La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 4

 


La luz gris de las siete de la mañana entraba por la ventana cuando Rodrigo abrió los ojos. No del todo. Solo lo necesario para levantarse, ir al baño, mear. La necesidad fisiológica más primitiva. 


Se incorporó con cuidado. La cama crujió. Bárbara dormía a su lado, desnuda, las sábanas enredadas en sus piernas. 


Rodrigo se quedó mirándola un segundo. 


El cuerpo de su madre después de una noche de sexo era una pintura decadente. Los pechos grandes descansaban sobre el colchón, aplanados por el peso, los pezones oscuros y todavía un poco hinchados por los mordiscos de horas antes. La piel blanca marcada aquí y allá por roces colorados. El vello púbico rubio, apenas un triángulo pequeño y prolijo —se lo depilaba siempre—, y más abajo, un rastro seco de lo que habían hecho. Sus jugos mezclados, resecos sobre la piel de sus muslos. 


La boca entreabierta, la respiración profunda. Parecía una muñeca rota, pero sonriente. 


Rodrigo fue al baño. Orinó en silencio. Se lavó las manos. Salió. 


Bárbara había abierto los ojos. 


Lo miró desde la cama, y en esa mirada él vio algo que no le gustó. Culpa. Ese brillito húmedo de quien se arrepiente antes de empezar el día. 


"No quiero que sufra", pensó. Y la orden llegó a sus labios como algo natural. 


Se sentó en el borde de la cama. La miró fijo. 


—No debes sentir culpa —dijo, la voz grave pero suave—. Solo felicidad y placer cuando estás a mi lado. 


Bárbara se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—Buenos días, amor —dijo, y su sonrisa apareció, limpia, sin sombras. 


Rodrigo se inclinó y la besó en la boca. Un beso corto. Cálido. Casi tierno. 


—Buenos días, ma —respondió. 


Se metió de nuevo en la cama, las sábanas frescas contra su piel. Bárbara miró el reloj de la noche y sus ojos verdes se abrieron. 


—¡Es re tarde! 


Se puso de pie de un salto. Desnuda, los pechos rebotando, el cuerpo todavía marcado por la noche. Rodrigo extendió la mano y le dio una nalgada al pasar. El sonido seco en la piel. 


—Nos desvelamos anoche —dijo, con una sonrisa. 


Bárbara se giró. Lo miró. Y los dos se rieron. Una complicidad nueva, peligrosa, deliciosa. 


—Me voy a bañar —dijo ella, y caminó hacia el baño moviendo las caderas. 


Rodrigo la miró hasta que la puerta se cerró. Luego cerró los ojos y volvió a dormirse. 

 

Ayana despertó a las nueve. El sol ya alto. Se sentó en la cama, se pasó las manos por la cara y recordó la noche anterior. Las preguntas de Rodrigo. Sus propias respuestas. Los tríos, el profesor, su fantasía más oscura. 


—"Le contó todo", pensó. "¿Por qué le conté todo?" 


Se levantó, se puso unos leggings y una remera holgada, recogió el pelo en el moño alto de siempre. Bajó al comedor con sus apuntes. Quería estudiar. Tenía parciales. Necesitaba mantener el promedio perfecto. 


Pero no podía concentrarse. 


Las palabras se movían en la página sin quedarse. Los conceptos legales se mezclaban con imágenes de la noche anterior: Rodrigo mirándola fijo, sus manos en la cintura cuando ella perdió el equilibrio, la forma en que había dicho "la más linda sos vos". 


—Está muy varonil — murmuró, apoyando la frente en el libro. Y enseguida se reprochó: "¿Qué decís, tonta?" 


Pero no podía dejar de pensarlo. 


Pasaron las horas. Las nueve, las diez, las diez y media. Ayana leyó el mismo párrafo siete veces. Se levantó, se sentó, se fue a la cocina a buscar agua, volvió, se sentó otra vez. Nada. 


