La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 2

 


La luz gris del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana cuando Bárbara abrió los ojos. Parpadeó dos veces, desorientada. Algo en la cama era distinto. El calor. La respiración. 


Rodrigo. 


Durmiendo a su lado. 


El recuerdo de la noche anterior llegó difuso, como un sueño del que no se podía despertar del todo. La soledad. La necesidad de compañía. Haberle pedido que se quedara. Todo se mezclaba en una niebla espesa que le nublaba el juicio. 


Se incorporó con cuidado. El camisón viejo se le había subido hasta los muslos. Lo bajó rápido, avergonzada de nada, de todo. Miró a su hijo: dormía con la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando despacio. El bóxer dibujaba una forma que ella no debería estar viendo. 


Apartó la mirada. 


Se levantó. Los pies descalzos en la alfombra. Caminó hacia el baño con pasos cortos, intentando no hacer ruido. Pero la cama crujió. Rodrigo se movió. Bostezó. 


—¿Mamá? —su voz ronca, espesa por el sueño. 


—Todavía es temprano, hijo. Seguí durmiendo. 


Pero él ya había abierto los ojos. La miró. Ella estaba de espaldas, a punto de entrar al baño. La luz de afuera le marcaba las curvas a través del camisón fino. 


—Mamá —dijo Rodrigo. 


Ella se giró. 


Y él la miró fijo. Directo a los ojos verdes. Con esa intensidad nueva que ella no podía explicar. 


—Vas a tenerme más confianza que nadie. Me vas a contar todo. No vas a tener secretos conmigo. 


Bárbara se quedó paralizada. 


Un segundo. 


Dos. 

 

El silencio se instaló entre los dos. Incómodo. Bárbara sintió que debía decir algo más, pero no sabía qué. Rodrigo la seguía mirando. Ella bajó los ojos, los subió, los volvió a bajar. 


—Me voy a bañar —murmuró, y se encerró en el baño. 

 

El agua caliente le cayó por el cuerpo y Bárbara apoyó la frente contra las baldosas. Cerró los ojos. Trató de ordenar los pensamientos, pero no podía. Era como si alguien hubiera movido todos los muebles de su cabeza de lugar. 


"¿Por qué le pedí que durmiera conmigo?", se preguntó. "¿Desde cuándo me siento tan sola?" 


No encontraba respuestas. Solo una certeza incómoda: quería que Rodrigo volviera a quedarse. La idea de volver a dormir sola esa noche le apretaba el pecho. 


Salió de la ducha. Se secó despacio. Abrió el placard y eligió con cuidado: pollera lápiz color marfil, una blusa de seda cruda que dejaba entrever los hombros, taco medio. Se maquilló apenas, se dejó el pelo suelto sobre los hombros. Cuando terminó, se miró en el espejo. 


Cuarenta y cinco años. Y todavía podía. 


Salió del baño. 


Rodrigo estaba sentado en el borde de la cama, ya vestido con unos jogging y una remera negra. La miró de arriba abajo. Bárbara sintió ese recorrido como una caricia extraña, prohibida. 


—¿Vas a desayunar antes de irte? —preguntó él. 


—No tengo tiempo, hijo. Más tarde… no sé. Vemos. 


Se acercó a la cama para agarrar su cartera. Pasó cerca de Rodrigo. Demasiado cerca. El perfume de ella llenó el aire. El de él también. Bárbara se detuvo un segundo, indecisa. 


—¿Te pasa algo, mamá? 


—No… no, nada. Es que… 


No terminó la frase. En lugar de eso, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Pero sus labios se quedaron un momento de más. Rodrigo sintió el calor de su boca, la suavidad de su piel. 


—Que tengas un buen día, hijo —dijo ella, y se fue antes de que algo más pasara. 


Rodrigo la vio caminar hacia la puerta. Las caderas moviéndose bajo la pollera lápiz. Las piernas que se iban. Y pensó, con una sonrisa que no pudo reprimir: 


"Vamos bien". 

 

Cuando la puerta principal se cerró, Rodrigo se dejó caer en la cama de su madre y durmió hasta casi el mediodía. 


Despertó con la casa en silencio. El sol alto. La luz blanca y cruel del mediodía. Fue a la cocina, calentó unas milanesas de la noche anterior, se preparó un mate y se sentó en el comedor con el celular en la mano. 


Los mensajes estaban ahí. 


Alexander: "Rodri, hoy juntada en lo de David. Lleva algo para tomar". 


David: "Tengo el nuevo juego de lucha. Vengan temprano". 


Jael: "Llevo unos Doritos y mucha leche de soja. No se rían, es por la gastritis". 


