Los días después del encuentro transcurrieron como una resaca que no termina de irse. Camila se levantó el miércoles con los músculos adoloridos, una marca violácea en la cadera que no recordaba haberse hecho, y la imagen de Ricardo subiéndose el cierre del pantalón grabada en la retina.
"Un mes", se dijo frente al espejo del baño. "Un mes saldado."
Pero la cuenta seguía ahí, abajo del colchón, esperando.
Salió a buscar trabajo con la misma remera blanca de siempre, la pollera negra que usaba para las entrevistas, los mismos zapatos gastados del taco izquierdo. Recorrió once locales en el centro de Floresta. En ninguno la tomaron.
—Dejame tu número —le dijeron en dos lugares, y ella supo que eso significaba "no".
Volvió caminando por la avenida Gaona, el sol de octubre quemándole la nuca, el ruido de los bondis tapándole los pensamientos. Pero los pensamientos estaban ahí, abajo del ruido, reptando.
"¿Y si le pedís un adelanto?", se preguntó. "¿Y si le pedís otro mes así nomás, sin la deuda?"
Se detuvo en la esquina de Nogoyá, apoyada en el semáforo. La mano le tembló un segundo. No por el cansancio. Por el calor que le subió al pensar en la voz de Ricardo diciendo "buena nena".
"Estás enferma", se repitió. Y apretó las llaves en el bolsillo hasta que le marcaron la palma
El jueves se quedó en el departamento. No tenía ganas de salir. No tenía plata para el subte. Se bañó dos veces, nomás para sentir el agua caliente en la piel. La primera vez se enjabonó rápido, sin mirarse. La segunda, la esponja se detuvo sola entre los muslos.
—No —dijo en voz alta. El eco rebotó en los azulejos.
Pero la mano no obedeció.
Camila cerró los ojos y apoyó la espalda en la pared fría de la ducha. Recordó las manos de Ricardo. Los dedos gruesos, las uñas limpias pero mal cortadas, la forma en que la había agarrado de las caderas sin preguntar. "Así, nena." El gemido se le escapó antes de que pudiera tragarlo.
Se vino en tres minutos. Apoyada en el azulejo, el agua cayéndole en la cara como una lluvia de verano. Abrió los ojos y se vio en el espejo empañado: la cara colorada, el pecho subiendo y bajando, la boca entreabierta.
"Asquerosa", pensó. Pero ya se estaba tocando de nuevo.
El viernes no buscó trabajo. Se quedó en camisón hasta el mediodía, mirando el techo, escuchando los ruidos del edificio. El ascensor subiendo y bajando. Los pasos de la vecina del sexto. Una discusión en el cuarto piso, puertas que se cerraban de golpe.
El edificio respiraba. Y ella empezaba a reconocer sus ritmos.
Se levantó y abrió el placard. Sacó la ropa que tenía guardada, la que no usaba nunca. La pollera que le quedaba corta desde los diecinueve. El corpiño negro con encaje que alguna vez había usado para una cita. Se probó todo frente al espejo de cuerpo entero que colgaba detrás de la puerta.
"¿Para qué te vestís así?", preguntó el reflejo.
"Por si sale algo", mintió Camila.
Pero no había nada que saliera. Solo el martes. Solo él.
El sábado se encontró mirando el celular a cada rato. No había mensajes. No había llamado. La oferta seguía abierta, él lo había dicho. El martes. Sin falta.
"Ojalá se olvide", pensó. Y al segundo siguiente: "Ojalá no se olvide".
Se obligó a salir. Caminó hasta la plaza, se sentó en un banco, miró a los pibes jugando a la pelota. Un chico de su edad, morocho, lindo, se le acercó a pedirle fuego. No tenía. Pero charlaron cinco minutos. El chico se rió de algo que ella dijo. Camila sintió una punzada de algo parecido a la normalidad.
"Podría salir con él", pensó. "Podría ser una chica normal."
El chico se fue. Camila se quedó mirando sus zapatillas gastadas y supo que no. Que ya no podía ser normal. Que desde que Ricardo había apoyado la mano en el marco de su puerta, algo en el aire del departamento había cambiado. Y ella había respirado ese aire. Y le había gustado.
