La luz gris del amanecer entró por la ventana como un ladrón. Bárbara abrió los ojos y el mundo se reordenó despacio. El techo. La lámpara. El calor a su lado.
Rodrigo.
Durmiendo.
La noche anterior llegó en fragmentos: su boca alrededor de él, el sabor, la vergüenza, el morbo. Todo golpeándole el pecho como olas.
"¿Qué hice?", pensó. Pero la pregunta sonó falsa, porque la respuesta ya la sabía: algo que no quería dejar de hacer.
Se incorporó con cuidado. El camisón negro estaba arrugado, subido hasta la cintura. Se lo bajó rápido. Miró a su hijo. La respiración profunda. La boca entreabierta. El bulto bajo la sábana.
Apartó la mirada. Cerró los ojos. Volvió a abrirlos.
"Debería sentirme peor", pensó mientras se levantaba. "Debería sentirme sucia, arrepentida, asqueada".
Pero no.
Se metió en la ducha y el agua caliente le cayó por el cuerpo. Cerró los ojos y apareció Rodrigo. El sabor de él todavía en su boca, en su memoria, en la piel. Se tocó sin querer, sin querer del todo, y sintió que estaba mojada. Muy mojada.
"Sos una enferma", se dijo. Pero sus dedos ya estaban ahí, moviéndose, y el gemido se le escapó antes de poder contenerlo.
Salió de la ducha sonrojada. Se vistió rápido. Pollera negra, camisa blanca, tacos. El pelo recogido. El maquillaje justo. Se miró al espejo y por un segundo no se reconoció.
Había algo nuevo en sus ojos.
Algo que tenía hambre.
Salió de la habitación sin mirar atrás. No quería despertarlo. No quería tener que hablar. No sabía qué decir.
En la oficina, el día fue un fracaso.
Los números bailaban frente a sus ojos sin significar nada. Las reuniones pasaban como sueños líquidos. Cada veinte minutos, sin querer, su mente se iba a la noche anterior. El peso de Rodrigo en la cama. El calor de su piel. La forma en que había agarrado sus pechos.
Y el sabor.
Dios, el sabor.
Intentó concentrarse en los informes. No pudo. Intentó no pensar en él. Pensó más. Cada vez que el teléfono sonaba, deseaba que fuera Rodrigo. Cada vez que alguien entraba a su oficina, deseaba que fuera él.
"Me está volviendo loca", pensó, y la palabra "loca" le supo a libertad.
El morbo le gustaba. Le gustaba mucho. Y eso era lo peor.
Rodrigo despertó cerca del mediodía.
La cama de Bárbara aún conservaba su olor. Se quedó un rato mirando el techo, procesando. La noche anterior era real. Podía reconstruirla segundo a segundo: la lengua de su madre, su boca, sus manos, el momento exacto en que había terminado en su garganta.
"Mi mamá me hizo un pete", pensó, y la frase lo hizo reír en voz alta.
Esperaba sentir culpa. Asco. Algo. Pero todo lo que sentía era una alegría enorme, caliente, que le crecía en el pecho como un sol.
Se levantó, se puso unos jogging y bajó al comedor.
Ayana estaba ahí.
Sentada en la mesa, una taza de café humeando entre sus manos. Vestía unos leggings negros que marcaban cada curva de sus piernas largas y una remera blanca anudada en la cintura, dejando ver un trozo de su vientre firme. El moño alto prolijo. Los brazos tatuados al descubierto.
Pero algo en su mirada había cambiado.
—Buen día —dijo Ayana, y su voz sonó más suave. Menos cortante.
Rodrigo se sirvió un café y se sentó frente a ella.
—¿Te acordás que hoy te presento a mis amigas? —preguntó Ayana, con una seguridad que parecía ensayada.
—Me acuerdo —dijo Rodrigo, mordiendo una tostada—. Pero ahora tengo hambre.
Comió ignorándola. Ayana lo miró en silencio, sin sus comentarios ácidos de siempre. Rodrigo aprovechó el momento. Dejó la tostada. La miró fijo.
—Desde hoy me vas a tener más confianza que nadie —dijo, pausado—. Y me vas a contar hasta tu secreto más íntimo.
