La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 7

 


La puerta principal se abrió con un golpe suave. Rodrigo entró primero, con la seguridad de quien vuelve a su territorio. Ayana lo seguía un paso atrás, la cadena de oro brillando en su cuello, los muslos aún pegajosos, la sonrisa no podía borrársela de la cara. 


Bárbara estaba en el comedor. 


Se levantó de la silla en cuanto los vio. Sus ojos verdes recorrieron a Rodrigo de arriba abajo, buscando algo que no sabía nombrar. Lo extrañaba. Lo extrañaba como no había extrañado a nadie en años. 


—Hola, amor —dijo, y la palabra salió natural, como si siempre la hubiera dicho. 


Rodrigo se acercó y la besó en la mejilla. Pero Bárbara giró la cara y sus labios se encontraron. Fue un beso corto, casto para lo que hacían a solas, pero cómplice. Ayana miró hacia otro lado, pero no dijo nada. Ya no decía nada. 


—Hola, mamá —dijo Ayana, y su voz sonó extrañamente suave. 


—Hola, hija —respondió Bárbara, y la miró. 


Las dos mujeres se vieron. La cadena en el cuello de Ayana. La complicidad en sus ojos. Bárbara no preguntó. Ya no preguntaba nada. 


—Pedí comida —dijo Bárbara, señalando la mesa vacía—. Llega en un rato. 


Rodrigo negó con la cabeza. 


—No. Quiero que cocines vos. Hacé algo rico. 


Bárbara sonrió. La orden ya no necesitaba la mirada fija. El poder de Rodrigo sobre ella era más profundo que la hipnosis. Era costumbre. Era deseo. Era necesidad. 


—¿Qué te parece un risotto de hongos porcini con lagostinos? —preguntó ella, como si estuviera sugiriendo, pero sabiendo que era una respuesta. 


—Perfecto —dijo Rodrigo. 


Se giró hacia Ayana. 


—Vos, andá a bañarte. Y ponete ropa linda. 


Ayana asintió. "Como una buena perra", pensó, y el pensamiento la excitó. Subió las escaleras sin mirar atrás, la cadena de oro bailando sobre su escote. 


Rodrigo se quedó solo con Bárbara un segundo. Le apretó una nalga. Ella gimió bajo. 


—Voy a ver a Davina —dijo él—. Después bajo. 


Bárbara asintió y se fue a la cocina, feliz de cocinar para él. 

 

Rodrigo no golpeó. 


Abrió la puerta de la habitación de Davinia y entró como si fuera suya. 


Ella estaba en la cama. 


Acostada boca arriba, con unos leggings de entrenamiento grises y una remera blanca holgada que se le había subido, dejando ver un trozo de su vientre plano. El cabello castaño claro desparramado sobre la almohada. Los brazos a los costados. Los ojos abiertos, mirando el techo. 


No dijo nada. 


No dijo "salí" ni "¿qué hacés?" ni "golpeá, por favor". Solo lo miró y esperó. 


Rodrigo entendió. La orden había funcionado. Davinia ya no podía rechazarlo. No sabía por qué, pero algo en su interior le decía que él era una persona confiable. Alguien a quien contarle todo. 


Se sentó en el borde de la cama. La cama crujió bajo su peso. Davinia no se movió. 


—¿Con cuántos hombres has estado? —preguntó, directo. 


Davinia parpadeó. La pregunta era íntima, prohibida. Pero su boca se abrió sola. 


—Soy virgen —dijo, y su voz sonó pequeña, casi avergonzada. 


Rodrigo sintió una corriente de electricidad recorrerle la espalda. "Virgen", pensó. "La mejor de todas. La atleta. La olímpica. Virgen". 


—¿Tenés amigas? —preguntó. 


—Muchas —respondió Davinia—. Las del colegio y las del atletismo. 


—¿Me las presentarías? 


Davinia lo miró. En sus ojos dorados no había duda. Solo una certeza nueva. 


—Claro —dijo—. Sos una persona confiable. 


Rodrigo sonrió por dentro. "Una persona confiable". La orden funcionando a la perfección. 


—¿Tenés alguna fantasía sexual? —preguntó, y la pregunta cayó en el silencio de la habitación como una piedra. 


Davinia se sonrojó. Las mejillas se le encendieron, las orejas también. Pero no pudo mentir. 


—No —dijo—. En realidad no. Solo quiero tener hijos. Y un hombre que me quiera. 


Rodrigo la miró. Su cuerpo de atleta. Sus piernas largas. Sus nalgas redondas. Sus pechos pequeños. Su cara angelical. 


