La luz gris del amanecer se filtraba por las persianas rotas de la casa de David cuando Rodrigo abrió los ojos. El cuerpo de Eiko estaba enroscado a un costado, desnuda, el cabello negro desparramado sobre la alfombra como un río de tinta.
Se incorporó con cuidado. Todo le dolía: la espalda, las rodillas, la mandíbula de apretarla tantas horas. Miró a sus amigos. David roncaba en un sillón, la boca abierta. Jael estaba boca abajo en el piso, todavía con los pantalones a media pierna. Alexander dormía apoyado en la pared, el buzo subido mostrando la panza.
"Qué paisaje". pensó Rodrigo.
Se puso de pie. Los pies descalzos en la alfombra fría. Se vistió en silencio. Pantalón, remera, zapatillas. Después tocó el hombro de Eiko.
Ella abrió los ojos despacio. Parpadeó. Miró a su alrededor. Vio los cuerpos de los hombres, las botellas vacías, la ropa tirada. La memoria le cayó encima como un balde de agua fría: las manos, las bocas, los miembros entrando en ella. Los tres agujeros llenos a la vez. Los orgasmos uno detrás de otro.
"¿Qué hice?", pensó. Y la respuesta llegó sola: "Lo que Rodrigo me pidió".
No se arrepentía. Eso era lo peor. No sentía culpa. Solo confusión. Una confusión profunda, pegajosa, que le nublaba el juicio. Algo en su cabeza le decía que eso estaba mal. Pero algo más fuerte, más profundo, le susurraba que estaba bien. Que Rodrigo sabía lo que hacía. Que confiaba en él.
—Vamos —susurró Rodrigo.
Eiko asintió. Se vistió en silencio. La blusa, el pantalón, los tacos. Se pasó un dedo por los labios hinchados. Se miró las manos, las uñas rotas. Se acomodó el cabello como pudo.
Salieron sin despedirse. David ni se movió. La puerta se cerró con un clic suave.
Adentro del auto, el silencio era denso. Eiko manejaba mirando el frente, las manos agarradas al volante con fuerza. Rodrigo la miró de costado. Perfil perfecto. Pestañas largas. Labios mordidos.
—Eiko —dijo.
Ella no respondió.
—Mírame.
Ella giró la cabeza. Los ojos negros se encontraron con los suyos. Rodrigo vio algo nuevo ahí: sumisión. No la confianza de antes, no la simpatía. Sumisión pura. La orden había hecho efecto.
—Desde hoy —dijo Rodrigo, la voz baja, firme— vas a ser la sumisa de David. Vas a obedecer todo lo que te pida. Vas a querer darle muchos hijos. Y vas a ser feliz a su lado.
Eiko se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—"David" —pensó. "El feo. El encerrado. El acosador".
La orden se instaló en su cabeza como una planta parásita. Eiko sintió que el mundo se le iba a la mierda. El corazón se le aceleró. La vista se le nubló. "¿David?", repitió, y la palabra le sonó a condena.
Pero entonces algo cambió.
"David", pensó otra vez, y ya no le sonó feo. Le sonó seguro. "David", y sintió una calidez en el pecho. "David", y las piernas se le aflojaron.
Casi se desmaya. Agarró el volante con más fuerza. Parpadeó varias veces. Y cuando volvió en sí, todo seguía igual. El auto. El tráfico. Rodrigo a su lado.
—¿Adónde vas? —preguntó, con la voz más ronca.
Rodrigo le indicó una dirección. Ella asintió y puso el auto en marcha, como si nada hubiera pasado. Como si recién hubieran cambiado su vida para siempre.
Llegaron a una cuadra de la casa de Rodrigo. Él abrió la puerta, pero antes de bajarse, se inclinó y le dio un beso en la frente. Un beso seco. Casi paternal.
—Suerte con David —dijo.
Y se fue.
Eiko se quedó en el auto, mirando por el parabrisas. La frente aún caliente donde él la había besado. La orden latiéndole en las venas.
"David" pensó otra vez. Y una sonrisa tonta se le dibujó en la cara.
Puso el auto en reversa. Dio la vuelta. Y manejó de vuelta hacia la casa de él, con una certeza nueva y aterradora: quería estar ahí. Quería obedecerlo. Quería darle hijos.
Rodrigo no fue a su casa.
Caminó veinte cuadras en dirección opuesta, hasta el barrio de oficinas. Encontró un café con ventanas grandes y mesas de mármol. Se sentó cerca de la puerta. Pidió un cortado y esperó.
La oficina de Cala estaba al frente. Un edificio de vidrio y acero que se reflejaba en el sol de la mañana. Rodrigo sabía que ella salía a almorzar entre las doce y la una. Siempre sola. Siempre caminando rápido, con el celular en la mano, resolviendo problemas que él ni siquiera podía imaginar.
Esperó.
A las doce y veinte, la vio salir.
Cala.
