La luz gris del amanecer entraba por la ventana de la habitación de Ayana cuando ella abrió los ojos. No necesitó despertador. Su cuerpo despertó solo, con una mezcla de cansancio y excitación que ya se le estaba volviendo costumbre.
Se levantó despacio. El vestido corto color borgoña de la noche anterior estaba en el piso, arrugado. Lo levantó, lo olió sin querer. Todavía tenía el olor de Rodrigo. De ellos.
Se duchó. El agua caliente le cayó por los hombros tatuados, por sus brazos definidos, por la cadena de oro que no se sacaba nunca. La patita de perro brillaba bajo el agua. Se tocó el dije y sonrió.
Se vistió con cuidado. Una falda larga, negra, que le llegaba hasta los tobillos. Una blusa blanca, suelta, que apenas dejaba ver los hombros. El moño alto, prolijo. Los labios pintados de un rojo suave.
Y nada más.
Sin corpiño. Sin tanga. La orden de Rodrigo seguía ahí, latiendo en cada uno de sus movimientos. La tela de la falda le rozaba el sexo directamente. La blusa le marcaba los pezones cuando el aire se enfriaba.
"Perra de Rodrigo". pensó mientras se miraba al espejo. "Eso soy".
Salió de su habitación sin hacer ruido. En el pasillo, pasó frente a la puerta de Bárbara. Estaba cerrada. Adivinó que Rodrigo seguía adentro, durmiendo después de la noche anterior. La imagen de su madre en la silla, al revés, las piernas abiertas, Rodrigo detrás de ella… Ayana sintió un calambre en el vientre.
Bajó las escaleras. La casa estaba en silencio. Agarró su mochila y salió sin desayunar.
En el auto, camino a la universidad, pensó: "¿Qué nueva orden me dará hoy?".
Y la esperanza le calentó el pecho.
Bárbara despertó cuando Rodrigo todavía roncaba.
Se incorporó con dificultad. La parte de atrás le ardía. El ano le palpitaba, sensible, recordándole cada embestida de la noche anterior. Se llevó una mano a las nalgas y sintió la piel enrojecida, caliente. "Debería dolerte mas", pensó. Pero lo que sentía no era dolor. Era plenitud. Era haberse roto por completo y haber sido armada de nuevo.
Se levantó despacio. Fue al baño. En el espejo, su cuerpo de cuarenta y cinco años marcado por la noche: chupones en el cuello, mordiscos en los hombros, las marcas de sus manos en sus caderas.
Sonrió.
Se vistió con su traje de oficina. Pollera lápiz, camisa blanca, tacos. El disfraz de la mujer exitosa. Pero abajo, las marcas. Siempre las marcas.
Salió de la habitación sin despertarlo. En la puerta, se detuvo un segundo. Lo miró durmiendo. Su hijo. Su amante. Su dueño.
"Soy feliz". pensó. Y la certeza la asustó y la liberó al mismo tiempo.
Davina estaba en el gimnasio cuando el recuerdo la atropelló.
Estaba en la barra de equilibrio, concentrada, los brazos abiertos, la punta de los pies sosteniendo todo su peso. Y de repente, sin avisar, la imagen apareció: su madre sentada al revés en la silla, las piernas abiertas, Rodrigo detrás, el sonido de los cuerpos, los gemidos.
Perdió el equilibrio. Cayó. La colchoneta amortiguó el golpe, pero la vergüenza fue peor.
—¿Estás bien, Davi? —preguntó su entrenador.
—Sí —mintió—. Me desconcentré.
Se levantó. Volvió a la barra. Pero la imagen no se iba.
Lo que había visto la noche anterior era horrible. Incorrecto. Prohibido. Su madre con su hermano. El hombre que debía protegerla penetrándola mientras ella gemía como una animal.
Pero había algo más.
Algo que Davina no se atrevía a nombrar.
"¿Y si fuera yo?", pensó. Y el pensamiento la golpeó como un puñetazo en el estómago. "¿Y si fuera yo la que está sentada en esa silla?"