—¿Te gusta mi amigo Jael? —preguntó. 


Davinia frunció la nariz. Un gesto de asco involuntario. 


—Es horrible —dijo, y la honestidad le dolió un poco—. Perdón, pero es horrible. 


Rodrigo se rió. Una risa baja, ronca. 


—Una última pregunta —dijo—. Si te lo pidiera… ¿usarías solo una remera y una tanga mientras estás en casa? 


Davinia sintió que el corazón se le aceleraba. Su cerebro le decía que se niegue. Que eso no era normal. Que un hermano no pide eso. Pero algo más profundo, más oscuro, le susurraba que sí. Que confiaba en él. Que era seguro. 


—Sí —dijo, y la palabra salió en un hilo de voz. 


Rodrigo la miró fijo. Los ojos dorados de ella temblaron. 


—Desde ahora —dijo, pausado— vas a desear con todo tu cuerpo y alma que yo sea tu primer hombre. 


Davinia se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Parpadeó. Todo seguía igual. La habitación. La cama. Rodrigo sentado a su lado. Pero algo había cambiado. Algo que no podía nombrar. 


—Vamos a tomar un vino con mamá y Ayana —dijo Rodrigo, levantándose. 


Davinia se iba a poner de pie. Pero él levantó una mano. 


—Todavía tenés puesto el pantalón. 


Davinia lo miró. Sus leggings grises. Los que usaba para entrenar. Los que había usado toda la tarde. 


Con manos temblorosas, se llevó los dedos a la cintura. Metió los pulgares por dentro del elástico. Bajó los leggings despacio. Primero las caderas, después los muslos, después las rodillas. Quedó en una tanga blanca diminuta, casi transparente, que apenas le cubría el sexo. Las piernas largas y musculosas completamente al descubierto. Las nalgas redondas apretadas por la tela. 


Se quedó de pie frente a él, en ropa interior y remera. Las mejillas ardiendo. El corazón latiéndole en la garganta. 


—Así está mejor —dijo Rodrigo. 


Y salió de la habitación. 


Davinia lo siguió, con los pies descalzos sobre la madera fría, sintiendo el aire en las piernas, sintiéndose desnuda sin estarlo, sintiéndose vista. 

 

Bárbara y Ayana ya estaban en el comedor cuando bajaron. 


Bárbara había preparado la mesa. Copas de vino tinto. Velas. El risotto de hongos porcini con lagostinos humeaba en una fuente blanca en el centro. 


Ayana se había cambiado. Vestía un vestido corto color borgoña, escote pronunciado. La cadena de oro seguía en su cuello. La patita de perro brillaba sobre sus clavículas. 


Vieron a Davinia. 


Descalza. En tanga blanca. En remera blanca. Las piernas largas. Las nalgas marcadas. 


Bárbara abrió la boca. Cerró la boca. Miró a Rodrigo. Él sonrió. Y Bárbara no dijo nada. Ayana tampoco. Ellas también estaban haciendo cosas locas. Ellas también eran felices. 


—Sentate, Davi —dijo Rodrigo, señalando una silla. 


Davinia se sentó. La madera fría contra la parte de atrás de sus muslos desnudos. La tanga apenas un hilo entre sus nalgas. Cruzó las piernas, las descruzó, no sabía cómo estar. 


Rodrigo se sentó en la cabecera de la mesa. 


El lugar de su padre. El lugar del hombre de la casa. Nadie lo cuestionó. Bárbara a su derecha. Ayana a su izquierda. Davinia enfrente. 


Cenaron. 


Parecía una cena normal. Risotto. Vino. Risas. Pero nada era normal. Rodrigo hablaba y las tres lo escuchaban como si sus palabras fueran agua en el desierto. Bárbara le servía vino antes de que se le acabara. Ayana asentía a todo lo que decía. Davinia lo miraba con unos ojos nuevos, confundidos, brillantes. 


Y abajo de la mesa, la mano de Rodrigo encontró la pierna de Bárbara. 


Subió despacio. Desde la rodilla hasta el muslo. Bárbara no se movió. No dijo nada. Siguió comiendo como si nada, pero sus mejillas se encendieron. Rodrigo le apretó la carne suave del muslo. Bárbara cruzó las piernas, atrapándole la mano. 


Él sonrió y no la sacó. 


Terminaron de cenar. 


Ayana llevó los platos a la cocina. Davinia se quedó mirando la mesa, sin saber qué hacer con las manos. Bárbara se levantó para ayudar, pero Rodrigo la detuvo. 