Veintisiete años. El cuerpo esbelto de una mujer que había hecho del control una religión. El cabello castaño recogido en un rodete bajo, prolijo, sin un solo pelo fuera de lugar. Los ojos verdes como los de su madre, pero más fríos, más calculadores. Vestía un traje sastre negro, pantalón recto, camisa blanca. Tacos altos. Cartera de cuero.
Caminaba rápido, como siempre. El celular en la mano. La mandíbula tensa.
Rodrigo salió del café. Se puso en su camino. Cala levantó la vista y lo vio. Y por un segundo, sus ojos verdes se abrieron un poco más de lo normal.
—¿Rodrigo? —dijo, y en su voz había sorpresa y algo parecido al fastidio—. ¿Qué haces por acá?
—Solo pasaba —dijo él, con una sonrisa que ensayó mil veces—. Cosas del destino.
Cala lo miró de arriba abajo. Su ropa arrugada. Sus ojos cansados. Su panza grande bajo la remera. "El perdedor", pensó. "Siempre igual".
—Bueno —dijo, haciendo ademán de seguir caminando—. Me tengo que ir. Tengo una reunión.
—Cala —dijo Rodrigo.
Ella se detuvo. Lo miró.
Él la miró fijo. A los ojos verdes. A los fríos. A los que nunca lo habían respetado.
—Desde hoy vas a confiar más en mí —dijo, la voz baja, hipnótica—. Vas a dejar a tu comprometido. Y el duelo lo vas a hacer en la casa de nuestra madre.
Cala se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—Bueno, nos vemos —dijo, y siguió caminando como si nada.
Rodrigo la vio alejarse. Los tacos repiqueteando en el cemento. Las caderas moviéndose bajo el pantalón negro. La nuca perfecta.
—"Pronto" —pensó—. "Pronto vas a estar de rodillas".
Volvió al café. Pagó el cortado. Y se fue caminando a su casa.
La casa estaba vacía.
Ayana en la universidad. Bárbara en la oficina. Davina en el gimnasio.
Rodrigo se sirvió un plato de la comida que había quedado de la noche anterior. Comió parado, mirando la calle por la ventana. Después se sentó en el comedor y abrió la notebook.
Buscó en internet. Cosas que necesitaba. Una cama para perros grandes. Encontró una con forma de patita de perro, color vino, con bordes acolchados. La compró sin dudar.
—"Para mi perra favorita" —pensó, y no supo si se refería a Ayana.
Cerró la notebook. Se quedó mirando el techo. El tiempo pasó lento. El sol se corrió por el piso de madera.
Escuchó la puerta.
Davinia.
Entró con la ropa de entrenamiento pegada al cuerpo. Los leggings grises, la remera negra, las zapatillas blancas. El cabello castaño claro mojado, pegado a la frente. Las mejillas coloradas por el esfuerzo.
Lo vio sentado en el comedor. Y se quedó quieta.
Algo en su pecho se movió. Culpa. Deseo. Vergüenza. Todo mezclado. La noche anterior había soñado con él. Con su boca alrededor de su miembro. Con sus dedos en sus nalgas. Con la orden que le había dado: "Desde ahora vas a desear que yo sea tu primer hombre".
Y lo deseaba. A pesar de todo. A pesar de que era su hermano. A pesar de que era un gordito perdedor. A pesar de que su madre y Ayana ya estaban con él. Lo deseaba con una intensidad que la asustaba.
—Hola —dijo, en un hilo de voz.
—Hola —respondió Rodrigo.
Un silencio incómodo. Davinia miraba el piso. Rodrigo la miraba a ella.
—Ven —dijo él.
Davinia se acercó. Como un animal domesticado. Como si sus pies supieran el camino sin que su cabeza lo decidiera.
Rodrigo se puso de pie. La miró desde arriba. Sus ojos dorados temblaban.
—No seas tímida —dijo—. Acercate más.
Davinia se acercó. Un paso. Otro. Quedaron frente a frente. Rodrigo levantó una mano y le tocó la mejilla. Davinia contuvo la respiración.
Se besaron.
Fue un beso tierno al principio. Los labios de ella temblorosos, los de él firmes. Después se hizo más profundo. Las lenguas se encontraron. Davinia gimió contra su boca. Sus manos subieron al pecho de él. Las de él bajaron a sus nalgas.
Se besaron hasta quedarse sin aire.
Rodrigo se separó primero. Le acarició el labio inferior con el pulgar.
—Vamos a bañarnos —dijo—. Los dos estamos sucios.
Davinia no contestó. No podía. Su cerebro se había ido a algún lugar lejano. Solo podía seguirlo.
La agarró de la mano. La llevó escaleras arriba. Pasaron frente a las habitaciones de ellas, frente al estudio de Bárbara. Hasta la puerta del fondo.
El baño de Bárbara.
Entraron.
Rodrigo cerró la puerta. Abrió la ducha. El agua caliente empezó a llenar el aire de vapor. Después se giró hacia Davinia.
