La luz del sol entraba por la ventana de la habitación de Bárbara cuando Rodrigo abrió los ojos. No necesitó café. No necesitó cinco minutos más. Se despertó renovado, con una sonrisa en la cara que no se borraba ni a propósito.
A su lado, Bárbara dormía boca abajo, el camisón negro subido hasta la cintura, las nalgas redondas al descubierto. El cabello rubio desparramado sobre la almohada. Rodrigo la miró un segundo. Le apretó una nalga con cariño. Bárbara gimió en sueños y se acomodó.
Él se levantó. Fue al baño. Se duchó despacio. El agua caliente le cayó por el cuerpo y pensó en todas ellas. En cómo habían cambiado las cosas. En cómo las mujeres que antes lo despreciaban —que lo miraban como al perdedor de la familia, como al gordito inútil, como al que nunca iba a ser nada— ahora estaban en la palma de su mano.
—"Sábado" —pensó mientras se secaba—. "Nadie trabaja. Nadie estudia. Todas están acá".
Sonrió contra la toalla. Se puso unos jogging negros y una remera gris. Bajó las escaleras descalzo.
El comedor estaba vacío. Pero el aroma del café recién hecho flotaba en el aire. Ayana estaba en la cocina, de espaldas a él, con un shortcito rosa que dejaba ver el inicio de sus nalgas y una remera blanca anudada en la cintura. El moño alto prolijo. La cadena de oro brillándole en el cuello. La patita de perro colgando sobre su columna.
Rodrigo se acercó sin hacer ruido. Ayana sintió su presencia antes de que él la tocara. Se giró. Sus ojos grandes y cafés lo miraron y ya no había en ellos ni rastro de la burla de antes. Solo sumisión. Solo devoción.
—Buen día —dijo ella, en un hilo de voz.
—Buen día —respondió Rodrigo.
Sin más palabras, se bajó los jogging. Sacó el miembro. Ya duro. Ya caliente.
—Hora de tomar la lechita —dijo.
Ayana se arrodilló en el piso de madera sin dudar. Las rodillas desnudas contra el frío. El shortcito rosa se le subió. Las manos le temblaban de anticipación.
Rodrigo le acarició la cabeza. Ella agarró el miembro con las dos manos, como si fuera un objeto sagrado. Lo miró un segundo. Después, sacó la lengua.
La punta del glande primero. Pequeñas lamidas, como de gata, recorriendo la cabeza de un lado al otro. Ayana gimió contra la piel. Le encantaba el sabor de él. El olor. La forma en que se ponía más duro con cada lamida.
Después, besos. Besitos pequeños y juguetones por todo el miembro. Desde la base hasta la punta. Desde la punta hasta los testículos. Los labios de ella estampando suavidad donde después iba a haber brutalidad.
—Chupá —ordenó Rodrigo.
Ayana se lo tragó. No toda. Solo la cabeza. La succionó con fuerza, las mejillas hundidas, los ojos mirándolo hacia arriba. Rodrigo la agarró de los pelos. El moño se aflojó. El cabello oscuro cayó sobre sus hombros.
—Más —dijo él.
Ayana se tragó más. La mitad. Se ahogó un poco. Las lágrimas le brotaron de los ojos. Pero no se detuvo. Le encantaba ahogarse con él. Le encantaba sentir que él la usaba.
Rodrigo empujó. Una vez. Dos. Acompañó el ritmo de su boca. Ayana relajó la garganta. Se lo tragó entero. Los testículos de él le golpeaban la barbilla.
—Buena perra —dijo Rodrigo.
Ayana gimió alrededor del miembro. La vibración recorrió el cuerpo de él como un latigazo.
Cala bajó las escaleras sin hacer ruido.
Había escuchado los ruidos desde su habitación. Los gemidos ahogados. El ritmo de la cabeza de Ayana golpeando contra el suelo de madera. Sabía lo que estaba pasando. Y en lugar de sentir asco, sintió una humedad caliente crecerle entre las piernas.
Llegó al comedor. Vio a Ayana de rodillas. Vio el miembro de Rodrigo entrando y saliendo de su boca. Vio la cadena de oro bailando.
Agachó la cabeza. Iba a darse la vuelta. Iba a subir las escaleras y fingir que no había visto nada.
—Cala —dijo Rodrigo.
Ella se quedó quieta.
—Ven.
Cala caminó hacia él. Sus piernas se movían solas, como si alguien más manejara su cuerpo. Se arrodilló al lado de Ayana. La madera fría bajo sus rodillas desnudas —había bajado en camisón, sin nada abajo.
—Ayana —dijo Rodrigo—. Enseñale.
Ayana separó la boca del miembro de él. Le pasó la mano por la mejilla a su hermana. Una caricia casi tierna.
—Abrí —dijo Ayana.