Rodrigo sonrió. Sus amigos. Los perdedores. Alexander, cincuenta años, separado, había perdido su fortuna y a su mujer en el mismo año. David, treinta, acusado de acoso por una universitaria que resultó tener razón, encerrado en su casa desde que su vida social se desplomó. Y Jael, veinticinco, rarito de manual, con su plata heredada y sus gustos raros: anime, videojuegos, relatos eróticos oscuros. 


"Los tengo que ayudar con mis nuevos poderes", pensó Rodrigo mientras terminaba el mate. 

 

La casa de David quedaba a quince cuadras. Rodrigo fue caminando, el sol pegándole en la nuca. Cuando llegó, los otros dos ya estaban ahí. La casa olía a cenicero y a encierro. Las cortinas bajas. Las consolas prendidas. 


—Llegó el ricachón —dijo Alexander, con su panza de borracho y su sonrisa de pocos dientes. 


—Llegó el que tiene hermana linda —dijo Jael, y todos rieron. Rodrigo sintió un cosquilleo raro. 


"Si supieran", pensó. "Si supieran lo que puedo hacer". 


Jugaron. Horas. Gritaron frente a la pantalla. Se rieron de sí mismos. Rodrigo los miró a los tres y sintió algo que no esperaba: cariño. Eran unos fracasados, como él. Pero eran su tribu. 


Cuando se despidió, ya cayendo el sol, caminó un rato y en voz baja, para sí mismo, dijo: 


"Los voy a ayudar. Con mis poderes. Los voy a hacer felices". 


Llegó a su casa con la última luz del día. La puerta abierta. El aroma a café recién hecho. 


Ayana estaba en el comedor. 

 

Estaba recostada en el sillón, una taza humeando entre sus manos. Vestía un short deportivo que le quedaba corto, mostrando el inicio perfecto de sus muslos, y una camiseta de mangas largas pero con el escote amplio, dejando ver parte de sus hombros tatuados. El moño alto prolijo, las cejas marcadas, los labios llenos humedeciéndose con el café. 


Rodrigo la saludó con un gesto. Ella respondió con un murmullo. Pero cuando él pasó cerca, ella levantó la mirada. 


—Tengo que presentarte a mis amigas. 


Rodrigo se quedó quieto. El corazón le dio un salto. "Funcionó". 


Intentó mantener la calma. 


—¿Por qué harías eso? —preguntó, con voz neutra. 


Ayana frunció el ceño, como si la pregunta fuera estúpida. 


—Porque ya estas grandecito, es hora de que tengas una novia. Todas mis amigas están solteras. Alguna te va a dar bola. 


Rodrigo casi se ríe. El cerebro de su hermana había reconstruido la orden como una idea propia. Era perfecto. 


—No me molesta —dijo, encogiéndose de hombros—. Mañana, ¿te parece? 


—Sí, mañana —respondió Ayana rápido, y se puso de pie. 


Pero Rodrigo no la dejó ir. Se acercó a ella. La altura, la presencia. Ayana lo miró con sus ojos grandes y cafés, y por un segundo él vio algo que nunca había visto: duda. 


La miró fijo. 


—Te vas a empezar a sentir cómoda con mi presencia —dijo, pausado—. Me vas a empezar a ver como un hombre fuerte. 


Ayana se congeló. 


Un segundo. 


Dos. 


Y luego siguió caminando hacia su habitación, como si nada. Pero Rodrigo notó que su paso era más lento. Menos seguro. 


"Paso a paso", pensó. "Una orden a la vez". 

 

Rodrigo fue al baño. Pero no al de su habitación. Fue al de Bárbara. 


Abrió la puerta. El olor a ella, a crema, a shampoo. La toalla húmeda colgada. El camisón de la noche anterior en un rincón. Rodrigo lo tomó sin pensar. La tela fina entre los dedos. Casi lo llevó a la nariz, pero se detuvo. 


"Qué estoy haciendo", murmuró. 


Se metió en la ducha. El agua caliente. El jabón. Pero su mente estaba en otro lado. 


Cuando salió, la casa sonaba distinta. Pasos en la entrada. La voz de Bárbara. 


—¿Rodrigo? ¿Estás? 


Salió del baño apenas con la toalla en la cintura. Bárbara estaba en el pasillo, con un bolso de comida en una mano y las llaves en la otra. Lo vio así, recién salido de la ducha, el cuerpo húmedo, los brazos desnudos. 


Ella sonrió. 


Una sonrisa distinta. Más ancha. Más luminosa. 


—Ah, ya estabas —dijo, y su voz tenía algo nuevo. Un temblor mínimo. Una alegría apenas contenida—. Todo el día pensando en vos, hijo. En casa me siento… no sé. Cuando pienso en vos, se me va la soledad. 


Rodrigo sintió un escalofrío. No de frío. 


—Me alegra, mamá. 