Terminó el entrenamiento con el cuerpo en automático. En la ducha del vestuario, con el agua caliente cayéndole por las piernas musculosas, por las nalgas redondas, por los pechos pequeños, se tocó sin querer. Y sintió que estaba mojada.
"Estoy enferma". pensó. Pero no dejó de tocarse.
Rodrigo despertó al mediodía.
La cama de Bárbara olía a ella. Se quedó un rato mirando el techo, repasando la noche anterior. La silla. Las hermanas mirando. Ayana masturbándose. Davinia con los dedos en la tanga.
—"Davinia" —pensó—. "La virgen. La atleta. La que falta".
Agarró el celular.
Le escribió a Marcela: "Profe, necesito aprender rápido. ¿Podemos vernos hoy? Le transfiero el doble."
La respuesta llegó en segundos. "Sí, claro. ¿En tu casa?"
Rodrigo sonrió. Le transfirió una suma generosa. "Te espero."
Luego, a Eiko: "Esta noche vístete linda. Te voy a invitar a una fiesta que te va a encantar."
Eiko respondió enseguida: "No puedo esperar."
Por último, al grupo de amigos: "Esta noche nos juntamos. Yo llevo una putita."
Alexander respondió con un sticker pornográfico. David con un signo de interrogación. Jael con un "Jajaja, sí, claro."
Ninguno le creyó. Todos pensaron que era una broma.
Rodrigo dejó el celular y se fue a bañar.
Marcela llegó a la hora del almuerzo.
Rodrigo la recibió en la puerta. El sol de mediodía le daba de lleno, y él pudo verla entera antes de que ella entrara a la penumbra de la casa.
Treinta años. El cabello negro y lacio, cortado justo debajo de la mandíbula, el flequillo rozándole las cejas. Los ojos verdes oscuros, profundos. La piel blanca, inmaculada.
Vestía un traje sastre color gris perla, la pollera ajustada que le llegaba hasta las rodillas, la camisa blanca abrochada hasta el cuello. Pero abajo, Rodrigo imaginó. Imaginó las piernas, los muslos, la ropa interior que seguramente llevaba. "Por ahora", pensó.
—Pasá —dijo, haciéndose a un lado.
Marcela entró. La casa de Bárbara siempre le había parecido imponente, pero esta vez sintió algo distinto. Una calidez. Una seguridad. Como si ese lugar fuera su hogar.
Se sentaron en la mesa del comedor. Marcela abrió su cuaderno, sacó unos apuntes.
—Bueno, Rodrigo —dijo, con su voz de profesora—, ¿por dónde empezamos?
Pero Rodrigo no le prestaba atención. La miraba. Fijo. Esperando el momento.
—Profe —dijo, interrumpiéndola—. Míreme.
Marcela levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los cafés de él.
—Desde hoy —dijo Rodrigo, pausado— te enamoras de mí. Y obedeces todas mis órdenes.
Marcela se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—Bueno —dijo, y su sonrisa apareció, natural—, empecemos con la primera lección.
Y comenzó a explicar conceptos de administración que Rodrigo no escuchó. Él solo miraba sus labios moviéndose, sus manos gesticulando, el collar fino que le bailaba en el cuello.
"Paciencia", pensó. "Las órdenes tardan".
Una hora después, Marcela cerró el cuaderno.
—Me tengo que ir —dijo—. La semana que viene seguimos.
Rodrigo la acompañó a la puerta. En el umbral, ella se giró. Y en sus ojos había un brillo distinto. Más cálido. Más húmedo.
—Me encanta darte clases —dijo.
—A mí también —respondió Rodrigo.
Y cerró la puerta.
Davinia llegó cuando Rodrigo estaba en el comedor, mirando el celular.
Escuchó sus pasos descalzos en el piso de madera. Levantó la vista.
Ella venía del entrenamiento, pero ya se había bañado. Vestía una remera blanca holgada, de esas que le quedaban grandes, y unos shorts de jean que dejaban ver sus piernas largas y musculosas. La tanga blanca asomaba por arriba del short.
El cabello castaño claro todavía húmedo, peinado hacia atrás. La cara limpia, sin maquillaje. Los ojos dorados que no sabían dónde posarse.
