La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 5

 


Rodrigo siguió tomando mates en el comedor, solo, con la luz del mediodía cayéndole en la nuca. Los labios de Ayana todavía le ardían en la memoria. El calor de su boca, la forma en que había lamido la crema, la sumisión en sus ojos cuando él la agarró de los pelos. 


— El día recién empieza —murmuró para sí mismo, dando un sorbo largo—. "Y hay muchas mujeres en el mundo que necesitan la ayuda de mi poder para encontrar la felicidad". 


Sonrió contra la bombilla. 


Agarró el celular. Scrolleó sin rumbo. Fotos de chicas hermosas, sonrisas perfectas, vidas inalcanzables. Pero él ya no era el mismo perdedor de antes. El poder estaba ahí, latente, esperando ser usado. El problema era el contacto: sus órdenes solo funcionaban si miraba a los ojos. Las redes sociales no servían. 


Necesitaba mujeres reales. 


Entonces recordó a la profesora. 


Marcela. Treinta años. Le había dado clases en uno de sus tantos cursos fallidos. Administración de empresas. Ella también trabajaba en una consultora de trabajo. Rodrigo la había visto pocas veces, pero sabía que era joven, que necesitaba plata, que siempre respondía los mensajes. 


Le escribió: 


"Profesora Marcela, ¿cómo está? Andaba con ganas de hacer un nuevo curso con usted. El anterior me sirvió muchísimo. Pago lo que sea." 


La respuesta llegó rápido. Como si ella llevara horas esperando un mensaje así. 


"¡Rodrigo! Qué alegría saber de vos. ¿Qué curso te interesaría?" 


"Prefiero charlarlo en persona. ¿Podemos vernos hoy? Le transfiero seña ahora mismo." 


No esperó respuesta. Transfirió una suma generosa. Cinco segundos después, el mensaje de ella: 


"Sí, claro. En una hora en el café de siempre, ¿te parece?" 


Rodrigo sonrió. Se puso de pie. Y antes de salir, se miró en el espejo del pasillo. Sus ojos. Su poder. 


—"Vamos" —dijo. 

 

El café quedaba a veinte cuadras. Rodrigo fue caminando, el sol castigándole los hombros. Cuando llegó, la vio sentada en una mesa cerca de la ventana, con un cuaderno abierto y un café humeando frente a ella. 


Marcela. 


Rodrigo se detuvo un segundo en la entrada para mirarla. Treinta años, el cuerpo de una mujer que todavía recuerda cómo ser joven pero ya sabe lo que quiere. El cabello negro y lacio, cortado justo debajo de la mandíbula, con un flequillo que le rozaba las cejas. Los ojos verdes, del mismo tono que los de Bárbara, pero más oscuros, más hondos. La piel blanca, sin una sola marca. Vestía un traje sastre azul marino, la pollera ajustada hasta las rodillas, una camisa blanca abrochada hasta el cuello. Pero abajo, los pies enfundados en zapatos negros de taco bajo. 


Labios pintados de rojo pálido. Un collar fino en el cuello. 


Rodrigo respiró hondo. Caminó hacia ella. Se detuvo frente a la mesa, sin sentarse. 


Marcela levantó la mirada y sonrió. Iba a decir algo. Pero Rodrigo la miró fijo a los ojos verdes. Profundo. Hipnótico. 


—Desde ahora —dijo en voz baja— vas a confiar en mí como nadie en este mundo. Y vas a querer complacerme. 


Marcela se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—¡Rodrigo! —dijo, como si recién lo reconociera—. Pasá, sentate. Hace cuánto. 


Rodrigo se sentó frente a ella. Pidió un café. Charlaron de cosas banales: el clima, la ciudad, los cursos anteriores. Marcela reía con facilidad, se inclinaba hacia adelante cuando él hablaba, le tocaba la mano cuando hacía una broma. 


"Las órdenes tardan" pensó Rodrigo "Pero ya está sembrada la semilla". 