Bárbara pasó a la cocina. Comenzó a sacar tuppers. Milanesas otra vez, ensalada, una torta. Rodrigo se vistió rápido y la ayudó a poner la mesa. Ayana no bajó. Estaba encerrada estudiando, dijo Bárbara. Parciales. Quería mantener su promedio perfecto. 


—Siempre tan aplicada —dijo Rodrigo, y Bárbara asintió, pero sus ojos estaban puestos en él, solo en él. 


Cenaron juntos. Los dos solos en la mesa grande. Bárbara estaba contenta. Una alegría que hacía tiempo no sentía. Reía por cualquier cosa. Tocaba la mano de Rodrigo al pasar la ensalada. Se quedaba mirándolo mientras él masticaba. 


—¿Qué? —preguntó Rodrigo. 


—Nada. Me gusta verte comer tranquilo. En casa siempre hay tanto quilombo, tanta gente exitosa… a veces me olvido que vos sos el único que se queda conmigo. 


Rodrigo comió viendo a su hermosa madre sonreír. Cada gesto, cada curva de sus labios, cada vez que el escote se movía y dejaba ver más de lo que debería. 


Terminaron de cenar. Bárbara apoyó los cubiertos y dijo, con una voz distinta: 


—Hijo, debo confesarte algo. 


Rodrigo levantó la mirada. 


—Hace tiempo que me siento sola —dijo Bárbara, bajando los ojos—. Pero anoche… la soledad fue más fuerte. Y tu presencia me reconfortó. Dormir con vos… no sé. Me sentí segura. 


Rodrigo sintió que el terreno bajo sus pies se movía. "Quiere más", pensó. "Quiere confesar más". 


—¿Cuánto hace que no te acostas con un hombre, mamá? —preguntó, casual, como si preguntara la hora. 


Bárbara se sonrojó. Pero no se negó a responder. Algo en ella necesitaba decirlo. 


—Dos años —murmuró. 


—¿Con quién? 


—Un secretario… joven. Pero después lo despedí. 


Rodrigo sintió un ardor en el pecho. Celos. Rabia. Deseo. Todo mezclado. Siguió preguntando. 


—¿Y cuánto hace que no… se la chupás a alguien? 


Bárbara abrió los ojos. La vergüenza le subió por el cuello, las mejillas, las orejas. Pero también había algo más. Alivio. Poder hablar de estas cosas con su hijo. Ser vista. 


—Hace cinco años —respondió, casi en un susurro—. Se la chupé a un remisero que me llevó a la oficina. 


El miembro de Rodrigo comenzó a crecer bajo el pantalón. No podía creerlo. Su madre. Chupándole la pija a un desconocido. La imagen se le clavó en la cabeza como un cuchillo dulce. 


Se puso de pie. 


Bárbara lo miró, extrañada. Rodrigo se acercó a ella. La miró fijo a los ojos verdes. 


—Vas a tener muchas ganas de hacerme un pete —dijo, la voz grave—. Saber lo que se siente chuparle la pija a tu hijo. 


Bárbara se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Y luego comenzó a juntar los platos, como si nada. Su rostro estaba encendido, pero sus manos se movían automáticas. 


Rodrigo se fue del comedor sin mirar atrás. 


Bárbara lo quedó mirando. Y en voz baja, casi sin darse cuenta, murmuró: 


—¿Me va a querer igual a pesar de lo que le acabo de contar? 

 

Rodrigo entró a la habitación de Bárbara con apuro. Se sacó la ropa. Quedó en bóxer. La erección era evidente, imposible de ocultar. Se metió en la cama, se tapó con la sábana hasta la cintura. 


El corazón le latía tan fuerte que creía que ella lo iba a escuchar desde la cocina. 


"Boludo", se recriminó. "No le ordenaste que te invite a dormir con ella esta noche.”  


Pero algo le decía que sí. 

 

Bárbara terminó de limpiar la cocina. Secó los platos. Guardó todo. Pero en cada movimiento, una sensación nueva le crecía adentro. Excitación. Pura. Cruda. 


Se preguntó cómo sería el miembro de su hijo. "No pienses en eso, tonta", se dijo. Pero el pensamiento ya estaba ahí, anidado, caliente. 


Caminó hacia la habitación. Abrió la puerta. 


Rodrigo estaba en su cama. 


—¿Vas a dormir en mi cama hoy también? —preguntó ella, y su voz sonó más ronca de lo que quería. 


Rodrigo sintió un vuelco en el estómago. "No le ordenaste", se repitió. Pero intentó zafar. 


—Vos me dijiste que te sentís sola —dijo, con una suavidad que le salió más natural de lo que esperaba—. Y no quiero que te sientas sola. 


Bárbara sonrió. Una sonrisa agradecida. Ternura y algo más. 


—Gracias, amor. 