Ayana se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
Y siguió tomando su café como si nada.
Rodrigo sonrió por dentro. "Funciona igual que con mamá".
—¿Cómo pensás presentarme a tus amigas? —preguntó, masticando.
Ayana respondió rápido, como si la respuesta estuviera ya armada en su cabeza.
—Hoy nos juntamos en la casa de Mili. ¿Me podés acompañar?
Rodriguo negó con la cabeza.
—No tengo ganas de salir de casa hoy. Mejor deciles que vengan acá. Y citálas en distintas horas.
Ayana se quedó en silencio. En su cabeza, algo chirriaba. "Cómo cambió Rodrigo", pensó. "Está tranquilo. Seguro. Parece que quiere hacer un casting con mis amigas".
Pero no dijo nada. Agarró el celular y comenzó a mandar mensajes.
La primera en llegar fue Eiko.
Rodrigo la vio desde la ventana del comedor. Bajó de un auto negro, morocha, el pelo largo y lacio hasta la cintura. Vestía un vestido corto color mostaza que dejaba ver sus piernas torneadas y unos botines de taco aguja. La piel morena brillaba bajo el sol.
—¡Ayana! —gritó desde la puerta—. ¿Por qué tanta urgencia?
Ayana la hizo pasar. La abrazó. Conversaron unos minutos en la cocina. Rodrigo esperó en el comedor, escuchando las risas, los chismes, los nombres de gente que no conocía.
Cuando Ayana se fue al baño, Eiko se quedó sola en la cocina.
Rodrigo entró.
Eiko lo miró con curiosidad. Él se acercó, más de lo necesario. La miró fijo a los ojos. Ella no pestañeó.
—Desde hoy me vas a ver como una persona confiable —dijo Rodrigo, en voz baja—. Y vas a tener la necesidad de acercarte a mí.
Eiko se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—¿Vos sos el hermano de Ayana, no? —preguntó, como si nada hubiera pasado—. Tenés los mismos ojos.
Rodrigo asintió. Y salió de la cocina.
Fátima llegó media hora después.
Blanca, pelo rojo intenso cortado a los hombros, pecas en la nariz. Usaba una camisa de seda abierta, atada abajo, y unos pantalones de tiro alto que le marcaban la cintura diminuta. Las caderas anchas, los labios pintados de rojo oscuro.
—Che, Ayana, ¿qué onda con la mudanza de planes? —preguntó entrando.
—Cambió todo, ya te explico.
Otra vez la espera. Otra vez Ayana se fue. Otra vez Rodrigo apareció.
Fátima lo midió con la mirada. Rodrigo sintió el peso de sus ojos verdes. Pero no dudó. Se acercó. La miró fijo.
—Desde hoy me vas a ver como una persona confiable —dijo—. Y vas a tener la necesidad de acercarte a mí.
Congelamiento.
Un segundo.
Dos.
Fátima sonrió, mostrando los dientes.
—Ayana nunca me habló de vos —dijo, como si él no hubiera dicho nada—. ¿Sos el más chico, no?
—El del medio —respondió Rodrigo.
Y se fue.
Galina llegó cerca de las cinco.
Alta, rubia, ojos claros. Un cuerpo de gimnasta que se notaba incluso debajo del buzo oversize que usaba. Se había pintado los labios de nude y llevaba las uñas largas, rojas, como garras.
—Perdón la tardanza —dijo, entrando—. Se me rompió el auto.
Ayana la recibió con un abrazo. Rodrigo esperó. Cuando Ayana se fue a buscar algo a su habitación, Galina quedó sola en el living.
Rodrigo se acercó.
Galina no lo miró a los ojos hasta que él estuvo a centímetros. Y cuando lo hizo, Rodrigo sintió algo distinto. Un desafío. Una pared.
Pero la técnica funcionaba igual.
—Desde hoy me vas a ver como una persona confiable —dijo—. Y vas a tener la necesidad de acercarte a mí.
Los ojos claros de Galina se nublaron.
Un segundo.
Dos.
—Qué linda casa tienen —dijo ella, mirando alrededor.