El domingo se masturbó tres veces. La primera en la cama, recién despierta, sin levantarse. La segunda en la ducha. La tercera en el sillón, mirando por la ventana la medianera del edificio de enfrente, pensando en cómo sería que la vieran. Que alguien la mirara mientras gemía.
"Estás perdiendo la cabeza", se dijo cuando terminó.
Pero no paró.
Se puso la musculosa más corta que tenía. Los shorts de correr que apenas le cubrían las nalgas. Caminó por el departamento así, sintiendo el aire en la piel, el roce de la tela en los pezones. Se miró al espejo de cuerpo entero y no se odió. Se gustó.
"El martes", pensó. Y el pensamiento ya no le dio asco. Le dio cosquillas en el bajo vientre.
El lunes no durmió. Dio vueltas en la cama, las sábanas enredadas en los pies, el ventilador de techo girando lento. Pensó en decirle que no. Pensó en pedirle más tiempo. Pensó en la cara de Ricardo cuando ella abriera la puerta. En si esta vez él la miraría distinto. En si habría cambiado algo.
Las dos de la madrugada. El edificio crujió. Un gemido de cañerías viejas, como si el lugar supiera lo que estaba por pasar.
Se levantó y eligió la ropa para el día siguiente. No la más cómoda. La más provocadora. Pollera negra, corta. Blusa blanca, dos botones menos de lo necesario. El corpiño de encaje que le marcaba los pezones. Zapatos de taco bajo, porque los altos no tenía.
Se probó todo. Se gustó. Y se asustó de gustarse.
El martes llegó con olor a humedad y cielo gris.
Camila se vistió despacio. Cada prenda fue una decisión, un límite que cruzaba en silencio. La pollera. La blusa. El corpiño. Un poco de rímel, apenas. Lápiz labial color vino, el que usaba para las salidas importantes.
"Es solo para sentirme segura", se dijo. Pero sabía que no era verdad.
Las siete de la tarde. El timbre.
Camila abrió la puerta con el corazón en la garganta. No estaba Ricardo solo.
Detrás de él, dos hombres. Uno de unos cuarenta, flaco, con cara de pocos amigos y un tatuaje que le asomaba por el cuello de la camisa. El otro, más grande. Sesenta. Canoso, lentes de lectura colgando del cuello, panza de cerveza. Pero los ojos vivos. Los ojos que la recorrieron como si ya la hubieran probado.
—Señorita Ferreyra —dijo Ricardo, con la misma voz tranquila de siempre—. Le presento a Gastón y a Darío. Van a ayudarnos con el segundo mes.
Camila sintió que el piso se abría. Agarró el marco de la puerta. La boca se le secó en un segundo.
—No dijiste que iban a ser —empezó, pero Ricardo levantó una mano. No era un gesto brusco. Era una mano abierta, en el aire, como quien frena un auto. Y ella se calló.
—Entramos? —preguntó el más flaco, Gastón, y su voz tenía un dejo de aburrimiento. Como si esto fuera una gestión más.
Camila miró a Ricardo. Buscó en sus ojos alguna señal de que podía negarse. Alguna salida.
Ricardo sonrió. Esa sonrisa lenta, sin apuro. Y negó con la cabeza, apenas, apenas.
—No cerramos la puerta —dijo él, bajando la voz—. Si no querés, no pasa nada. Pero la oferta es esta.
El silencio duró diez segundos. Camila sintió la mirada de los tres hombres en su blusa desabrochada. En sus tetas marcando la tela. En sus piernas desnudas bajo la pollera corta.
"Echarlos", pensó. "Deciles que no. Cerrá la puerta. Andate. Corré."
Y después, más abajo, más hondo: "Quedate. Dejalos entrar. Querés que se queden."
Dio un paso al costado.
Los tres hombres entraron. Ricardo cerró la puerta. Las dos vueltas de llave.
La cocina nunca había estado tan llena. Camila se apoyó en la mesada, los brazos cruzados sobre el pecho, las manos frías. Gastón y Darío se sentaron en el sillón como si estuvieran en su casa. Ricardo se quedó parado, mirándola, esperando.
