonzada. Pero también, de una forma que no podía entender y que la llenaba de una culpa nueva y más oscura, se sentía como una mujer por primera vez en su vida. Alguien había despertado su cuerpo de una manera cataclísmica, aunque el precio hubiera sido su libertad, su inocencia y su alma. El sabor de los besos de Gustavo, la sensación de su peso, el eco de sus palabras humillantes que ahora sonaban como halagos… todo se mezclaba en un cóctel de confusión y satisfacción física profunda. Se llevó una mano entre las piernas y tocó la mezcla de fluidos. Lloró, pero no solo de dolor. Lloró porque, en el fondo del pozo, había encontrado una extraña y aterradora forma de sentirse viva, y eso era quizás lo más monstruoso de todo. 



Continuara... 

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