Rodrigo sonrió. Salió del living.
"Tres", pensó. "Tres más que van a volver".
Las amigas se fueron casi al mismo tiempo. Ayana las despidió en la puerta, prometiendo juntarse pronto. Rodrigo ya estaba en su habitación, frente a la pantalla del videojuego, pero algo no funcionaba.
La habitación le resultaba extraña. Fría.
"Prefiero la de mamá", pensó, y el pensamiento lo incomodó un segundo antes de que lo aceptara con naturalidad.
Siguió jugando.
Ayana apareció en la puerta después de un rato. Se apoyó en el marco, cruzó los brazos. El vestido corto que se había puesto para recibir a sus amigas le quedaba ajustado, mostrando la forma de sus senos, el inicio de sus muslos.
—¿Cuál te gustó más de mis amigas? —preguntó, sin vueltas—. ¿Por qué no hablaste más con ellas?
Rodrigo no levantó la vista de la pantalla.
—Hablé con las tres lo necesario —dijo—. No quería quedar como un pesado.
Ayana se quedó en silencio. Masculló algo. Volvió a preguntar:
—¿Pero cuál te gusta más?
Rodrigo pausó el juego. La miró.
Tranquilo.
—Todas son hermosas —dijo—. Pero la más linda de tu grupo de amigas sos vos.
Ayana abrió la boca. La cerró.
En su cabeza, dos partes peleaban. Una le decía "insultalo, cómo se te ocurre, es tu hermano". La otra, más nueva, más tibia, le susurraba "dale las gracias, sentís algo lindo cuando te lo dice".
No llegó a decidirse.
Rodrigo se levantó. Se acercó a ella. La miró fijo a los ojos grandes y cafés.
—Desde ahora vas a sentir un deseo profundo por mí —dijo, la voz baja, hipnótica—. Un deseo de complacerme en todo. Y eso te va a dar una felicidad única.
Ayana se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
Cuando volvió en sí, perdió el equilibrio. Se sostuvo de su brazo. Las manos de Rodrigo en su cintura. Los cuerpos cerca.
La mirada entre ellos cambió.
Algo se rompió. Algo se armó.
Y entonces el celular de Ayana sonó.
Ella leyó el mensaje. Parpadeó, como volviendo de un sueño.
—Mamá llega tarde —dijo, la voz ronca—. Cenamos nosotros solos.
Rodrigo sintió algo agridulce. Tristeza porque su madre llegaría cansada. Felicidad porque estaba solo con Ayana.
—Bueno —dijo—. Pero ponete algo más cómodo. Y lindo. Para comer conmigo.
Ayana lo miró sin entender del todo. Salió de la habitación.
En el pasillo, se detuvo.
"¿Qué quiso decir?", pensó.
Fue a su cuarto. Abrió el placard. Y entonces lo entendió.
"Quiere que me vista para él".
La primera reacción fue indignación. "Como si yo le fuera a hacer caso", murmuró. Pero ya estaba sacando ropa interior de encaje. Un corpiño negro, una tanga que apenas cubría. Un vestido corto, color vino, que dejaba sus piernas largas completamente a la vista.
Se vistió. Se miró al espejo.
"No le voy a hacer caso", se repitió.
Pero ya lo había hecho.
Rodrigo la vio llegar al comedor y sintió que el aire se le espesaba en los pulmones. El vestido corto, las piernas infinitas, el escote que dejaba ver el encaje negro. El moño perfecto. Los labios brillantes.
"Quiero darle mil órdenes más", pensó. Pero se contuvo. "Paciencia. Dejá que se instalen. Una a la vez".
Cenaron juntos.
La mesa grande para ellos dos solos. Las velas que Ayana había encendido sin pensar. El vino tinto en las copas.
Rodrigo comenzó a preguntar. Y Ayana respondió.
—¿Y vos? —preguntó él, casual—. ¿Alguna vez estuviste con alguien casado?
Ayana bajó la mirada. Una sonrisa nerviosa.
—Sí —dijo—. Con un profesor de la universidad. Hace un año. Sigue casado.
Rodrigo sintió el pulso acelerarse. Siguió preguntando.