—Hola —dijo Davinia, y su voz sonó pequeña.
—Hola —respondió Rodrigo.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Davinia miraba el piso, la mesa, la ventana, todo menos a él.
—¿Te molestó lo que viste anoche? —preguntó Rodrigo, directo.
Davinia tragó saliva.
—Me molestó —dijo—. Pero… fue muy fuerte.
Rodrigo se puso de pie. Se acercó a ella. Levantó una mano y le tocó la mejilla. La piel suave, caliente. Davinia contuvo la respiración.
—¿Te gustaría saber lo que se siente que te embistan de atrás? —preguntó él, en voz baja.
Davinia sintió que las rodillas se le aflojaban. Sus ojos dorados se llenaron de dudas, de miedo, de algo que no sabía nombrar.
—Algún día —respondió, con la voz temblorosa—. Pero creo que no estoy lista. No tengo ningún tipo de experiencia.
—Tenes razón —dijo Rodrigo.
Y bajó una de sus manos. Le apretó las nalgas. Las duras, las redondas, las de atleta. Davinia gimió. Un gemido que se escapó sin permiso.
—Pero te voy a ayudar a ganar experiencia —dijo Rodrigo.
Sin decir más, se bajó el pantalón.
El bóxer quedó al descubierto. La erección de Rodrigo presionaba la tela, enorme, evidente. Davinia abrió los ojos. Sus manos empezaron a temblar.
Rodrigo se bajó el bóxer. El miembro apareció. Duro. Venoso. El glande enorme.
Davinia nunca había visto uno en persona. Solo en fotos, en películas, en esos videos que veía a escondidas cuando era más chica. Pero ahí, a centímetros de su cara, era distinto. Olía distinto. Se veía distinto.
—Arrodíllate —ordenó Rodrigo—. Y míralo de cerca.
Davinia se arrodilló.
El piso de madera frío contra sus rodillas. La remera blanca le cayó sobre los muslos. El short de jean se le subió. La tanga blanca quedó al descubierto.
Levantó la mirada. El miembro de Rodrigo estaba ahí, a la altura de sus ojos. Ella podía sentir el calor que despedía. Podía ver cada vena. La piel que se movía apenas con el pulso de él.
—"Es mi hermano" —pensó. "Es mi hermano y me está pidiendo esto".
Pero su cuerpo ya no escuchaba a su cerebro.
Sacó la lengua.
Probó el sabor.
La punta del glande. Salada. Cálida. Húmeda. Un sabor que nunca había probado y que ya sabía que no iba a olvidar.
Rodrigo la miró desde arriba. Su hermana más joven. La que lo despreciaba hace apenas unos días. Ahora de rodillas, con la lengua temblorosa, probándolo.
Agradeció mentalmente su curso de hipnotismo.
"Gracias, profesor" pensó.
Davinia pasó la lengua por todo el miembro, desde la base hasta la punta. No sabía bien qué hacer. Sus movimientos eran torpes, tímidos. Rodrigo lo notó.
—Así no —dijo—. Abrí más la boca.
Davinia obedeció. Abrió la boca. Rodrigo la guió con una mano en su nuca. La acercó más.
—Ahora chupá la cabeza. Despacio. Usá los labios.
Davinia chupó. Sus labios gruesos apretándose alrededor del glande. Rodrigo gimió. Ella sintió el sonido vibrarle en la boca.
—Mové la lengua alrededor. Sí, así. Más rápido.
Davinia movió la lengua. Círculos lentos alrededor de la cabeza. Después metió la lengua en la ranura. Rodrigo tensó los músculos del abdomen.
—Seguí. Ahora bajá más.
Davinia bajó la cabeza. Se tragó un poco más del miembro. Se ahogó. Tosió. Las lágrimas le brotaron de los ojos.
—No te detengas —dijo Rodrigo—. El ahogo es parte.
Davinia siguió. Tragó más. Se ahogó otra vez. Pero no paró. Algo en ella, algo nuevo y oscuro, necesitaba seguir.
—Ahora los testículos —ordenó Rodrigo.
Davinia separó la boca del miembro. Bajó la cabeza. Lamió un testículo. Lo chupó. Sintió la piel arrugada contra su lengua.