Cala abrió la boca. Ayana la guió hacia el miembro. La cabeza primero. Cala sintió el sabor salado, caliente, vivo. Sus ojos verdes se encontraron con los cafés de Rodrigo. Él la miraba desde arriba, dominante, seguro.
Ayana se inclinó y le chupó un testículo mientras Cala tenía la cabeza en la boca. Cala gimió alrededor del miembro. El sonido vibró en la carne de él.
Después intercambiaron. Ayana se tragó el miembro entero —ya lo hacía sin esfuerzo— mientras Cala lamía los testículos. La lengua de ella tímida al principio, después más segura. Rodrigo sintió las dos bocas alternándose, compartiéndolo, compitiendo en silencio por quién lo hacía mejor.
—Miren —dijo Rodrigo.
Las dos hermanas levantaron la vista. Los ojos cafés y los verdes, las dos caras hermosas, las dos bocas ocupadas. Él las miró y sintió que el poder le latía en las venas como una droga.
No vieron a Bárbara entrar.
Ella apareció en el marco de la puerta de la cocina, con su bata de seda blanca atada a la cintura, el cabello rubio suelto, los pies descalzos. Miró la escena: sus dos hijas de rodillas, la boca de una lamiendo los testículos de su hijo, la boca de la otra tragándose su miembro entero.
Cala la vio primero. Sus ojos verdes se abrieron. Iba a separarse. Iba a pedir disculpas. Iba a morirse de vergüenza.
Pero Bárbara caminó hacia Rodrigo. Lo besó en la boca. Un beso profundo, de lengua, de amantes. Cuando se separó, le sonrió.
—Buen día, amor —dijo.
—Buen día, ma —respondió Rodrigo.
Bárbara se arrodilló al lado de sus hijas. Las tres mujeres ahora de rodillas frente a él. La madre y las dos hermanas. Las tres compartiendo lo mismo.
Bárbara tomó el miembro de Rodrigo cuando Ayana lo soltó. Lo chupó despacio, con la experiencia de quien lo había hecho cien veces. Cala la miró y algo en su interior se tranquilizó. "Si mamá lo hace", pensó, "entonces está bien".
Las tres se turnaron. Una chupaba los testículos mientras otra se tragaba el miembro. Después cambiaban. Después volvían a cambiar. Un ritual sin palabras. Una coreografía aprendida en pocos días.
Rodrigo sintió que llegaba. Agarró a Ayana de los pelos. La hundió. Terminó en su garganta. Ayana tragó todo. Después él se corrió sobre los pechos de Bárbara —la leche blanca cayendo sobre la piel blanca, el contraste perfecto. Después lo que quedaba, en la boca de Cala.
Las tres mujeres quedaron marcadas. Ayana con la garganta llena. Bárbara con los pechos pintados. Cala con el sabor de él en la lengua.
Rodrigo se subió los jogging. Se sentó en la cabecera de la mesa.
—Desayunen —dijo.
Las tres se levantaron. Fueron a la cocina. Cala preparó café. Ayana cortó frutas. Bárbara puso la mesa.
Desayunaron los cuatro como si nada hubiera pasado. Como si fuera una mañana de sábado normal. Cala le pasaba la mermelada a Rodrigo. Ayana le servía el café. Bárbara le sonreía desde el otro lado de la mesa.
Una familia normal.
Davinia bajó una hora después.
Se sentó en la mesa con ellos, con sus leggings de entrenamiento y una remera holgada. El cabello castaño claro mojado, recién lavado. La cara limpia, sin maquillaje. Se sirvió un jugo de naranja. Miró a todos. Respiró hondo.
—Estoy de novia —dijo.
El silencio cayó en el comedor como un balde de agua fría. Bárbara dejó la taza en el aire. Ayana abrió la boca. Cala arqueó una ceja.
El único que sonrió fue Rodrigo.
—¿Con quién? —preguntó Bárbara, aunque ya sabía la respuesta.
—Con Jael —dijo Davinia, y el nombre le sonó dulce en la boca—. El amigo de Rodrigo.
Bárbara miró a Rodrigo. Él asintió apenas. Bárbara bajó la mirada. "Otra", pensó.
—¿Sos feliz? —preguntó Cala, con una voz que sonaba extrañamente sincera.
—Sí —dijo Davinia, y sonrió—. Muy feliz.
Rodrigo levantó su taza de café.
—Por Davinia y Jael —dijo—. Que sean muy felices.
Todos levantaron sus tazas. Incluso Bárbara. Incluso Ayana. Incluso Cala.
Davinia se fue esa misma tarde. Jael la esperaba afuera en un auto usado, con una flor en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Davinia subió al auto sin mirar atrás. Rodrigo la vio alejarse desde la ventana del comedor.
—"Otra que cumple su destino" —pensó.
Y cerró la cortina.
Epílogo
Pasaron los años.
