La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 6

 


Bárbara despertó esa mañana con una sensación que hacía años no sentía: paz. 


Miró a Rodrigo durmiendo a su lado, la boca entreabierta, la panza subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Hacía apenas unos días a que él dormía en su habitación. Desde la primera vez, el mundo se había vuelto más pequeño y más grande al mismo tiempo. 


Se levantó en silencio. Se bañó. Se vistió. Antes de irse a la oficina, se quedó un momento mirándolo. Su cuerpo de gordito. Sus brazos sin músculo. Su cara común. 


"Lo amo", pensó. Y la palabra ya no le daba miedo. 


Salió de la habitación con una sonrisa que no pudo ocultar. En el pasillo, se cruzó con Ayana. 


—Buen día, mamá —dijo Ayana, y su voz sonó distinta. Más suave. Menos filosa. 


—Buen día, hija —respondió Bárbara. 


Y las dos mujeres se miraron un segundo de más. Cómplices sin saberlo. Amantes del mismo hombre sin saber que lo eran. 


Ayana se fue a la universidad con su mochila al hombro y una falda larga que Bárbara no recordaba haberle visto. En el auto, Ayana pensó en Rodrigo. En la noche anterior. En cómo la había tratado contra la pared. En cómo se había sentido rota y armada de nuevo. 


Se tocó el cuello. Extrañaba algo que todavía no tenía. 


Davina fue la última en despertar. Bajó al comedor con sus joggers de entrenamiento y una remera holgada. La casa estaba vacía. El desayuno servido sobre la isla de cuarzo. Un papel pegado en la heladera: "Hija, hay torta y fruta. Te queremos. Mamá". 


Davina leyó el mensaje tres veces. "Te queremos". En plural. Como si incluyera a Rodrigo. 


—"Qué raro todo" —pensó mientras se servía un jugo. 


Pero no pudo evitar sonreír. 

 

Rodrigo despertó cerca del mediodía. La cama de Bárbara ya estaba fría del lado de ella. Se estiró, bostezó, se quedó un rato mirando el techo. 


"Un día más", pensó. "Un día más de poder". 


Se duchó, se puso unos jogging y bajó al comedor. Prendió la pava para los mates. Estaba cebando el primero cuando escuchó la puerta principal. 


Davinia entró con la ropa de entrenamiento pegada al cuerpo por el sudor. Las piernas largas y musculosas brillaban bajo la luz del mediodía. Las nalgas redondas marcadas por el lycra. El cabello castaño claro mojado, pegado a la nuca. 


Lo vio. 


Y algo en su mirada cambió. 


No era el desprecio de siempre. No era la indiferencia. Era incomodidad. Algo nuevo. Algo que no sabía cómo manejar. 


—Hola, Rodri —dijo, y su voz sonó extrañamente baja. 


—Hola, Davi —respondió él, y en su tono había una calma que a ella le pareció peligrosa. 


Rodrigo la miró fijo. Ella no pudo sostener la mirada. Bajó los ojos, los subió, los volvió a bajar. 


—Me voy a bañar —dijo. 


Rodrigo se puso de pie. Se acercó a ella. Demasiado cerca. Davinia sintió el olor a jabón de él, el calor de su cuerpo. 


—Desde hoy —dijo, mirándola a los ojos dorados— vas a tenerme más confianza que nadie en la vida. Me vas a contar todo de vos. Hasta tu secreto más oscuro. 


Davinia se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Se fue caminando rápido hacia las escaleras. 


Rodrigo la vio subir. Las nalgas moviéndose bajo el lycra. Las piernas de atleta. La espalda recta. 


—"Paciencia" —pensó—. "Ya va a llegar". 

 

El celular vibró. 


Rodrigo lo agarró. Mensaje de Ayana: "Ya llegué a la facu. ¿Todo bien?" 


Sonrió. Escribió: 


"Perrita, pasame unas fotos de tus tetas." 


La respuesta llegó segundos después. Una foto. Sus pechos apretados por el corpiño, el escote de la blusa dejando ver la sombra del encaje. 


Ayana estaba en el baño de la universidad. Se había encerrado en un cubículo. El corazón le latía rápido. Sabía que estaba mal. Sabía que debería sentir vergüenza. Pero la excitación le quemaba el vientre. 


El teléfono vibró otra vez. 


"Sacate el corpiño." 


Ayana obedeció. Se sacó el corpiño por debajo de la blusa. Otra foto. Los pezones duros, la piel morena, la luz fluorescente del baño. 


"Pellizcatelos." 


Ayana se pellizcó los pezones. Gimi en silencio. Sacó la foto. 


