La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 1

 


Rodrigo nunca fue un chico brillante. Esa verdad le había sido dicha tantas veces que ya ni siquiera le dolía. Había nacido con la vida económica resuelta, sí, pero eso solo hacía más evidente su fracaso. Su madre, Bárbara, manejaba una multinacional con puño de hierro y sonrisa de acero. Su padre, antes de morir años atrás, había acumulado estancias en Argentina que ahora su hermana mayor Cala administraba con una eficiencia casi militar. Davinia, la menor, brillaba en la gimnasia artística: medallas sudamericanas, Juegos Olímpicos, un futuro dorado que se extendía ante ella como un camino inevitable. 


Y luego estaba Ayana. 


La peor de todas. 


No por cruel, sino por cierta. Porque cuando ella lo llamaba "el perdedor de la familia", no inventaba nada. Solo decía en voz alta lo que todos pensaban en silencio. Rodrigo lo sabía. Lo había intentado todo: la universidad y el fracaso, el deporte y la humillación temprana, los negocios en bolsa y las pérdidas monumentales. Cursos, cursos y más cursos. Ninguno le había gustado. Ninguno lo había salvado de ser lo que era. 


Hasta quizás este último. 

 

El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la casa cuando Rodrigo entró por la puerta principal. El curso de hipnosis había terminado. Gastó una fortuna, como siempre. Pero esta vez, algo en su pecho vibraba distinto. 


—De dónde vienes, ¿de perder el tiempo? 


La voz de Ayana cayó desde el living como una piedra. Estaba recostada en el sofá, una pierna doblada, el celular en la mano, pero sus ojos grandes y cafés ya lo habían calibrado, medido, descartado. Su moño alto y prolijo dejaba al descubierto la línea perfecta de sus cejas gruesas, su expresión juguetona y despreocupada. Los brazos tatuados descansaban sobre el respaldo, y la camiseta ajustada marcaba sus hombros definidos, su figura curvilínea. 


Rodrigo sintió el impulso de mirar al suelo. Siempre lo hacía. Pero esta vez no. 


Caminó hacia ella. 


—Nunca más me vas a molestar —dijo. 


La miró directamente a los ojos. Fijo. Sin pestañear. Concentró todo lo que había aprendido: tono de voz, seguridad fingida, el gesto justo en la comisura de los labios. "La orden debe ser simple, directa, y la mirada debe perforar". 


Ayana se quedó paralizada. 


Un segundo. 


Dos. 


—¿Por qué me mirás así, perdedor? —dijo, pero su voz sonó más baja, como si algo hubiera rozado el borde de su conciencia y se hubiera escurrido. 


Se levantó del sofá con un movimiento brusco y se alejó con zancadas largas, sus piernas largas marcando distancia. Rodrigo la vio irse. El eco de sus pasos en el pasillo. El portazo de su habitación. 


—Volví a gastar dinero en un curso inútil —murmuró. 


Se dejó caer en una silla del comedor. 

 

Las horas pasaron pegajosas, densas como el calor de la siesta. Rodrigo cebó mates. Uno tras otro. El celular en la mano, los dedos scrolleando perfiles de chicas hermosas, mujeres inalcanzables que jamás mirarían a un tipo gordito de cabello castaño como él. Cada foto era un recordatorio minúsculo de su lugar en el mundo. 


La puerta se abrió. 


Bárbara entró con el ritmo cansado pero firme de quien lleva una coraza de poder todo el día. Cuarenta y cinco años, el cuerpo exuberante que el gimnasio le regalaba, falda de tubo negra que se ceñía a sus caderas anchas, camisa blanca impecable. Su cabello rubio recogido, sus ojos verdes afilados. 


—¿Todo bien, hijo? —preguntó, dejando la cartera sobre la mesa. 


—Todo bien, mamá. 


Ella lo miró un instante de más. Esa mirada que siempre decía "¿en qué fracasaste ahora?" pero con palabras distintas. 


—¿Cómo estuvo el curso? 


—Bien —mintió Rodrigo—. Aprendí cosas interesantes. 


—¿Como qué? 


—Técnicas de… comunicación. 


Bárbara sonrió con algo de lástima. Se sentó frente a él, cruzó una pierna. La falda se tensó sobre su muslo. 


—¿Y vas a usar esas técnicas para algo útil? Porque si es otro gasto de plata, Rodrigo... 


—No, mamá. Es una inversión. 