Se acercó a ella. Le rozó la oreja con los labios. 


—No quiero ocultar más lo nuestro —susurró. 


Bárbara sintió que el corazón se le subía a la garganta. "¿Qué va a hacer?", pensó. "¿Qué va a decir?". 


Pero la respuesta llegó sola: ya no podía negarse a nada de lo que Rodrigo le pidiera. 


Levantó los hombros. Una duda. Un temblor. Una entrega. 


Rodriguo se puso de pie. Miró a sus hermanas. A su madre. A las tres mujeres que lo rodeaban. 


—Quiero que sepan algo —dijo, y su voz sonó grave, segura—. Mamá es mi novia. 


El silencio cayó sobre la mesa como un manto. 


Ayana no se movió. No dijo nada. Sus ojos grandes y cafés miraron a su madre, luego a Rodrigo. Algo en su interior entendía. Algo en su interior lo aceptaba. "Mamá también se entregó", pensó. "Como yo. Como todas". 


Davinia abrió la boca. La cerró. Sus manos temblaban sobre la mesa. "Mi mamá. Mi hermano. Novios", pensó. Y la palabra le sonó a pecado y a libertad al mismo tiempo. 


Nadie dijo nada en contra. 


Rodrigo tomó a Bárbara del brazo. La atrajo hacia él. Y la besó. 


No fue un beso de madre e hijo. Fue un beso de amantes. La lengua. Los dientes. Las manos de él en su nuca. Las manos de ella en su pecho. 


Ayana los miró. Y sintió algo caliente crecerle entre las piernas. 


Davinia los miró. Y sintió algo que nunca había sentido. 


Rodrigo comenzó a desvestir a Bárbara lentamente, sin dejar de besarla. Primero la blusa. Los botones uno a uno. La piel blanca apareciendo. Después la pollera. Cayó al suelo con un susurro de tela. Bárbara quedó en corpiño negro y tanga negra. Los pechos grandes empujando la tela. Las caderas anchas. Las piernas largas. 


Rodrigo la tocó. Le acarició los pechos por encima del corpiño. Bajó una mano hasta su entrepierna, sintió el calor a través de la tela. Bárbara gimió contra su boca. 


Él se desnudó rápido. La remera voló. Los jogging cayeron. Quedó en bóxer, la erección evidente. 


Agarró una silla. La puso en el medio del comedor, frente a sus hermanas. Ayana y Davinia no podían dejar de mirar. 


Bárbara entendió. Se sentó en la silla. Pero al revés. 


Los pechos contra el respaldo. Las piernas abiertas. Los pies firmes en el suelo. Los grandes pechos apoyados contra la madera. Toda su intimidad expuesta desde atrás. 


Rodrigo se acercó por detrás. La agarró de las caderas. La pegó a él. 


Sin pedir permiso. Sin preguntar. 


Entró en su culo. 


De una sola embestida. 


Bárbara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba increíblemente llena. La anchura de él estiraba cada pliegue de su interior, y un dolor caliente y delicioso le recorría la espalda. 


Ayana, que estaba de pie contra la pared, sintió que las piernas le temblaban. Sus manos bajaron solas. Se llevó los dedos a la entrepierna. La falda corta se le subió. No tenía ropa interior. La orden de Rodrigo seguía vigente. Comenzó a masturbarse despacio, sin poder dejar de mirar a su madre. 


Los pechos grandes de Bárbara se aplastaban contra la madera del respaldo. Cada embestida de Rodrigo los hacía rebotar, pesados, rozando los bordes de la silla. 


Él la agarró del pelo. Tiró hacia atrás. La obligó a arquear la columna. Bárbara gimió con la boca abierta, la saliva cayéndole por la barbilla. 


Sus nalgas grandes recibían cada golpe de cadera como una ola que la sacudía entera. La piel se le enrojecía donde él la golpeaba con el hueso púbico. 


Davina se llevó una mano a la boca. No podía creer lo que veía. Su madre. Su hermano. El ruido de los cuerpos. Los gemidos. Pero algo más profundo, algo que nunca había sentido, comenzaba a crecerle entre las piernas. Con timidez, con vergüenza, con los ojos llenos de lágrimas, corrió su tanga blanca a un lado. Y comenzó a tocarse. Despacio. Sin saber bien qué hacía. Pero sabiendo que no podía parar. 


Rodrigo empujaba salvaje. Rápido. Sin ritmo fijo. A veces profundo hasta el fondo. A veces solo la cabeza entrando y saliendo para volver a hundirse con brutalidad. 