Tomaron café. Charlaron una hora. Cuando se despidieron, Marcela le dijo: 


—La semana que viene empezamos las clases particulares, ¿sí? Me encanta enseñarte. 


—La semana que viene —repitió Rodrigo, estrechándole la mano más tiempo del necesario. 


Salió del café con una sonrisa. Una más en su colección. Una más que caería. 

 

La casa de David quedaba a quince cuadras en dirección opuesta. Rodrigo llegó con el sol cayendo, llamó a la puerta tres veces hasta que escuchó pasos arrastrándose por dentro. 


David abrió. 


Treinta años, pero parecía cuarenta. Flaco, pero no de manera saludable: flaco como quien se olvida de comer porque está todo el día encerrado. La piel pálida, casi traslúcida, con manchitas rojas en los pómulos. El pelo castaño escaso, peinado con gomina barata que no lograba ocultar que se le estaba cayendo. Los ojos marrones, pequeños, hundidos en cuencas oscuras. Las orejas demasiado grandes. Una barba rala y mal recortada que no lograba ocultar su mandíbula débil. 


Vestía un buzo gris con manchas de café y unos pantalones deportivos rotos en la rodilla. 


—Ah, sos vos —dijo David, y se hizo a un lado—. Pasá. 


La casa olía a encierro y a frituras viejas. Las cortinas bajas. Una tele enorme prendida en un canal de noticias. La consola conectada. 


—Viciemos —dijo Rodrigo, sentándose en el sillón roto. 


Jugaron horas. Gritaron. Se rieron. Rodearon pistas, mataron monstruos, perdieron y ganaron y perdieron otra vez. 


Después, David puso los mates. Bizcochitos de grasa sobre la mesa. 


—Estoy harto de todo, loco —dijo David, cebando—. Sabés lo que me pasa. 


Rodrigo tomó el mate. 


—Decime. 


—Las universitarias. No puedo evitarlo. Las veo caminar por la calle con sus mochilas, sus piernas jóvenes, esa forma de reírse de todo… y me vuelvo loco. Tengo treinta, podría salir con una, pero no quiero una. Quiero todas. 


Rodrigo lo miró en silencio. 


—Me cagan a puteadas en internet —siguió David, con la voz rota—. Me arruinaron la vida por un par de mensajes. Pero no entienden. No es acoso. Es… admiración. Respeto. Las veo y siento que son arte. 


Rodrigo apoyó una mano en el hombro de su amigo. 


—Voy a buscar la forma de ayudarte —dijo—. Vas a poder tener tu harén de universitarias. 


David se rió. Una risa amarga, sin alegría. 


—Sos un buen amigo, Rodrigo. Me hacés el aguante. Pero no creo que se pueda. 


—Ya vas a ver —dijo Rodrigo. 


Se quedaron en silencio un rato, tomando mates. Rodrigo miró a su amigo y pensó: "Vos también vas a ser feliz. Todos los perdedores vamos a ser felices". 

 

Cuando Rodrigo llegó a su casa, la noche ya había caído. 


Las luces del comedor estaban prendidas. Voces. Risa. Entró y las vio: Bárbara, Ayana y Davinia sentadas alrededor de la mesa vacía, con copas de vino, charlando como hacía años no se las veía. 


—Llegó el hombre —dijo Bárbara, y su voz sonó distinta. Cálida. Casi feliz. 


—Hola, Rodri —dijo Ayana, y su mirada brilló de una forma que Davinia notó. 


—Hola —dijo Davinia, y su tono fue plano, confundido. 


Rodrigo se acercó a la mesa. Saludó a su madre con un beso en la mejilla. Se sentó entre Ayana y Bárbara. Davinia los miraba a los tres como si fueran desconocidos. 


"¿Qué les pasa a estas?", pensó. "¿Desde cuándo lo tratan así al perdedor?" 


Pero no dijo nada. Se quedó en su rincón de la mesa, con su copa de vino, observando. 


Rodrigo se inclinó hacia Ayana. Tan cerca que su aliento le rozó el lóbulo de la oreja. 