La agencia matrimonial de Rodrigo se volvió la más grande del país. Mujeres hermosas entraban por una puerta y salían enamoradas de hombres que jamás habrían mirado. La fórmula era simple: Rodrigo las miraba a los ojos, daba la orden, y ellas se iban felices a criar hijos con hombres que antes eran perdedores.
La natalidad del país aumentó. Los periodistas no entendían por qué. Hicieron reportajes, estudios, estadísticas. Nunca encontraron la respuesta.
Rodrigo se hizo más rico. No solo por la agencia. También por las estancias que Cala le regaló —una, dos, tres— cuando se casó con Alexander. Él no las pidió. Cala se las dio igual. Porque Cala hacía todo lo que Rodrigo quería sin que él tuviera que ordenarlo.
—
Ayana fue entregada a David, como Rodrigo había prometido.
Llegó a la casa de él con una valija y la cadena de oro en el cuello. David la recibió en la puerta, con sus tres mujeres desnudas detrás de él. Eiko, Fátima y Galina la miraron sin celos. Sabían que en esa casa había lugar para todas.
Ayana se convirtió en la cuarta. No la preferida —David no tenía preferidas— pero sí la más sumisa. La que se arrodillaba sin que le pidieran. La que lamía las suelas de sus zapatos mientras las otras se reían.
Estudiaba a distancia, mantenía su promedio perfecto. La orden de Rodrigo seguía vigente. Pero en su tiempo libre, estaba en cuatro patas. Y era feliz.
—
Davinia se casó con Jael en una ceremonia íntima.
Él lloró cuando la vio entrar por el pasillo con el vestido blanco. Ella también. Se juraron amor eterno y muchos hijos. Tuvieron cinco. Jael dejó el anime y los videojuegos. Se puso a trabajar. Se volvió un hombre de familia.
Las hijas de Jael —cuatro mujeres y un varón— crecieron mirando a Davinia como el centro de su mundo. La más grande, Julia, se parecía mucho a su tío Rodrigo. En los ojos. En la forma de mirar.
Rodrigo la visitaba a menudo. Le llevaba regalos. Le acariciaba el pelo.
—Cuando cumplas dieciocho —le susurró una vez, cuando Julia tenía doce—, vamos a pasar mucho tiempo juntos.
Julia no entendió. Pero sonrió igual. Porque Rodrigo le caía bien.
—
Cala se casó con Alexander. El amigo más grande de Rodrigo. El de cincuenta años, separado, panzón, que había perdido su fortuna y a su mujer en el mismo año.
Se conocieron en una cena que Rodrigo organizó. Alexander llegó con una camisa que le quedaba grande y los zapatos desabrochados. Cala llegó con un vestido rojo y tacos de doce centímetros.
Rodrigo le dio la orden a Cala esa misma noche. Alexander nunca lo supo. Solo supo que la mujer más hermosa que había visto en su vida se le acercó, lo besó, y le dijo "¿querés casarte conmigo?".
Vivieron en una casa grande, con un jardín y dos perros. Cala siguió administrando las estancias. Alexander siguió siendo un perdedor, pero un perdedor feliz. Dormían desnudos. Comían desnudos. A veces, cuando Rodrigo los visitaba, los tres comían desnudos.
—
Bárbara dejó su trabajo en la multinacional. La convenció Rodrigo, por supuesto. No necesitaban la plata. Las estancias de Cala y la agencia de Rodrigo llenaban las cuentas.
Se dedicó a criar al hijo que Rodrigo tuvo con Marcela.
Un varón. Rubio, como ella. Con los ojos verdes de Bárbara y la mandíbula de Rodrigo. Se llamaba Rodrigo, como su padre.
Marcela no hizo preguntas cuando Rodrigo le dijo que Bárbara iba a criar al nene. Estaba enamorada. Hacía todo lo que él le pedía. Siguió dirigiendo la agencia con eficiencia y devoción. Nunca se casó con Rodrigo. Nunca necesitó un anillo para sentirse suya.
Rodrigo hijo creció en la casa de Bárbara. La llamaba "mamá" y a Rodrigo "papá". Nunca supo que Bárbara era su abuela. Nunca supo que su padre se acostaba con ella todas las noches.
Cuando tenía cinco años, Rodrigo padre lo sentó en las rodillas y le dijo:
—Vas a ser como yo. Un hombre grande. Un hombre que consigue lo que quiere.
Rodrigo hijo asintió con la cabeza, aunque no entendió del todo.
Su padre lo abrazó fuerte. Y pensó en las hijas de sus amigos. En las que todavía no habían nacido y en las que ya estaban creciendo. En las que algún día cumplirían dieciocho y vendrían a vivir con él.
Sonrió contra el pelo rubio de su hijo.
"Pero esa es otra historia", pensó.
Y dejó que la tarde cayera sobre la casa de Bárbara, donde todas las mujeres eran felices, donde todos los perdedores habían ganado, donde el poder seguía latiendo en cada rincón como un corazón secreto.
Fin.

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