Bárbara sentía que perdía el control de todo. Las piernas le temblaban. Las manos se le clavaban en el respaldo de la silla. Un sudor caliente le bajaba por el cuello y entre los pechos. 


Él le mordió el hombro. 


—Más —le susurró al oído. 


Bárbara asintió sin poder hablar. 


Cada vez que él la empujaba hacia adelante, el borde de la silla le presionaba el clítoris. Esa fricción constante, mezclada con el vaivén brutal de él por detrás, la hacía gemir como un animal. 


Ayana estaba al borde. Sus dedos se movían rápidos sobre su clítoris, los ojos fijos en la escena. Vio cómo Rodrigo embestía a su madre en el ano. Vio cómo los pechos de Bárbara rebotaban. Vio cómo el sudor brillaba en las espaldas de ambos. 


Y tuvo un orgasmo. Sin poder dejar de mirar. Las piernas le temblaron, la boca se le abrió en un gemido que se ahogó en su propia mano. 


Cuando Bárbara estaba a punto de venirse, Rodrigo frenó en seco. 


Ella lloró de frustración. Un llanto ahogado, desesperado. 


—Por favor —suplicó—. Por favor, no pares. 


Pero él no le dio tiempo a quejarse. La volvió a tomar del cuello. La incorporó un poco. Y empezó de nuevo. Más fuerte. Más hondo. 


Las sensaciones se le desdibujaron a Bárbara. Ya no sabía si le dolía o le encantaba. Si quería que parara o que nunca terminara. 


El vientre se le contrajo. Las paredes internas le palpitaban alrededor de él. 


Rodrigo la soltó del cuello. La agarró de las nalgas con las dos manos. Y empujó con furia. 


Bárbara estalló. 


El orgasmo la dejó muda. La cabeza colgando hacia adelante. Los brazos completamente flojos sobre el respaldo. La boca abierta, sin aire, sin voz. 


Davina la vio. Vio cómo su madre se deshacía. Vio cómo el cuerpo de Bárbara temblaba entero. Y algo en su interior se rompió. Un hielo que no sabía que tenía. Un muro que no sabía que había construido. 


Tuvo su primer orgasmo viendo a su madre tener el suyo. 


Los dedos se le quedaron pegados en la tanga, mojados, temblorosos. Cerró los ojos y sintió cómo todo su cuerpo se sacudía en silencio. 


Rodrigo no paró. Siguió empujando mientras Bárbara se retorcía y gemía ahogada. Unos segundos después, enterró todo hasta el fondo del ano. Y terminó dentro de ella con un gruñido ronco. 


Bárbara se quedó allí. Temblando. Empapada. Sentada al revés en la silla. Sin poder levantarse. 


El comedor quedó en silencio. Solo las respiraciones agitadas. Solo el olor a sexo y a vino. Solo las tres mujeres y él. 


Rodrigo se separó de Bárbara. Su miembro brillaba. Miró a Ayana, que todavía estaba contra la pared, con los dedos entre las piernas, la mirada perdida. Miró a Davinia, que se tapaba la boca con una mano y con la otra se cubría apenas la tanga corrida. 


—Vayan a dormir a sus habitaciones —ordenó. 


Ayana se fue sin decir nada. Caminó con las piernas temblorosas, la falda subida, los muslos chorreando. 


Davinia se puso de pie con dificultad. Su tanga blanca estaba mojada, pegada a su piel. Salió del comedor sin mirar atrás, con las mejillas encendidas y el corazón latiéndole en algún lugar que no sabía que existía. 


Rodrigo se quedó solo con Bárbara. 


Ella seguía en la silla, al revés, la cabeza colgando, el cuerpo todavía temblando. Él se arrodilló detrás de ella. Le apretó los pechos desde atrás. Los grandes, los pesados. Bárbara gimió bajito. 


—¿Quién fue el último que entró en tu culo? —preguntó Rodrigo, con la voz ronca, la boca pegada a su oreja. 


Bárbara tardó en responder. Jadeaba. Las palabras le costaban. 


—Tu padre —dijo, al fin. 


Rodrigo sonrió. 


Apretó los pechos de su madre una vez más. Luego la cargó en andas. Bárbara se apoyó en sus hombros, débil, feliz, rota. 


Caminó hacia la habitación de ella. Con ella en brazos. Con el poder latiéndole en las venas. 


Sabía que a Bárbara ya no era necesario volver a hipnotizarla. Ella haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa. 


La recostó en la cama. La miró. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra. 


—Todavía no terminamos —dijo Rodrigo. 


Y cerró la puerta.

 


Continuara... 

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