Rodrigo salió de su casa con el corazón latiéndole en la garganta. Dos cuadras más adelante, el auto de Eiko lo esperaba estacionado bajo un farol. Un BMW negro, último modelo. La chica adentro se veía como una foto de revista.
Se acercó con las manos en los bolsillos, fingiendo una calma que no sentía. "Esto puede salir muy mal", pensó. La última orden que le había dado a Eiko era que confiara en él. Nada más. No le había dicho que fuera obediente ni sumisa. Si ella se negaba ahora, si se ofendía, si llamaba a Ayana…
Abrió la puerta del acompañante y se subió.
Eiko lo miró y sonrió.
Rodrigo la recorrió con la mirada. Vestía un conjunto de dos piezas color marfil: una blusa corta que dejaba ver sus hombros morenos y un pantalón ancho que le caía desde las caderas, dejando al descubierto un trozo de vientre firme. El cabello negro y lacio hasta la cintura brillaba bajo la luz interior del auto. Los labios pintados de un rojo oscuro. Las uñas largas, del mismo color.
—Hola —dijo ella, con naturalidad—. Me encantó que me invitaras.
—Hola —respondió Rodrigo, y su voz sonó más segura de lo que se sentía.
Le dio la dirección de David. Eiko asintió y puso el auto en marcha.
Durante el trayecto, ella habló de cosas banales: el tráfico, el calor, una serie que estaba viendo. Rodrigo asentía sin escuchar. Su mente estaba en otra parte. Necesitaba darle la orden antes de que se bajaran. Necesitaba saber si funcionaba.
Llegaron. Antes de que Eiko abriera la puerta, la agarró suavemente del mentón y la obligó a mirarlo.
Los ojos negros de ella se encontraron con los suyos.
—Desde hoy —dijo Rodrigo, la voz baja, firme— vas a obedecer todo lo que te digo. Y vas a ser feliz cumpliendo mis deseos.
Eiko se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—¿Bajamos? —preguntó, como si nada hubiera pasado. Abrió la puerta y salió del auto.
Rodrigo la siguió, con una sonrisa que no pudo ocultar. "Ya está", pensó. "Solo falta que el efecto se active".
Llamó a la puerta de David.
David abrió con los ojos todavía dormidos. Pijama rayado, barba de dos días, olor a encierro. Cuando vio a Eiko parada detrás de Rodrigo, sus ojos marrones se abrieron como platos.
—No jodas —dijo, casi en un susurro.
—Te presento a Eiko —dijo Rodrigo—. Eiko, él es David. Adentro están Alexander y Jael.
Eiko sonrió con educación, pero sus ojos recorrieron a David sin ningún interés. "Feo", pensó. "Todos feos. ¿Por qué Rodrigo se junta con esta gente?".
Pero entró igual. Porque Rodrigo se lo había pedido.
Adentro, la escena fue la misma. Jael estaba sentado en el sillón, con su camisa de anime y sus pantalones anchos, los dedos todavía en el control de la play. Alexander estaba en la cocina, preparando unos tragos con la torpeza del que ya lleva dos encima.
Cuando vieron a Eiko, los dos se quedaron mudos.
—Hola —dijo ella, con esa voz que parecía una caricia.
Jael abrió la boca y no dijo nada. Alexander dejó caer la botella de ron sobre la mesada.
"Qué mujer" pensó David mientras les servía una cerveza a todos. "Cómo hace este gordo para traerse algo así".
Eiko se sentó en el sillón, cerca de Rodrigo. Los otros tres hombres la miraban como si fuera un espejismo. Ella sentía sus ojos en su piel, pero no le importaba. Solo le importaba Rodrigo.
Se pusieron a jugar. Un juego de carreras, de esos que no requieren pensar. Las horas pasaron entre risas y gritos frente a la pantalla. Eiko jugaba mal, pero reía bien. Su cabello negro se movía con cada carcajada. Su blusa corta se le subía un poco más.
Rodrigo la miraba de reojo. Sabía que la orden todavía no había hecho efecto del todo. Pero la veía cómoda. Confiada. Eso era suficiente.
Después de una hora, Rodrigo pausó el juego.
—Saben muchachos —dijo, con una calma que no era natural—. Eiko es una chica muy obediente.
Eiko lo miró confundida. Sus amigos también.
Rodrigo se puso de pie. Se paró frente a ella.
—Sácate la ropa —dijo—. Y quédate desnuda para nosotros.
El silencio cayó en la pieza como un balde de agua fría. Los tres amigos se quedaron paralizados. Eiko sintió que la sangre se le subía a la cara.
"¿Qué?", pensó. "¿Cómo se le ocurre?"
Pero la orden ya estaba ahí. Instalándose. Crepiéndole en la cabeza como una enredadera. "Obedecé", le decía algo desde adentro. "Obedecé y vas a ser feliz".
Eiko lo miró a los ojos. Él la miró fijo.
Y ella confiaba en él. Una confianza única. Irracional. Absoluta.
"Si él me lo pide", pensó, "será por algo".
Se puso de pie.