"Bien. Ahora la tanga. Sacatela." 


Ayana se bajó la tanga. La guardó en la mochila. Otra foto: sus piernas cerradas, la falda larga, pero sin nada abajo. 


"Desde hoy no usas más ropa interior. Nunca. ¿Entendiste, perrita?" 


Ayana escribió con dedos temblorosos: "Sí, mi amor." 


Salió del baño con las mejillas encendidas, el sexo mojado rozando la tela de la falda, y una felicidad absurda creciéndole en el pecho. 


"Estoy loca", pensó. "Pero soy feliz". 

 

Las notificaciones llegaron una detrás de otra. 


Eiko. Fátima. Galina. 


Las tres amigas de Ayana le habían enviado solicitud de amistad en redes sociales. Rodrigo las aceptó sin dudar. Las tres querían conocerlo mejor. La orden que les había dado días atrás seguía funcionando. 


Les escribió a cada una por separado. 


A Eiko: "Me gustó mucho conocerte el otro día. Me encantaría charlar más tranquilos. ¿PODEMOS tomar un café hoy?" 


A Fátima: "No puedo dejar de pensar en tus ojos. ¿Te animás a un café esta tarde?" 


A Galina: "Sé que sonó raro el otro día. Quiero compensarlo. ¿Un café, de mi cuenta?" 


Las tres respondieron rápido. Todas aceptaron. Sin preguntar mucho. Sin poner excusas. 


"La necesidad de acercarse a mí", pensó Rodrigo. "Funciona perfecto". 


Las citó en el mismo café, con una hora de diferencia entre cada una. Marcela, la profesora, trabajaba cerca. Podía aprovechar. 


Se fue caminando, con el sol en la nuca y una sonrisa en la cara. 

 

El café era pequeño, de esos que solo conocen los que trabajan en la zona. Rodrigo pidió una mesa en el fondo, cerca del baño. Alejada. Íntima. 


Eiko llegó primero. 


Rodrigo la vio entrar y el aire se le espesó en los pulmones. La había visto días atrás, pero ahora la miraba con otros ojos. Morocha, el pelo largo y lacio hasta la cintura, tan negro que parecía azul bajo ciertas luces. La piel morena, sin una sola imperfección. El cuerpo delgado pero con curvas: caderas anchas, cintura pequeña, unos pechos que parecían querer escaparse del vestido corto color verde esmeralda. Las piernas largas, torneadas, calzadas con botines de taco aguja que la hacían caminar como una modelo. 


Los ojos negros, profundos. Los labios gruesos pintados de un rojo oscuro. 


—Hola —dijo, sentándose frente a él—. Qué lindo que me hayas escrito. 


Rodrigo pidió dos cafés. Charlaron de cosas banales: el calor, la ciudad, Ayana. Eiko reía con facilidad, se inclinaba hacia adelante, le tocaba la mano cuando quería enfatizar algo. 


Después de veinte minutos, Rodrigo la miró fijo. 


—Desde hoy —dijo, en voz baja— vas a sentir atracción por mí. Y vas a confiar ciegamente. Hasta contarme tus secretos más oscuros. 


Eiko se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—¿Viste el partido de anoche? —preguntó, como si nada—. Qué aburrido. 


Rodrigo sonrió. 


—No miro fútbol. 


—Mejor —dijo ella—. Así podemos hablar de cosas lindas. 


Se despidieron con un abrazo que duró un segundo de más. 

 

Fátima llegó media hora después. 


Pelo rojo intenso cortado a los hombros, pecas en la nariz, la piel blanca como la leche. Usaba un vestido negro ceñido, sin mangas, que dejaba ver sus brazos delgados y sus hombros huesudos. El vestido terminaba muy arriba, mostrando unas piernas largas y blancas, calzadas con sandalias de tiras plateadas. 


El cuerpo de Fátima era distinto al de Eiko: más anguloso, más peligroso. Las caderas estrechas, los pechos pequeños apenas marcados, pero la cintura era tan fina que parecía dibujada a lápiz. Los labios rojos, los ojos verdes, el cabello rojo cayendo sobre su cara como una cortina. 


—Me alegra que me hayas escrito —dijo, sentándose—. Ayana habla mucho de vos. 


—¿Sí? —preguntó Rodrigo—. ¿Qué dice? 


—Que cambiaste. Que estás más seguro. 


Fátima lo miró por encima de la taza de café. Rodrigo sintió el peso de esos ojos verdes. Pero no dudó. 


Charlaron. Ella era más seria que Eiko, menos efusiva. Pero cuando Rodrigo la miró fijo y le dio la orden, su rostro se relajó. 