—Andá a ponerte una falda corta —susurró—. Sin ropa interior. 


Ayana se puso de pie de golpe. 


—Ah, me olvidaba de un apunte en mi habitación —dijo, y se fue con pasos rápidos. 


Davinia arqueó una ceja. 


Bárbara sonrió como si nada. 


La cena fue un ritual extraño. Los platos pasaron de mano en mano. Las conversaciones giraron todas hacia Rodrigo. Cómo le había ido en el día, qué había hecho, adónde había ido. 


—Fui a ver a David —dijo Rodrigo, y Bárbara asintió como si fuera la decisión más sensata del mundo. 


—Me alegra que tengas amigos fieles —dijo ella. 


Davinia la miró. "¿Fieles? ¿El acosador y el borracho?", pensó. Pero se mordió la lengua. 


Ayana volvió con una falda negra, corta, que dejaba ver el inicio de sus muslos. Se sentó junto a Rodrigo como si nada. Davinia notó que se movía con incomodidad, como si algo le rozara donde no debía. 


"¿Por qué no lleva ropa interior?", pensó. Y se asustó de su propio pensamiento. 


La cena terminó. Davinia se excusó y se fue a su habitación con una mezcla de confusión y algo que no quería nombrar. Ayana también se fue, diciendo que tenía que estudiar. 


Rodrigo y Bárbara se quedaron solos en el comedor. 


—Mamá —dijo Rodrigo, mirándola—. ¿Te molestaría que me acueste con otras mujeres? 


Bárbara lo miró. Sus ojos verdes se movieron, buscando algo en el rostro de su hijo. El silencio se hizo denso. 


—Mientras te haga feliz —dijo al fin, en voz baja—. Y mientras sigas durmiendo en mi habitación… no. 


Rodrigo la besó en la boca. Un beso profundo. Un agradecimiento. Una promesa. 


Luego se levantó y caminó hacia el pasillo. 


Bárbara se quedó sentada, con los labios aún calientes, y pensó: "¿Qué estoy permitiendo?". Pero la respuesta no llegó. 

 

Rodrigo abrió la puerta de la habitación de Ayana sin golpear. 


Ella estaba sentada en el escritorio, espalda recta, los apuntes frente a ella. Vestía la falda corta negra, una remera blanca anudada en la cintura, el moño alto prolijo. Concentrada. Gracias a la orden de Rodrigo, ya no se desconcentraba al estudiar. 


No lo escuchó llegar. 


Rodrigo se acercó por detrás. La besó en el cuello. Justo donde el latido era más fuerte. 


Ayana dejó escapar un gemido. 


—No te vi venir —susurró. 


Rodrigo no respondió. La levantó de la silla. La llevó contra la pared. El cuerpo de ella contra el suyo. La falda corta se le subió sola. 


Le levantó la falda. Las nalgas desnudas quedaron al aire. Sin ropa interior. 


—Así me gusta —dijo Rodrigo. 


Ayana apoyó las manos en la pared. Los dedos abiertos. Esperando. 


Rodrigo abrió sus nalgas. Vio el ano. Cerrado. Apretado. Nunca nadie había entrado ahí. Ella misma lo había dicho la noche anterior: "Mi culo no se lo entregué a nadie". 


Pero él no era nadie. Él era su dueño. 


Se sacó el miembro. Ya duro. Escupió en su mano, se lo pasó por la punta. Empujó. 


La cabeza entró apenas. Ayana gritó. Pero se mordió la mano. No quería que nadie la escuchara. 


—Estás muy apretada —dijo Rodrigo, y su voz sonó ronca, maravillada. 


Ayana no respondió. Le dolía. Era la primera vez que alguien entraba ahí. Pero era un dolor agradable. Un dolor que le decía "esto es mío, esto es él, esto es ahora". 


Rodrigo se quedó quieto. Sólo movía la cadera despacio, entrando y saliendo apenas un par de centímetros. Sentía cada milímetro. La resistencia. La entrega. 