—¿Disfrutás de eso? ¿De ser la otra?
Ayana se encogió de hombros. Pero sus ojos brillaban con un secreto que necesitaba contar.
—No solo eso —dijo, y su voz se hizo más baja—. También hago tríos. Con dos tipos, a veces con una chica y un tipo. Me gusta.
Rodrigo casi deja la copa en el aire.
—¿Alguna vez entregaste el culo?
Ayana negó con la cabeza, pero sus mejillas se encendieron.
—No. Eso no. Eso se lo guardo a alguien especial. O a nadie.
—¿Y te sentís fea? —preguntó Rodrigo, cambiando el tono.
La pregunta pegó en Ayana como una piedra. Sus ojos se humedecieron.
—Sí —admitió, y su voz se rompió apenas—. Todo el tiempo. Mis hermanas son más lindas que yo. Cala con su cuerpo de diosa, Davinia con su fuerza atlética, mamá con ese cuerpo exuberante que tiene a los cuarenta y cinco. Yo… yo soy la que menos.
Rodrigo puso su mano sobre la de ella. Ayana levantó la mirada.
—Todas tus hermanas son hermosas —dijo él—. Pero vos no sos menos. Sos diferente. Y ser diferente no es feo.
Ayana sonrió, agradecida. Y siguió hablando. Contó cosas que jamás pensó contar. La última, la que más golpeó a Rodrigo:
—Mi fantasía más oscura —dijo, en un susurro—. Es ser la mascota de un hombre fuerte. Que me tenga en cuatro patas. Que me trate como un animalito. Que me cuide y me castigue.
Rodrigo sintió la sangre caliente en todo el cuerpo. Quería preguntar más. Quería saber cada detalle.
Pero escucharon la puerta.
Bárbara había llegado.
Ayana se puso de pie rápido, avergonzada, excitada, todo mezclado.
—Mamá —saludó, y se fue a su cuarto sin mirar atrás.
Rodrigo se quedó solo en el comedor. Y un segundo después, Bárbara apareció en el marco de la puerta.
—Hola, hijo —dijo ella, dejando la cartera en el piso.
Su voz sonaba cansada pero también otra cosa. Algo eléctrico.
Rodrigo se levantó. Fue hacia ella. La abrazó. Sintió el perfume, el calor de su cuerpo después del día afuera.
Su mano, casi sin pensar, bajó y le apretó una nalga.
Quería ver su reacción.
Bárbara gimió. Bajo. Ronco.
Y lo besó en la boca.
No fue un beso de madre. Fue un beso de amante. La lengua, los dientes, las manos en su nuca apretando. Rodrigo sintió que se hundía en ella, que el mundo se disolvía.
Cuando se separaron, jadeantes, los labios brillantes de saliva, Bárbara dijo:
—Te extrañé mucho.
Y lo volvió a besar.
Rodrigo tuvo un día lleno de morbo y deseo. Las amigas de Ayana. Las confesiones de Ayana. Y ahora esto. Su madre, hambrienta, contra su boca.
Ya no podía contenerse.
La levantó en vilo. Bárbara soltó una risa ahogada. La subió a la mesa del comedor. Los platos y las copas se corrieron, casi cayendo.
—Acá —dijo Rodrigo, la voz ronca—. Ahora. Quiero verte toda.
Bárbara no protestó. Lo ayudó a sacarse la camisa. Los botones volaron. Rodrigo tiró de su pollera, la bajó con los tacos y todo. Quedó en corpiño y tanga negros. La piel blanca contrastando con la tela oscura.
Rodrigo se sacó la remera. El pantalón. Quedó en bóxer, la erección evidente.
Bárbara lo miró y sus ojos verdes se hicieron más oscuros.
Desabrochó su corpiño. Los pechos grandes cayeron libres. Rodrigo los miró, los tocó, los apretó. Bárbara gimió.
Se besaron otra vez. Con más hambre. Las manos de Rodrigo le bajaron la tanga. Ella levantó las caderas para ayudarlo. Quedó completamente desnuda sobre la mesa, los platos fríos a un lado, las copas de vino a punto de caer.
Rodrigo se sacó el bóxer.