Sus manos temblorosas subieron a la blusa. La agarraron por abajo. Despacio. Muy despacio. La tira hacia arriba. La piel morena fue apareciendo, centímetro a centímetro. Primero el vientre. Después las costillas. Después el borde del corpiño.
Los cuatro hombres no respiraban.
La blusa pasó sobre su cabeza. Cayó al piso. Eiko quedó en corpiño negro, los pechos firmes, la piel brillando bajo la luz amarilla.
Sus manos bajaron al pantalón. Desabrochó el botón. Bajó el cierre. El pantalón ancho resbaló por sus caderas, sus muslos, sus rodillas. Cayó a sus pies. Ella lo pisó para sacárselo.
Quedó en corpiño y tanga negros. El cuerpo de Eiko era una obra de arte: caderas anchas, cintura de avispa, piernas largas y torneadas. Los brazos delgados, sin tatuajes, la piel perfecta.
Las manos le temblaban. Pero no paró.
Giró la espalda. Mostró las nalgas redondas, apenas cubiertas por la tela negra. Metió los dedos por detrás de la espalda y desabrochó el corpiño. Cayó. Lo pisó.
Se giró de nuevo.
Los pechos quedaron libres. Firmes, redondos, los pezones oscuros, endurecidos por el frío o por la vergüenza o por la excitación.
Bajó los dedos a la tanga. La agarró por los costados. La bajó despacio. Primero las caderas. Después el vello púbico, prolijo, apenas un triángulo oscuro. Después todo.
Eiko se quedó desnuda en medio del living de David.
Los cuatro hombres la miraban en silencio. Ella sentía cada mirada como una mano. En los pechos. En el sexo. En las nalgas.
—"¿Qué estoy haciendo?" —pensó. Pero no quería parar. No podía parar.
—No te muevas —dijo Rodrigo.
Y se acercó.
Comenzó a tocarle el cuerpo desnudo. Primero los hombros. Después los brazos. Después la cintura. Después los pechos. Los apretó. Eiko gimió. Los pezones se pusieron más duros.
Rodrigo bajó una mano. Le acarició el vientre. Le metió un dedo en el ombligo. Bajó más. Llegó al vello púbico. Lo acarició. Eiko abrió las piernas un poco.
Él sintió el calor que despedía.
David, Alexander y Jael miraban sin poder creer. Sus manos sudaban. Sus bocas estaban secas. Sus pantalones, apretados.
Rodrigo les hizo una seña.
Un gesto casi imperceptible con la cabeza. "Vengan".
David fue el primero. Se paró detrás de Eiko. Le tocó una nalga. Suave. Casi con miedo.
Eiko no se movió. No dijo nada.
Alexander se acercó por la izquierda. Le acarició el brazo. Jael se acercó por la derecha. Le tocó la cintura.
Cuatro hombres alrededor de un cuerpo desnudo. Y ella, quieta. Sumisa. Obedeciendo.
David se animó más. Le apretó las nalgas. Las separó. Vio el ano. Vio la entrada de su sexo, ya húmeda. Sus dedos temblaron.
Alexander le tocó un pecho. Lo acarició con la palma. El pezón rozándole la mano. Jael se quedó mirando, sin saber qué hacer, con las manos sudorosas.
Rodrigo tomó el control.
—Al piso —ordenó.
Eiko se arrodilló. La alfombra gris áspera bajo sus rodillas.
—En cuatro.
Eiko se puso en cuatro patas. Las nalgas en alto. La cabeza gacha. El cabello negro cayendo hacia adelante.
Rodrigo se arrodilló detrás de ella.
Escupió en su mano. Se lo pasó por el miembro. Lo apoyó en el ano de Eiko.
Ella sintió la presión. Cerró los ojos.
—Tranquila —dijo Rodrigo.
Y empujó.
La cabeza entró apenas y Eiko sintió un dolor agudo, como si la estuvieran partiendo. Abrió la boca para quejarse, pero antes de que pudiera emitir sonido, David se arrodilló frente a ella y le metió el miembro en la boca.
El quejido se ahogó en carne.
Rodrigo empujó más. Metió la mitad de su miembro en el ano de Eiko. Ella gimió contra miembro de David. Las manos de él en su nuca, guiándola.
Las envestidas de los dos eran brutales. Rodrigo por detrás, empujando cada vez más profundo. David por adelante, moviendo las caderas al ritmo de la boca de ella.
—Buena puta —dijo Rodrigo.
Y esas palabras, en lugar de ofenderla, la encendieron. Eiko sintió un calor recorrerle la espalda, el vientre, el sexo. Jamás en su vida había disfrutado tanto del sexo como en ese momento.
Levantó la vista. Vio a Jael bajándose el cierre del pantalón. Su miembro pequeño y delgado en la mano. Se acercaba.
Eiko entendió: recién empezaban.
Y fue ahí, en ese momento de claridad absoluta, cuando tuvo el primer orgasmo de la noche.
El cuerpo se le tensó entero. Los dedos de los pies se le encogieron. El sexo se le apretó alrededor de nada. Gritó contra la boca de David, pero el grito no se escuchó.