Lamió el cuello de Ayana. Le mordió el lóbulo de la oreja. Con una mano apoyada en la pared, con la otra le sujetó los pelos. El moño se deshizo, el cabello oscuro cayó sobre su espalda. 


Entonces comenzó. 


Empujones rápidos. Cortos. Constantes. Como un pistón. Ayana arañó la pared. Las uñas dejando marcas en la pintura. Rodrigo sentía cómo ella se abría, cómo dejaba de resistir, cómo empezaba a moverse al ritmo de él. 


"Mi hermano está tomando lo que nadie tomó”. pensó Ayana, y el morbo la recorrió entera. La excitación creció como una fiebre. Cada embestida era una afirmación: "sos mía, sos mía, sos mía". 


Rodrigo se volvió salvaje. Sacó el miembro por completo. Lo volvió a meter entero de una vez. 


Ayana sintió el vacío y luego la plenitud. Como si la partieran al medio. Como si la rearmaran distinta. 


El orgasmo llegó sin avisar. Ayana se tensó, arqueó la espalda, la boca abierta en un gemido mudo. Las piernas le temblaron. Las manos se le despegaron de la pared. 


Rodrigo sintió cómo ella se apretaba alrededor de él. Cómo lo succionaba desde adentro. Y ya no pudo más. 


Terminó dentro de su culo. El calor. El espeso. La sensación de haber llenado lo vacío. 


Se quedaron quietos, enganchados. Jadeando. 


Rodrigo apoyó la frente en la nuca de Ayana. El sudor de ella en su piel. 


—¿Te gusta cómo te trata tu hermano? —preguntó, sin separarse. 


Ayana tardó en responder. Su voz sonó rota, sincera. 


—Me encanta —susurró—. ¿Por qué no me tratabas así antes? 


Rodrigo no respondió. Le dio una nalgada. Fuerte. Seca. 


Salió de ella. 


Ayana cayó al piso. De rodillas, después de costado. Agotada. Sudada. La falda subida, el cuerpo marcado, el ano abierto. 


Rodrigo se agachó. Le tocó el cabello. Con ternura. Casi con cariño. 


—Estudiá —dijo. Y se fue. 


Ayana se quedó en el piso, escuchando la puerta cerrarse. El silencio. El latido de su propio corazón. 


—Me encanta —repitió en voz baja. Y la frase sonó a condena y a bendición al mismo tiempo. 

 

Rodrigo entró a la habitación de Bárbara. 


Ella estaba en la cama, esperándolo. El camisón negro, el que sabía que a él le gustaba. Las piernas cruzadas. Los labios pintados de rojo. 


—Me baño y vengo —dijo Rodrigo. 


—Apúrate —respondió ella, con una sonrisa cómplice. 


Rodrigo entró al baño de su madre. Abrió la ducha. El agua caliente le cayó por el cuerpo, lavando el sudor de Ayana, los rastros de lo que había hecho. Pero en su mente, las imágenes seguían ahí. Marcela. David. Davinia en el pasillo. Ayana en el piso. 


"Más", pensó. "Quiero más". 


Salió de la ducha. Se secó. Fue a la cama. 


Bárbara lo recibió con los brazos abiertos. 


Le hizo el amor despacio. Distinto a la noche anterior. Sin la urgencia de la mesa del comedor. Sin la violencia de la orden. Con algo que se parecía al cariño, aunque ninguno de los dos se atreviera a llamarlo así. 


Rodrigo terminó dentro de ella, y Bárbara lo abrazó fuerte, como si fuera a desaparecer. 


Se durmieron enganchados. Rodrigo con la cabeza en el pecho de su madre. Bárbara con los dedos enredados en el pelo de su hijo. 


Y en la habitación de al lado, Ayana seguía despierta, mirando el techo, con el sabor de la primera vez en el cuerpo y la certeza de que ya no había vuelta atrás. 


En la otra punta del pasillo, Davinia escuchaba las pisadas, las puertas, los silencios. Y se preguntaba por qué, por primera vez en su vida, se sentía sola en su propia casa. 

 


Continuara... 

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