Un segundo. 


Dos. 


—El café está muy bueno —dijo ella, y sonrió por primera vez. 


Rodrigo supo que había funcionado. 

 

Galina llegó al atardecer. 


Alta, rubia, ojos claros. El cuerpo de una gimnasta: hombros anchos, espalda marcada, brazos delgados pero fibrosos. Los pechos pequeños, casi inexistentes bajo la blusa blanca transparente que dejaba ver el corpiño negro. Las piernas largas, musculosas, enmarcadas en un short de jean que apenas cubría el inicio de sus nalgas. 


La piel bronceada, sin una sola marca. El cabello rubio casi blanco, atado en una cola de caballo alta. Los labios finos, pintados de rosa pálido. Las manos grandes, con uñas cortas y sin esmalte. 


Galina era la más callada de las tres. Se sentó frente a Rodrigo y esperó. No hizo preguntas. No sonrió. 


Rodrigo la miró fijo. Dio la orden. 


Galina se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—¿Vamos a encontrarnos de nuevo? —preguntó, con voz plana. 


—Pronto —dijo Rodrigo. 


Ella asintió. Se fue sin mirar atrás. 


Rodrigo se quedó solo en el café, con tres mujeres más en su colección. 

 

El parque quedaba a diez cuadras. Rodrigo fue caminando, con el celular en la mano. 


"Perrita, ven al parque, que está cerca de casa." 


La respuesta de Ayana llegó rápido: "Voy." 


Él llegó primero. Se sentó en un banco, cerca de los árboles más viejos. El sol se estaba poniendo, pintando todo de naranja. Gente caminando. Perros. Chicos en bicicleta. 


Ayana apareció por la senda. Caminaba rápido, las piernas largas moviéndose bajo la falda larga. El moño alto prolijo. Los brazos tatuados al descubierto. 


Se acercó. No dijo nada. Se besaron. 


Fue un beso largo, húmedo, de amantes. Rodrigo sintió la lengua de Ayana, sus manos subiéndole por el pecho. Ella sintió el sabor del café en él, la seguridad de sus brazos alrededor de su cintura. 


Cuando se separaron, estaban jadeando. 


—¿Te duele la cola? —preguntó Rodrigo, en voz baja. 


Ayana se sonrojó. Pero no pudo mentir. La orden no se lo permitía. 


—Sí —dijo—. Un poco. Pero… 


—¿Pero? 


—Quiero volver a hacerlo. 


Rodrigo sonrió. 


—Es normal que duela al principio. Si lo hacés seguido, ya no te va a doler. 


Ayana lo miró a los ojos. Los cafés, grandes, brillantes. 


—Hacémelo seguido, entonces. 


Rodrigo la agarró de la mano. La llevó hacia los árboles más grandes, los que estaban al fondo del parque, donde la gente no llegaba. Todavía se escuchaban voces de lejos, risas de chicos, el ladrido de un perro. Pero ellos estaban solos. O casi. 


La apoyó contra el tronco áspero. La falda larga se levantó. Las piernas de Ayana quedaron al descubierto. Rodrigo le besó el cuello. Despacio. Con ternura. 


No como la noche anterior. No con violencia. Sino con algo que se parecía al cariño. 


Sus manos le recorrieron el cuerpo. Le tocaron las nalgas desnudas. Sin ropa interior. Sin nada. Ayana gimió. Él le pellizcó los pezones por encima de la blusa, y ella arqueó la espalda. 


—Tenemos que ser rápidos —susurró Rodrigo—. Alguien puede vernos. 


—Mejor —respondió Ayana—. Que nos vean. 


Rodrigo se sacó el miembro. Ayana estaba empapada. Escupió en su mano y se lo pasó. Luego, despacio, apoyó la cabeza de su miembro en el ano de su hermana. 


Empujó. 


Ayana gimió. Dolor y placer mezclados. Rodrigo entró despacio, milímetro a milímetro. Con ternura. Sin apuro. 


—¿Te duele? —preguntó. 


—Sí —respondió ella, con la voz rota—. Pero no pares. 


Rodrigo siguió entrando. Movimientos suaves. Profundos. Ayana sentía cada centímetro. Cada latido. 


La mano de él le acarició la nuca. Le susurró al oído: 


—Sos mía, ¿entendiste? 


—Sí —respondió ella. 


—¿De quién sos? 


—Tuya. 


—¿Y qué sos? 


—Tu perra. 


Rodrigo la mordió suavemente en el hombro. Ayana sintió que se deshacía. A pesar del dolor, comenzó a moverse hacia atrás, buscando más. Quería que él entrara todo. Quería sentirlo completo. 