Rodrigo sintió cómo ella temblaba. Y en lugar de parar, levantó una de sus piernas. La dejó expuesta. Abierta. Le hizo un lugar a Jael.
Jael dudó un segundo. Miró a Rodrigo. Rodrigo asintió.
Jael se arrodilló entre las piernas de Eiko. La miraba desde abajo, el sexo de ella brillante, mojado, abierto. Empujó.
Entró.
Eiko sintió el tercer agujero llenarse. Los tres. Al mismo tiempo. La boca ocupada por David, el culo por Rodrigo, la concha por Jael.
Los tres moviéndose a ritmos distintos. Los tres llenándola de formas distintas.
Ella ya no pensaba. Solo sentía.
Rodrigo terminó primero. Un gruñido ronco, las caderas apretadas contra sus nalgas, el calor llenándola por dentro. Se separó. Jadeaba. El miembro brillante.
Pero no le dieron respiro a Eiko.
Alexander ocupó el lugar de Rodrigo. Con la misma brutalidad. Las manos en sus caderas, los dedos apretando. Empujó y Eiko sintió que la cabeza le daba vueltas.
David acabó en su garganta. Un chorro caliente que ella tragó sin pensar. Y en ese momento, con la boca llena y el culo lleno y la concha llena, tuvo el segundo orgasmo. Más fuerte que el primero. Las piernas le temblaron. Los brazos se le aflojaron.
David y Rodrigo se alejaron. Fueron a la cocina. David abrió dos cervezas. Se quedaron mirando la escena: Eiko en cuatro patas, Jael y Alexander todavía adentro de ella, moviéndose como máquinas.
Eiko ahora tenía la boca desocupada. Y no paraba de gemir. Gemidos agudos, roncos, descontrolados. Estaba extasiada de placer.
David tomó un largo trago de cerveza.
—¿Es prostituta? —preguntó, sin dejar de mirar.
Rodrigo se rió. Una risa baja, segura.
—No —dijo—. Solo le gusta obedecer.
David lo miró. Pensó en lo que acababa de ver. Una mujer así, tan hermosa, tan sumisa. Haciendo todo lo que Rodrigo le pedía.
—¿La querés para tu harén? —preguntó Rodrigo.
David estuvo a punto de decir que sí. Las palabras ya le estaban saliendo. Pero algo lo frenó. Algo en los ojos de Rodrigo. Algo que le decía que esto no era gratuito.
—¿Y vos qué ganás, amigo? —preguntó.
Rodrigo sonrió. Miró a Eiko, que en ese momento tenía otro orgasmo, la boca abierta, los ojos en blanco.
—Cuando tus hijas tengan dieciocho —dijo, despacio— las voy a llevar a mi casa. Para mi propio harén.
David se quedó mudo un segundo.
Luego se largó a reír. Una risa torcida, nerviosa, pero auténtica.
—Sos más perverso de lo que imaginaba —dijo.
Y mientras Jael y Alexander terminaban dentro de Eiko, uno después del otro, David y Rodrigo seguían mirando.
—Cuatro universitarias —dijo David, tendiéndole la mano—. Lindas como esta putita.
Rodrigo se la estrechó.
—Las tendrás.
El apretón de manos fue firme. Un trato sellado entre dos perdedores. Entre dos hombres que habían encontrado el poder en lugares oscuros.
En el piso, Eiko ya había perdido la cuenta de los orgasmos. Jael se había corrido dentro de ella, Alexander también. Los dos se apartaron, jadeando, sudados.
Eiko se desplomó sobre la alfombra. Boca abajo. El cabello negro desparramado. El cuerpo marcado por las manos de cuatro hombres.
Rodrigo se acostó a su lado. Le acarició la espalda. Los músculos de ella temblaban.
—Bien —dijo—. Descansá.
Alexander se acostó en el sillón. Jael en el piso, al lado de Eiko. David apagó la luz.
Los cinco quedaron tirados en el living, en la penumbra, el olor a sexo impregnado en la alfombra, en la piel, en el aire.
Rodrigo cerró los ojos.
Pero no soñó con Eiko. Soñó con Cala. La hermana mayor. La que administraba las estancias. La que no había vuelto a casa en meses. La que todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Muy lejos de la casa de David, en una oficina de vidrio y acero, Cala estaba comenzando su jornada laboral.
27 años. El cuerpo esbelto de una mujer que nunca dejó de entrenar. El cabello castaño recogido en un rodete bajo. Los ojos verdes como los de su madre, pero más fríos, más calculadores.
Revisó unos papeles. Firmó unos contratos. Apagó la luz de su oficina.
Mientras bajaba en el ascensor, pensó en su familia. En su madre. En sus hermanas. En Rodrigo.
"El perdedor", pensó, y casi sonríe.
Pero algo en su pecho se movió. Un presentimiento. Una sombra.
El ascensor llegó al piso. Las puertas se abrieron, sin saber que ese día, sin saberlo, su vida comenzaría a cambiar para siempre.
Continuara...

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