Entró al baño. Cerró la puerta. Se miró al espejo. Su rostro encendido. Sus labios entreabiertos. 


Abrió el placard. Pasó por alto el camisón viejo. Eligió otro. Negro, de encaje en los bordes, más corto, más suave. Se lo puso. Se miró. Sus pechos grandes empujaban la tela, sus caderas anchas la marcaban. Le dio vergüenza. Pero no se lo sacó. 


Salió del baño. 


Rodrigo no podía dejar de mirarla. El camisón negro se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Los pezones se marcaban apenas. La tela terminaba arriba de los muslos. 


Ninguno de los dos podía dormir. 


El silencio en la habitación era denso, caliente. Bárbara se movió en la cama. Se acercó a Rodrigo. Lo abrazó. Sintió su calor, el olor de su piel, el ritmo de su respiración. Cada centímetro de cercanía la hacía más feliz. Y más excitada. 


Su mano, sin pensarlo, bajó. 


Rozó el bulto de Rodrigo. 


Él contuvo el aire. 


—¿Te molesta, hijo? —preguntó ella, en un susurro. 


Rodrigo tragó saliva. Su voz salió ronca, rota. 


—Nada de vos me molesta. 


Bárbara no dijo más. Su mano bajó el bóxer. Liberó el miembro de su hijo. 


No era grande, pero tampoco chico. Venoso. Y el glande, enorme. El más grande que había visto en su vida. 


Bajó la cabeza. 

 

La lengua de Bárbara recorrió la longitud de su miembro desde la base hasta la punta, despacio, como si aprendiera un camino nuevo. Rodrigo sintió cada milímetro como un latigazo de placer. 


"Mi mamá me la está chupando", pensó. Y el pensamiento lo dejó paralizado. No sabía qué hacer con las manos, con el cuerpo, con nada. 


Bárbara dio unos besitos en la punta. Pequeños, casi tímidos. Y luego se lo tragó entero. 


El calor. La humedad. La lengua moviéndose. 


Rodrigo gimió. Un sonido bajo, contenido. 


Ella se ahogó un poco, pero continuó. Tragándoselo más y más. Cada vez más profundo. Y mientras más lo hacía, más se excitaba ella. El verga de su hijo en su boca. La línea que se rompía. Todo lo correcto deshaciéndose. 


Sus manos comenzaron a masajear los testículos. Suavemente. Acariciando. Rodrigo dejó de ser pasivo. 


Sus manos subieron. Apretaron los grandes pechos de Bárbara a través del camisón negro. La tela fina, los pezones duros. Ella gimió con la boca llena. 


Separó la boca un momento. Besó los testículos. Los chupó uno por uno. Rodrigo sintió que se iba a desmayar. 


Y ella volvió a tragarse su miembro. 


Ahora con más fuerza. Con más hambre. La cabeza de Rodrigo se hundió en la almohada. El placer era demasiado. Demasiado. 


—Mamá —alcanzó a decir—. Voy a… 


Bárbara no se detuvo. Quería más. Quería todo. 


Rodrigo agarró los pelos de Bárbara. Los enredó entre sus dedos. La hundió en él. Y terminó. En el fondo de su garganta. 


Ella se tragó todo. Sintió el calor espeso bajar. El sabor. Y fue el sabor más rico que había probado en su vida. 

 

Quedaron en silencio. 


La respiración agitada de los dos llenaba la habitación. Bárbara se incorporó despacio. Su boca brillaba. Sus ojos también. 


Abrazó a Rodrigo. Apoyó la cabeza en su pecho. La vergüenza le ardía por dentro, caliente como fiebre. Pero el morbo la excitaba más. Mucho más. 


—No sabía… —murmuró—. No sabía que podía sentir algo así. 


Rodrigo acarició su cabello con ternura. Sus dedos en los mechones rubios. Y luego, con calma, buscó sus ojos. 


La miró fijo. 


—Desde mañana —dijo, la voz baja pero firme— no vas a desear a ningún hombre que no sea yo. Y vas a cumplir todos mis caprichos. 


Bárbara se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Cuando volvió en sí, sus ojos estaban vidriosos, perdidos. Y entonces se inclinó. Le dio un beso corto en los labios. 


Suave. 


Casi inocente. 


Rodrigo sintió sus labios. El sabor de sí mismo en la boca de ella. 


Se durmieron así. Abrazados. Bárbara con el sabor de su hijo en la boca, el cuerpo todavía temblando, la mente en un lugar del que no sabía si podría volver. Rodrigo con la cabeza llena de planes, de órdenes futuras, de poder. 


"Ganas de más", pensó antes de cerrar los ojos. "Pero las órdenes deben ser progresivas". 


En la oscuridad, los dos respiraron al mismo ritmo. 


Y la casa quedó en silencio. 

 


Continuara... 

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