Ella rió sin ganas. —Inversión. Como lo de las criptomonedas. O el negocio de los NFTs. O el curso de trading. 


Rodrigo mordió el silencio. Cada ejemplo era una herida pequeña, precisa. Bárbara suspiró y se levantó. 


—Me voy a seguir trabajando en mi habitación. 


Dio la espalda. Rodrigo sintió la urgencia crecerle en el pecho como una planta carnívora. 


—Mamá. 


Ella se giró. 


Rodrigo se paró. Se acercó a ella. La miró fijo a los ojos verdes, y en su cabeza repitió la técnica: "persona conocida, orden directa, convicción absoluta". 


—Quiero que esta noche me cocines milanesas como cuando era chico. 


Los ojos de Bárbara se quedaron vacíos. 


Un segundo. 


Dos. 


—Bueno me voy, hijo —dijo, pero su voz sonó distante. Luego se dio vuelta y caminó hacia su habitación, las caderas moviéndose bajo la falda de tubo con ese vaivén mecánico que Rodrigo había visto toda su vida. 


El portazo fue suave. Final. 


Rodrigo se dejó caer en la silla, el corazón hecho un puño. 


"Fracasé otra vez". 

 

No supo cuánto tiempo pasó. El mate se enfrió. La luz de la tarde se volvió naranja, luego gris. El celular siguió mostrándole vidas inalcanzables. 


Hasta que escuchó pasos en la cocina. 


Bárbara había bajado. Y sonreía. 


Rodrigo se levantó de golpe y la siguió. La heladera abierta, sus manos sacando carne, pan rallado, huevos. Un movimiento fluido, casi feliz. 


—¿Qué hacés, mamá? 


Ella lo miró con una sonrisa genuina, la primera que le dedicaba en meses que no fuera de compromiso. 


—Me dieron muchas ganas de cocinar. Voy a hacer milanesas. 


Rodrigo se quedó quieto. La sangre le subió por el pecho, el cuello, las mejillas. Una alegría enorme, absurda, casi obscena, le floreció adentro. 


"Funciona", pensó. 


"Funciona". 


Mientras veía a su madre cocinar —el ruido del huevo batido, el aceite caliente, el aroma que llenaba la casa— recordó las palabras del instructor. "Las órdenes no son inmediatas. Si la persona te conoce, es más rápido. Si no, los cambios son progresivos. Pero una vez que instalas una orden, la cadena se fortalece. Podrías hacer que caminen desnudas por la calle si construiste el camino correcto". 


Gracias, profesor, pensó Rodrigo. Y sonrió. 

 

La cena fue extraña. 


Ayana había bajado de su cuarto y se quedó parada en el umbral de la cocina, viendo las milanesas sobre la mesa. Su ceja gruesa se alzó. 


—¿Vos cocinaste? —preguntó, desafiante. 


—Tuve ganas —respondió Bárbara, como si nada. 


Ayana miró a Rodrigo, luego a su madre, y algo en sus ojos se movió. Pero no dijo nada más. 


Comieron los tres. La mesa grande, vacía sin Cala y Davinia. Siempre vacía. Chicas ocupadas. Chicas exitosas. Ayana molestó a Rodrigo durante la cena, pero menos de lo habitual. Un comentario sobre su ropa, otro sobre su último curso. Rodrigo comió en silencio, pero en su cabeza repetía: 


"Ya no me vas a molestar más. Solo que con vos va a tardar. No me tenés la confianza que me tiene mamá. Pero la vas a tener". 


Terminaron de cenar. Bárbara llevó los platos a la cocina. 


Rodrigo se levantó, se acercó a Ayana por detrás, y cuando ella se giró, la atrapó con la mirada. 


—Me vas a presentar a todas tus amigas —dijo, pausado, firme—. Vas a traérmelas una por una. 


Ayana se congeló. Dos segundos eternos. Luego bostezó, como si nada hubiera pasado. Como si solo tuviera sueño. 


—Me voy a dormir —dijo, restregándose un ojo—. Estoy muy cansada. 


Se fue con sus piernas largas, su moño alto, su indiferencia puesta como una armadura. Rodrigo sintió el pulso en las sienes. 


"Paso a paso". 

 

Esperó a que su madre terminara de lavar los platos. El ruido del agua, el choque de la loza. Respiró hondo. Se acercó a ella por la espalda, sintió su perfume, ese olor a crema de manos y café que lo había acompañado toda la vida. 


—Mamá —dijo. 


Ella se giró. Rodrigo clavó los ojos en los suyos. 