—Las reglas —dijo Ricardo, como si estuviera leyendo un contrato—. Nada que deje marcas permanentes. Nada que ella no pueda bancar. Si dice basta, basta. Pero —y levantó un dedo— tiene que decirlo claro. No insinuaciones. No "no sé". ¿Claro?
Camila asintió. La garganta seca.
—Empezamos —dijo Darío, el más grande, y se levantó del sillón.
Camila pensó que iba a ser Ricardo el primero. Pero no. Ricardo se quedó atrás, apoyado en el marco de la ventana, mirando. Como un director de orquesta.
Darío se acercó despacio. Diez centímetros más alto que ella. Las manos grandes, suaves. La agarró de la barbilla y le levantó la cara.
—Sos linda —dijo. Como quien da una noticia.
La besó. Camila sintió la barba canosa raspándole la boca, la lengua entrando sin permiso. Cerró los ojos. Las manos de Darío le bajaron la cremallera de la pollera. La tela cayó al piso. Después la blusa. Después el corpiño.
—Bien —dijo Darío, y su voz ronca vibraba cerca de su oreja—. Muy bien.
Él fue suave. Sorprendentemente suave. La llevó hasta el sillón, la recostó, le abrió las piernas con las rodillas. La penetró sin apuro, acomodándose adentro de ella como si tuviera todo el tiempo del mundo. Camila gimió, más por el alivio de que no doliera que por el placer. Pero el placer llegó despacio, subiendo como la temperatura de un termo. Los movimientos de Darío eran largos, húmedos, y él la miraba todo el tiempo. Con los ojos abiertos. Como si la estuviera leyendo.
—Así —susurró él—. Así, linda.
Y ella se vino. Sorprendida, con un ruido corto que apenas pudo disimular con la mano en la boca. Darío sonrió. Apretó un segundo más y se corrió adentro, sin dejar de mirarla.
Después se levantó. Se apartó.
Ricardo ya estaba desabrochándose el pantalón.
—Tu turno —le dijo a Camila. Y señaló el piso, frente a él.
Ella se arrodilló sin que él tuviera que repetirlo.
La mano de Ricardo le agarró la nuca, la empujó hacia su miembro ya duro. Camila abrió la boca y él entró hasta el fondo. Sintió las manos de él en su cabeza, guiándola, marcando el ritmo. Arriba y abajo. Arriba y abajo.
—Usá la lengua —dijo Ricardo. Y ella la usó.
El sabor no era bueno. Ácido, salado, a hombre. Pero algo en esa sumisión, en el hecho de estar ahí, de rodillas, desnuda, con los otros dos mirando, la hizo humedecerse de nuevo. Ricardo no tardó mucho. La levantó antes de venirse, la sentó en el sillón y la puso en cuatro. La nalgas para arriba, la cara contra el apoyacabezas.
—Quedate quieta.
Entró por atrás. El ruido del sillón rechinar, los gemidos de Camila tapados por la boca de ella misma. Ricardo la agarró de las caderas y la movió como si fuera una cosa. Sin suavidad. Sin prisa. Con la misma seguridad de siempre.
—Ahora —dijo él, apretando—. Ahora, nena.
Y ella se vino de nuevo. Un orgasmo más seco que el anterior, más contraído, como si el cuerpo la estuviera exprimiendo hasta el fondo. Ricardo se salió justo antes de terminar y se vino en la espalda de ella, caliente, pegajoso. Luego se apartó.
—Darío —dijo Ricardo, limpiándose las manos en el pantalón—. Terminá vos.
Camila pensó que iba a ser igual. Pero Darío —el de sesenta, el que ya había tenido su turno— la agarró distinto. La levantó del sillón como si pesara diez kilos, la tiró en la cama sin preámbulos, y cuando entró, la fuerza de sus embestidas hizo crujir el somier.
No fue suave. No fue lento. Fue animal.
Camila gritó. No de dolor. De sorpresa. Sus caderas chocaban contra las de él, y él gemía con cada golpe, los dientes apretados, los ojos cerrados. Las manos de él en los brazos de ella, inmovilizándola contra la almohada. La respiración de él en su cuello, caliente, desesperada.
—Tomá —gruñó él—. Tomá, tomá, tomá.