"¿Qué me está pasando?", pensó. Y la respuesta llegó sola: "Quiero estar cerca de él". 


Se puso de pie. Fue a la habitación de Rodrigo. Vacía. 


Buscó en el living. Vacío. 


En el baño de abajo. Vacío. 


Subió las escaleras. Pasó por su cuarto, por el de Davinia, por el estudio de Bárbara. Vacío todo. Hasta que llegó a la puerta de la habitación de su madre. 


La abrió. 


Rodrigo estaba ahí. 


Roncaba con la panza grande subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Solo un bóxer. Las piernas abiertas. Un brazo sobre los ojos. Parecía dueño de esa cama. De esa habitación. De todo. 


"¿Qué hace en la cama de mamá?", pensó Ayana. Pero la pregunta se diluyó cuando Rodrigo abrió los ojos. 


—¿Qué necesitas, Ayana? 


Su voz era ronca, profunda. Sonaba segura. 


Ayana dudó. Tragó saliva. 


—¿Podemos tomar unos mates y charlar? 


"¿Por qué le estoy pidiendo permiso?", pensó. Pero la necesidad de estar cerca de él era más fuerte que cualquier pregunta. 


Rodrigo la miró. De arriba abajo. El atuendo de casa: leggings gastados, remera vieja, nada especial. 


—Así vestida no —dijo. Un silencio. —Primero date un baño —continuó—. Después ponete ropa interior blanca sensual. Y ahí tomamos unos mates. 


Ayana no supo qué responder. Su cerebro empezó a armar una protesta. Pero su cuerpo ya se estaba moviendo. Dio la vuelta. Salió de la habitación. 


"¿Qué estoy haciendo?", pensó mientras caminaba al baño. Pero siguió caminando. 

 

El agua caliente le cayó por el cuerpo y Ayana se dejó llevar. Se enjabonó despacio. Los brazos tatuados, los hombros definidos, el vientre plano. Sus manos recorrieron su cuerpo como si lo conocieran por primera vez. 


Pensó en Rodrigo. En la orden. "Ropa interior blanca sensual". ¿Por qué blanca? ¿Por qué sensual? 


No encontraba respuestas. Pero cuando salió de la ducha, fue directamente al placard y sacó el conjunto blanco: corpiño de encaje que apenas sostenía sus pechos, tanga que se perdía entre sus nalgas. Se lo puso. Se miró en el espejo. 


La piel morena contrastaba con el blanco puro. El moño alto, prolijo, dejaba su cuello al descubierto. Se perfumó detrás de las orejas, en las muñecas, entre los pechos. 


"Estoy loca", pensó. 


Bajó las escaleras. 


La cocina moderna la recibió con su luz blanca. Los ventanales enormes dejaban entrar el sol de la mañana, que se colaba a través de las cortinas translúcidas y dibujaba sombras suaves en los gabinetes blancos y la mesada de cuarzo claro. Las lámparas de vidrio sobre la isla brillaban como joyas flotantes. 


Ayana se quedó parada en el medio, sintiéndose expuesta. La ropa interior apenas la cubría. Sus piernas largas, sus nalgas paraditas, todo a la vista. 


"Sola en la cocina en tetas", pensó. Y la vergüenza la recorrió como un escalofrío. 


—¿Pusiste el agua para los mates? 


La voz de Rodrigo llegó desde atrás. Ayana se sobresaltó. Se giró. Él estaba ahí, apoyado en el marco de la puerta, mirándola. Vestía solo unos jogging negros y una remera. Pero en sus ojos había algo que la desnudaba más que su propia ropa interior. 


—No —dijo ella, la voz temblorosa—. Recién llego. 


Rodrigo arqueó una ceja. 


—¿Y qué estás esperando? 


Ayana se apuró. Puso la pava, la llenó de agua, la conectó. Sus manos temblaban un poco. Podía sentir la mirada de Rodrigo en su espalda, en sus nalgas, en las tiras del corpiño. 