—Te sentís sola por las noches. Quiero que me invites a dormir en tu habitación para no sentirte sola. 


Bárbara se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


El agua seguía corriendo. Ella volvió a girarse y continuó lavando como si nada. 


Rodrigo volvió al comedor. Se sentó. El corazón le golpeaba tan fuerte que sentía los latidos en los dientes. El tiempo pasó lento, pegajoso, cada minuto una eternidad de duda. 


Hasta que Bárbara salió de la cocina. 


Su rostro había cambiado. Ya no era la mujer de la sonrisa fácil por las milanesas. Ahora parecía cansada. Triste. Vulnerable. 


—Hijo —dijo, bajando la mirada—. Me siento mal esta noche. ¿Te molestaría hacerme compañía? 


Rodrigo sintió la piel erizarse. 


—Se que es un poco raro lo que te pido —agregó ella, jugueteando con el borde de la falda. 


Rodrigo se levantó. Se acercó a ella. La abrazó con fuerza, sintió su cuerpo contra el suyo, el calor de su madre, el temblor mínimo en sus hombros. 


—Yo por vos haría lo que sea, mami. 


El abrazo duró más de lo normal. Fue intenso. Tierno. Algo en el medio que Rodrigo decidió no nombrar. 


Después, caminaron juntos hacia la habitación de Bárbara. 

 

Dentro del cuarto, la luz tenue de la lámpara de mesa pintaba sombras en las paredes. Rodrigo se desnudó sin pensar, quedó en bóxer. Sintió el aire frío en la piel. 


"Esto es solo un experimento", se dijo. 


Bárbara entró al baño. Cerró la puerta. Rodrigo escuchó el ruido del agua, de ropa que caía, de cremalleras. Se metió en la cama, las sábanas suaves, el olor a lavanda del ambiente. 


Ella salió. 


Se había puesto un camisón viejo, de esos que intentan ocultar, pero terminan dibujando cada curva. Sus pechos grandes, sus caderas anchas. Todo ese cuerpo que había dado a luz a cuatro hijos, que el gimnasio mantenía exuberante, que la falda de tubo y la camisa blanca disimulaban durante el día. Ahora estaba ahí, a un metro. 


Bárbara se acostó. Se puso de costado, de espaldas a él. La colcha subió hasta sus hombros. 


—Buenas noches, hijo —murmuró. 


Y en menos de un minuto, se durmió. Su respiración se hizo profunda, rítmica. La soledad que la carcomía se había ido, al menos por esa noche. 


Rodrigo no podía dormir. 


Escuchaba su respiración. Sentía el calor de su cuerpo a través de las sábanas. Cada vez que ella se movía soñando, la cama crujía. La oscuridad era densa, cálida, cargada de algo que Rodrigo no quería nombrar. 


"Cuando no puedo dormir, hago lo mismo", pensó. 


La mano bajó por su torso. Rozó el elástico del bóxer. 


"Me hago una paja y me duermo". 


Se movió despacio, para no hacer ruido. La respiración de su madre era un ritmo constante, un metrónomo en la penumbra. Rodrigo cerró los ojos y dejó que la mano hiciera lo suyo. Pero su mente no estaba en las imágenes de siempre. 


Estaba ahí. 


A un metro. 


En la cama de su madre. 


"Funcionó", pensó, y la excitación le recorrió la columna como un latigazo. "El curso funcionó. Ya no soy un perdedor. Puedo ordenarles cosas. Puedo hacer que hagan lo que quiero". Las milanesas. La invitación a dormir. El control que crecía como una enredadera. "Pronto Ayana va a traerme a sus amigas. Una por una. Y yo voy a tener lo que siempre quise". 


La mano se movía más rápido. La respiración de Bárbara seguía igual, ajena, profunda, inocente. Eso lo excitaba más. Ella no sabía. Nadie sabría. El poder era suyo, invisible, absoluto. 


Terminó sobre las sábanas de la cama de su madre. Un gemido contenido, los dedos apretando la tela. El calor esparciéndose en la oscuridad. 


Se quedó quieto. Escuchó el silencio roto solo por la respiración de Bárbara. La vergüenza llegó después, como siempre, pero esta vez era diferente. Esta vez la vergüenza venía acompañada de algo más grande. 


Esperanza. 

 

Rodrigo se durmió profundamente en la cama de su madre, pero con una gran sonrisa. Él pensaba tener el mundo en sus manos con su nuevo poder.

 


Continuara... 

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