Rodrigo se la sacó por completo. Ayana sintió el vacío. Contuvo la respiración. 


Él volvió a entrar. De golpe. Hasta el fondo. 


Ayana apoyó la frente en el árbol. Gimio. Un gemido que se perdió en la corteza. Rodrigo le agarró las dos muñecas con una mano, inmovilizándola contra el tronco. La otra mano se la llevó a la garganta. Sin apretar. Solo apoyada. 


Con la cadera empezó a empujar. Movimientos cortos. Profundos. Duros. 


El árbol temblaba. Las hojas caían sobre ellos. Ayana sentía que se iba a desmayar. De placer. De dolor. De todo. 


—Rodrigo —lloró su nombre. 


Él le tiró del pelo hacia atrás. La obligó a mirar el cielo naranja. Le dio una nalgada. Seca. Fuerte. 


—No te calles —dijo—. Quiero que todos sepan. 


Ayana se mordió la mano. No quería que la escucharan. Pero cada embestida le arrancaba un gemido. Rodrigo salía casi del todo y volvía a entrar con fuerza. Una y otra vez. Las hojas seguían cayendo. 


Ayana llegó al orgasmo primero. Se deshizo contra el árbol, las piernas temblorosas, la boca abierta en un grito mudo. Rodrigo sintió cómo se apretaba alrededor de él. Cómo lo succionaba. 


Aceleró. Sin pausa. La cadera golpeando contra sus nalgas. 


—Eres una muy buena perra —dijo, la voz ronca. 


Ayana quiso responder, pero los gemidos no la dejaban. Se tapó la boca con la mano libre. Rodrigo le apretó la garganta. Suavemente. Con la mano que tenía en el cuello. 


Y terminó. Dentro de ella. Como un animal. Pegado a su espalda. 


El calor llenándola. Ella temblando. Él jadeando. 


Se quedaron pegados un momento, respirando juntos. Luego Rodrigo se separó. La ayudó a bajar la falda. Se acomodó la ropa. 


Ayana estaba sudada. Despeinada. El moño roto, el cabello cayendo sobre sus hombros. Pero sonreía. 


Se besaron. Un beso tierno, lento, como sellando algo. 


—Te quiero —dijo Ayana. 


Rodrigo no respondió. La agarró de la mano. Y caminaron juntos hacia la salida del parque. 

 

Rodrigo la guio sin decir adónde iban. Ayana lo siguió en silencio, la mano sudorosa dentro de la de él. Aún sentía los muslos chorreando. Aún sentía el ardor en el ano. Pero caminaba feliz. 


Llegaron a un local pequeño, con vidrios oscuros y una puerta de madera. Rodrigo entró primero. Ayana lo siguió. 


El dueño lo reconoció. Sacó una cajita negra. Se la entregó. 


Rodrigo pagó. Salieron. 


Cuando estuvieron en la vereda, ya de noche, con las luces de la ciudad encendiéndose una a una, Rodrigo abrió la caja. 


—Esto lo encargué pensando en vos, perrita —dijo—. Es tuyo ahora. 


La cadena de oro brilló bajo la luz de la calle. Delgada, delicada, con un dije en forma de patita de perro, también de oro. Y grabado en la parte de atrás, tan pequeño que había que acercarse para leerlo: "Perra de Rodrigo". 


Ayana se quedó sin aliento. 


Rodrigo se la puso alrededor del cuello. El oro frío contra su piel caliente. Cerró el broche. La cadena le quedó justa, descansando sobre sus clavículas, la patita de perro colgando sobre su escote. 


Ayana se tocó el dije. Sonrió. Tenía los ojos llenos de lágrimas. 


—¿Te gusta? —preguntó Rodrigo. 


—Me encanta —susurró ella. 


Rodrigo le tocó la cabeza. Como se toca a un animal bueno. La mano en el moño deshecho, acariciando. 


—Sos feliz, ¿no? —preguntó. 


—Sí —respondió Ayana, y su voz no tembló—. Nunca fui tan feliz. 


Rodrigo la miró. Sabía que ya no necesitaba hipnotizarla más. Ayana haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa. 


—Vamos —dijo—. Mamá debe estar esperando. 


Caminaron de la mano hacia la casa, la cadena de oro brillando en el cuello de Ayana, sus muslos aún chorreando, su corazón latiendo al ritmo de los pasos de él. 


Y en la casa, Davinia miraba por la ventana, esperando verlos llegar, sin saber por qué le temblaban las manos.

 


Continuara... 

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