"Obedeciendo sus órdenes", pensó. Y el pensamiento, en lugar de indignarla, le calentó el vientre. 


Preparó los mates. Le cebó el primero. Rodrigo lo tomó, bebió, y la miró por encima del borde de la bombilla. La devoraba con los ojos. Ayana sintió que se ruborizaba hasta el pecho. 


—¿Cómo te has sentido en estos últimos días? —preguntó él. 


Ayana pensó. Quería decir la verdad. 


—Me ha costado concentrarme para estudiar —admitió—. Pero aparte de eso… bien. 


Rodrigo sonrió. Una sonrisa lenta que le mostró los dientes. 


—Desde hoy mi palabra es la ley —dijo, mirándola fijo—. Y cuando estudies, te vas a concentrar como siempre. Vas a ser la misma chica estudiosa. Con la diferencia de que ahora yo soy tu dueño. Hasta que te diga lo contrario. 


Ayana se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Parpadeó. Todo se reacomodó en su cabeza como piezas de un rompecabezas que no recordaba haber armado. 


—¿De qué estábamos hablando? —preguntó, confundida. 


Rodrigo no perdió la calma. 


—Que ibas a traer la torta de la heladera para desayunar. 


—Ah, sí —dijo Ayana, y fue a la heladera. 


Sacó la torta. Decorada con crema batida y frutos rojos frescos, colocada sobre una bandeja blanca. La llevó a la mesada. Buscó un cuchillo. 


—Así no la comas —dijo Rodrigo. 


Ayana levantó la vista. 


—Ponete en cuatro en la mesada y cómela. 


La orden cayó en el silencio de la cocina como una piedra en agua quieta. 


Ayana sintió algo caliente recorrerle la espalda. Excitación. Pura. Sin disfraces. "No debería", pensó. Pero sus manos ya estaban apoyadas en el cuarzo claro. Sus rodillas encontraron el suelo. Sus nalgas quedaron en alto, la tanga blanca marcando el límite entre lo permitido y lo prohibido. 


Inclinada sobre la mesada, probó la crema con el dedo. El sabor dulce. La textura fría. Miró a Rodrigo. Él la miraba fijo. 


Y entonces se sacó el miembro. 


Ayana vio aparecer la erección, el glande grande, las venas marcadas. Rodrigo pasó crema por toda la longitud. La espolvoreó con frutos rojos. 


—Comé de acá —dijo, y en su voz había un desafío—. ¿O no te animás? 


Ayana no dudó. 


Se llevó la boca al miembro de su hermano. Lamió la crema con pequeños movimientos de lengua, como una gatita. Se sintió sucia. Y cuanto más sucia se sentía, más se excitaba. 


La lengua recorrió el glande. Se metió en la ranura. Rodrigo gimió apenas. Ayana succionó la cabeza con ganas, los labios apretando. Besitos pequeños y juguetones por todo el pene. Un lento y húmedo arrastre de su lengua por la longitud completa. 


Rodrigo la miró desde arriba, con sus ojos oscuros. 


—¿Te gusta mi sabor? 


Ayana levantó la mirada. Sus ojos grandes y cafés brillaban. 


—Sí —respondió. 


Y se tragó el miembro un poco más. 


Rodrigo sintió que se volvía loco. Su hermana, la que siempre lo había humillado, ahora de rodillas, con su boca alrededor de él, en ropa interior blanca como una novia perversa. Pero quería más. 


La agarró de los pelos. El moño alto se aflojó, el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros. La hundió en él. Se lo hizo tragar todo. 


Ayana se ahogó. Tosió, los ojos llenos de lágrimas. Cuando pudo respirar, jadeó: 


—Ah… ah… 


—Te ves linda calladita y sumisa —dijo Rodrigo. 