Camila sintió que el orgasmo le crecía desde los huesos. No uno suave. Uno que la retorció entera, que la dejó sin aire, la boca abierta en un grito mudo. Darío la siguió embistiendo, y ella se vino otra vez. Y otra. Tres orgasmos seguidos, uno detrás del otro, como olas que no la dejaban tocar el fondo.
Después él se vino. Con un aullido ronco, clavado hasta la garganta de ella. Y quedó encima, pesado, respirando como un animal cansado.
Camila pensó que había terminado.
—Todavía no —dijo la voz de Gastón, el flaco, el que había estado mirando en silencio todo el tiempo.
Camila abrió los ojos. Gastón estaba desnudo. Más joven que los otros, más duro. Y en su mirada había algo distinto. No deseo. Hambre.
—Ponete de costado —dijo.
Camila obedeció. No sabía por qué. Pero lo hizo.
Gastón se acostó atrás de ella, y ella sintió la punta de su miembro en la entrada de atrás. Dio un respingo.
—No —dijo. La voz le tembló—. Ahí no.
Gastón la miró. Esperó. Ricardo, desde el sillón, también esperaba. Darío se secaba el sudor con su remera, sin apurarse.
—Una vez —dijo Gastón—. Si te duele, paramos.
Camila quiso decir que no. Quiso levantarse. Quiso correr al baño y cerrarse con llave.
Pero la otra parte de ella, esa que había elegido la blusa con dos botones de menos, esa que se había masturbado pensando en las manos de Ricardo, esa que estaba húmeda otra vez antes de que él terminara de hablar, esa parte dijo:
—Dale despacio.
Gastón entró de a poco. Camila apretó los dientes. Ardía. Pero no era un ardor malo. Era un ardor que se transformaba, lentamente, en algo más parecido a la presión. A la plenitud. Cuando él estuvo adentro del todo, los dos respiraron hondo.
—Bien —dijo Gastón—. ¿Seguimos?
—Seguí.
Él empezó a moverse. Camila sintió que el aire se iba de su pecho. No podía pensar. Solo sentir. El vaivén de Gastón atrás, y de repente Ricardo apareció adelante, su miembro semiduro acercándose a su boca.
—Abrí —dijo.
Y ella abrió.
Así estuvieron un rato que Camila no pudo medir. Minutos. Horas. No sabía. Ricardo entraba y salía de su boca. Gastón empujaba desde atrás, cada vez más rápido. El sillón crujía. La cama crujía. El edificio entero crujía.
Después Darío se paró al costado y Camila sintió su mano en su sexo, frotando, abriendo, y él también entró. Adelante. Los tres adentro. Por todos lados. Llena.
—Dios —gimió ella. No sabía si rezaba o blasfemaba.
Los cuerpos sudorosos se movían juntos. Los jadeos se mezclaban. Camila perdió la cuenta de los orgasmos. Uno la agarraba cuando el otro todavía la estaba moviendo. Las olas no paraban. Su cuerpo era solo una cosa que sentía, un instrumento que los tres tocaban a la vez.
Se vino cuatro veces. Cinco. No supo. Solo supo que cuando los hombres, uno por uno, se cansaron y se salieron, ella quedó en la cama deshecha. Las sábanas rotas de tanto apretar. La almohada en el piso. Las piernas abiertas, temblando.
Los hombres se vistieron en silencio. Gastón fue el último. Antes de salir, se inclinó y le besó la frente.
—Nos vemos, linda —dijo.
Ricardo cerró la puerta. Las dos vueltas de llave.
Camila quedó sola en su cama. El sudor secándose en la piel. El sabor de tres hombres distintos en la boca. Los músculos adoloridos. El sexo inflamado. La marca de dientes en un pezón.
Escuchó los pasos de los tres por el pasillo. El ascensor abriéndose. La puerta metálica cerrándose.
Y entonces, en el silencio, el edificio suspiró. Una larga exhalación de cañerías viejas, de madera que se contrae, de paredes que guardan secretos.
Camila se quedó mirando el techo. Ya no podía mirar la cama sin ver los cuerpos. No podía mirar el sillón sin sentir las manos. No podía mirar la ventana sin recordar a Ricardo apoyado en el marco.
"Nunca va a volver a ser mi casa", pensó.
Y esa noche, por primera vez, no supo si eso era una tragedia o una liberación.
Continuara...

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