Rodrigo la agarró de los pelos.
—Ahora tragátelo entero —dijo—. De una vez.
Davinia abrió la boca todo lo que pudo. Rodrigo empujó sus caderas hacia adelante. El miembro entró. Y entró. Y entró. Hasta el fondo de su garganta.
Davinia se ahogó. Tosió. Escupió. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero en medio de todo eso, de la vergüenza, del asco, de lo incorrecto… en medio de todo eso, su cuerpo se sacudió.
El orgasmo la agarró sin avisar.
Nunca había tenido uno así. No con sus dedos en la noche, a escondidas. No con las almohadas apretadas entre las piernas. Era un terremoto que le recorría la espalda, las piernas, el vientre. Los dedos se le clavaron en los muslos de Rodrigo. La boca se le abrió alrededor de su miembro. Los gemidos se ahogaron en la carne de él.
Rodrigo sintió cómo ella temblaba. Cómo se apretaba alrededor de él sin estar adentro de ella. Y eso lo excitó más.
No le dijo que se detuviera. Davina siguió. Con la boca llena. Con la cara mojada de lágrimas y saliva. Con el cuerpo todavía temblando por el orgasmo.
Rodrigo le apretó los pechos por encima de la remera. Los pequeños, los duros. Davina gimió. Y él, sin decir nada, comenzó a embestirle la boca.
No fue tierno. No fue suave. Fue brutal. La agarró de los pelos y empujó su cadera una y otra vez. Davina se ahogaba y se ahogaba y se ahogaba. Pero no se apartó.
Rodrigo sintió que llegaba.
La agarró más fuerte. Los dedos enredados en el cabello castaño claro. Empujó una última vez. Hasta el fondo.
Y terminó en su garganta.
El calor. El espeso. Davina sintió cómo la llenaba. Cómo bajaba. Cómo se mezclaba con sus propias lágrimas.
Se quedaron así un segundo. Dos.
Rodrigo se separó. El miembro salió de su boca con un sonido húmedo. Davina se quedó de rodillas, jadeando, la cara deshecha, la remera manchada, la tanga empapada.
Rodrigo se agachó. Le acarició el cabello. Con ternura.
—Ahora tenés más experiencia —dijo.
Davina levantó la mirada. Sus ojos dorados brillaban. Llorosos. Confundidos.
—¿Te gustó? —preguntó Rodrigo.
Davina tardó en responder. La vergüenza le quemaba la cara. Pero la verdad era más fuerte.
—Mucho —susurró.
Rodrigo le pasó un dedo por la mejilla, secándole una lágrima.
—Ahora andá a bañarte —dijo—. Yo tengo cosas que hacer.
Davina se puso de pie con las piernas temblorosas. Caminó hacia las escaleras sin mirar atrás. Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de hacer. El sabor de Rodrigo todavía en su boca. El ardor en la garganta. El calor entre las piernas.
Subió los escalones despacio, sosteniéndose de la baranda. En el baño, se sacó la ropa. Se miró al espejo. Sus labios estaban hinchados. Sus ojos, rojos. Sus pezones, duros.
Abrió la ducha. El agua caliente le cayó por el cuerpo. Y mientras se enjabonaba, mientras el agua arrastraba los restos de Rodrigo, no pudo evitar sonreír.
"Estoy confundida" pensó. "Pero nunca estuve tan excitada".
Rodrigo se fue a bañar también.
Pero no al baño de su habitación. Al de Bárbara. Usó su jabón. Su shampoo. Salió envuelto en su toalla.
Tenía una fiesta con sus amigos. Tenía a Eiko esperando. Tenía la noche por delante.
Se vistió con ropa cómoda. Jeans negros, remera oscura. Se miró al espejo.
"Hoy va a ser una noche interesante" pensó.
Y salió de la casa con el sol cayendo, dejando atrás a Davina en la ducha, a Ayana en la universidad, a Bárbara en la oficina.
Dejando atrás a tres mujeres que ya no podían vivir sin él.
Yendo hacia las que todavía no sabían que pronto tampoco podrían.
Continuara...

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