Ayana sintió que se derretía. "Siempre me gustaron los hombres dominantes", pensó. Y la suerte era que solo se lo había contado a él. Ahora él lo sabía. Y lo estaba siendo. 


"Gracias por escucharme", pensó, y volvió a su tarea. 


Una de sus manos bajó a su entrepierna. La tanga blanca ya estaba empapada. Se tocó mientras chupaba. Los dedos encontraron el clítoris, mojado, sensible. Comenzó a frotar en círculos, el ritmo de su mano abajo sincronizado con el movimiento de su boca. 


El orgasmo llegó rápido. Apenas unos minutos. Ayana gimió contra el miembro de Rodrigo, su cuerpo temblando de rodillas, los dedos apretando su propia carne. 


Rodrigo sintió cómo ella se estremecía. Y ya no pudo más. 


La agarró de los pelos otra vez. La hundió. Terminó en su boca. Ayana sintió el calor llenarla. Se tragó todo. El sabor. La crema. La humillación. Todo mezclado. 


Cuando terminaron, quedaron en silencio. Solo la respiración agitada de los dos. Ayana seguía de rodillas, la cara húmeda, la ropa interior blanca arruinada. 


—Andá a tu cuarto a estudiar —dijo Rodrigo, la voz recuperando la calma—. Hasta que te dé una nueva orden. 


Ayana se puso de pie con las piernas temblorosas. Salió corriendo de la cocina. 


En el pasillo, se detuvo. Apoyó la espalda en la pared. Cerró los ojos. 


"¿Qué hice?", pensó. "¿Qué soy?" 


Pero sabía la respuesta. Había hecho lo que quería hacer. Era lo que quería ser. 


Y le había encantado. 

 

La puerta principal se abrió con un golpe. 


—¡Llegué! 


La voz de Davinia llenó el vacío de la casa. Rodrigo se puso de pie rápido, se acomodó los jogging, pasó una mano por su boca para limpiar cualquier rastro. 


Davinia entró arrastrando dos maletas grandes. Dieciocho años, el cuerpo atlético de una gimnasta artística. Los pechos medianos, casi pequeños, apenas se marcaban bajo la remera de entrenamiento. Pero las piernas eran otra historia: largas, musculosas, definidas como esculpidas en madera. Las nalgas redondas y firmes, como dos manzanas apretadas bajo el jogger gris. 


Su rostro tenía algo de Bárbara: los pómulos altos, la mandíbula marcada. Pero los ojos eran diferentes, de un castaño más claro, casi dorado. El pelo castaño claro recogido en una cola de caballo. La expresión seria. Concentrada. Siempre concentrada. 


—Hola —dijo, apenas mirando a Rodrigo. 


Y siguió caminando hacia el pasillo. Como si él fuera un mueble. Un estorbo. Nada. 


Rodrigo sintió la furia crecerle en el pecho. "Mi hermana menor. Una semana sin verme. Y me dice 'hola' como si fuera el repartidor". 


Caminó hacia ella. La agarró del brazo. Davinia se giró, sorprendida. 


Rodrigo la miró fijo a los ojos. Los dorados. Los fríos. 


—Me vas a empezar a respetar como el hombre de esta casa —dijo, la voz baja, filosa—. Y me vas a empezar a ver como un hombre confiable. 


Davinia se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—Bueno, me voy a mi cuarto —dijo, con la misma voz plana. 


Y siguió caminando. 


Rodrigo la vio alejarse. Las nalgas moviéndose bajo el jogger. Las piernas largas. La juventud en cada paso. 


"¿Vos serás igual de putita que Ayana?", pensó. 


Sonrió. 


Y volvió a la cocina a terminar su mate, mientras en el piso de arriba, Ayana se sentaba frente a sus libros sin poder leer, con el sabor de su hermano todavía en la boca, y Davinia cerraba la puerta de su habitación sin saber que acababa de entrar a un territorio que ya no era suyo.

 


Continuara... 

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