Su madre lo miró. Lo había chupado la noche anterior. Pero ahora era distinto. Ahora él iba a entrar en ella.
—Ven —dijo Bárbara, abriendo las piernas.
Rodrigo se puso entre ellas.
Ella lo envolvió con sus muslos, apretándole las caderas. La piel de ella caliente, húmeda. Rodrigo la besó en los labios una vez más, despacio, mientras su mano guiaba su miembro hacia la entrada.
Entró.
Despacio. Sin prisa. Los primeros centímetros sintió cómo ella se abría para él, cómo lo recibía. Bárbara le mordió el labio inferior, un mordisco suave que lo hizo estremecerse.
Salió casi todo. Entró otro poco. Salió. Entró.
Una y otra vez.
Bárbara arqueó la espalda, apoyó las manos en el borde de la mesa, los nudillos blancos. Rodrigo se inclinó y le besó el cuello, justo donde la sangre latía más rápido, caliente bajo la piel.
Sintió que ella temblaba.
Entonces hundió todo su miembro de una vez. Y comenzó a dibujar círculos lentos con la pelvis. El pubis frotando contra su clítoris. Bárbara gimió contra su boca, un gemido que se ahogó en el beso.
Él se inclinó hacia atrás. Cambió el ángulo. Empujó hacia arriba.
Bárbara lo agarró del pelo, lo hundió en ella.
—Otra vez así —susurró, la voz rota.
Rodrigo obedeció. Empujó otra vez hacia arriba, encontrando el punto. Bárbara gimió más fuerte. Él bajó la cabeza y chupó sus grandes pechos, mordió sus pezones, los succionó mientras seguía moviéndose dentro de ella.
La lengua le recorrió el cuello. Pequeños mordiscos. Bárbara se estremecía con cada uno.
Sus pechos rebotaban al ritmo de las envestidas. Rodrigo no podía dejar de mirarlos. Los pezones duros, la piel sudada.
—No pares —pidió ella—. No pares, no pares hijo.
Bárbara comenzó a mover sus caderas al ritmo de él. Encontraron un compás. Una sincronía. Los dos sudados, los dos jadeando, los dos rotos y enteros al mismo tiempo.
Ella llegó primero.
El orgasmo la sacudió entera. Los dedos se le clavaron en la espalda de Rodrigo. Las piernas le temblaron. La boca se le abrió en un gemido que no tenía forma.
Rodrigo la vio. El cuerpo de su madre retorciéndose de placer sobre la mesa del comedor. La imagen era tan obscena, tan hermosa, que ya no pudo más.
Empujó una última vez. Hondo. Y terminó dentro de ella.
El calor llenándola. Ella gimiendo suave, casi llorando. Él jadeando contra su cuello.
Se quedaron enganchados. Adentro. Sudados. Jadeantes.
Bárbara lo besó. Tiernamente. La lengua suave. Los labios temblorosos.
—Te espero en nuestra habitación —susurró, separándose apenas.
Se bajó de la mesa. Desnuda. Caminó hacia el pasillo, los muslos brillantes, los jugos de Rodrigo corriéndole por las piernas.
"No me entenderían", pensó mientras caminaba. "La sociedad no me entendería. Pero yo soy feliz".
Rodrigo la vio alejarse. El cuerpo de su madre desnudo, la piel blanca bajo la luz tenue, los jugos que goteaban.
Se levantó. También desnudo. También brillante. La siguió.
"Lo importante es que mamá sea feliz", pensó. Y la frase sonó tan cierta como cualquier otra verdad.
Esa noche hicieron el amor dos veces más.
La primera en la cama de Bárbara, despacio. La segunda ya casi de madrugada, cuando ninguno de los dos podía dormir y se buscaron en la oscuridad como animales heridos.
Bárbara se durmió con la cabeza apoyada en el pecho de Rodrigo. Él se quedó despierto un rato más, mirando el techo.
"La vida feliz de mamá recién empieza", pensó. "Y yo todavía no he hecho nada de lo que ya planeé".
Sonrió en la oscuridad.
Afuera, la noche seguía su curso.
Adentro, todo había cambiado para siempre.
Continuara...

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