Le sacó la remera. Primero los brazos, después la cabeza. Quedó en corpiño deportivo, los pechos pequeños apretados por la tela. Rodrigo le besó el hombro. Le mordió suavemente la clavícula.
Le bajó los leggings. Las piernas largas y musculosas fueron apareciendo. Las nalgas redondas, duras. La tanga blanca, la misma de siempre. La que él le había visto mil veces.
Davinia se quedó en ropa interior, temblando. El vapor la envolvía. Rodrigo la miró. Su cuerpo de atleta: los abdominales marcados, las piernas de gacela, los brazos fibrosos. Los pechos pequeños pero firmes, los pezones rosados marcando la tela del corpiño. La tanga blanca, casi transparente, dejando ver el oscuro triángulo del vello púbico.
Él le desabrochó el corpiño. Cayó. Los pechos quedaron libres. Rodrigo los miró un segundo, después los cubrió con sus manos. Los apretó. Davinia gimió.
Le bajó la tanga. Se la sacó por completo. Davinia quedó desnuda frente a él. La piel blanca, sin una sola marca. El vello púbico castaño, prolijo. Las piernas cerradas, apretadas, como si pudieran esconder algo.
Rodrigo se desnudó rápido. Su cuerpo grande, su panza. El miembro ya duro.
Entraron a la ducha.
El agua caliente les cayó a los dos. Davinia cerró los ojos. Sintió las manos de Rodrigo enjabonándole la espalda. Los hombros. Los brazos. Las nalgas. Él la giró y le enjabonó los pechos. Los pezones. El vientre. Bajó más.
Davinia abrió las piernas. Él metió los dedos. Jabón y agua y otra cosa. Davinia gimió contra el azulejo.
Después ella lo enjabonó a él. Con manos torpes, temblorosas. Le pasó el jabón por el pecho, la panza, los brazos. Cuando llegó a su miembro, dudó. Rodrigo agarró su mano y la guió. Davinia lo tocó. Sintió la piel caliente, la dureza, el latido.
Se quedaron así un rato, bajo el agua, tocándose.
Cuando salieron, el baño estaba lleno de vapor. Rodrigo la secó con la toalla de Bárbara. Primero los brazos, después el pecho, después las piernas. Davinia se dejó hacer.
Desnudos, mojados, calientes. Rodrigo la agarró de la mano y la llevó a la cama de Bárbara.
La cama donde él dormía cada noche. Donde su madre se había entregado. Ahora Davinia estaba ahí, desnuda, la piel brillando, el vello púbico todavía mojado.
La acostó con cuidado.
Davinia quedó boca arriba, los brazos a los costados, las piernas cerradas. El cabello castaño claro húmedo desparramado sobre la almohada. Los ojos dorados mirando el techo.
Rodrigo se acostó a su lado. La besó. Con ternura. Primero los labios, después la mandíbula, después el cuello.
—Te voy a convertir en una mujer de verdad —susurró.
Davinia cerró los ojos. "Por fin", pensó. "Por fin va a pasar".
Rodrigo se puso sobre ella. Abrió las piernas de Davinia con sus rodillas. Ella sintió el aire frío en el sexo. Después sintió la punta de él, apoyada en su entrada.
Miró hacia abajo. Lo vio. El glande enorme, venoso. Apoyado justo donde ella nunca había dejado entrar a nadie.
—¿Estás lista? —preguntó Rodrigo.
—Sí —susurró ella.
Él empujó.
Encontró resistencia. Un muro de carne que no quería ceder. Davinia apretó los dientes. El dolor era agudo, caliente, como si la estuvieran desgarrando.
—Tranquila —dijo Rodrigo—. Respirá.
Davinia respiró. Hondo. El pecho le subió y bajó. Rodrigo empujó otra vez. La resistencia seguía ahí. Pero él no se desesperó. Se tomó su tiempo. Empujaba un poco, salía, empujaba un poco más.
—"Es virgen" —pensó Rodrigo—. "Mi hermana es virgen y yo voy a ser el primero".
La idea lo excitó más.
Empujó una vez más. Y sintió cómo la barrera se rompía.
Davinia gritó. Un grito ahogado, contenido. Las lágrimas le brotaron de los ojos. Pero no era solo dolor. Era placer. Era liberación. Era el fin de algo y el principio de todo.
Rodrigo entró por completo.
Davinia sintió los testículos de él golpeando contra su cuerpo. Sintió cada centímetro dentro de ella. Sintió cómo la llenaba, cómo la estiraba, cómo la hacía suya.
Y en ese momento, con él adentro, con el dolor y el placer mezclados, tuvo su primer orgasmo.
El cuerpo se le tensó entero. Los dedos de los pies se le encogieron. Las manos se le clavaron en la espalda de Rodrigo. La boca se le abrió en un gemido que no había escuchado nunca.
Rodrigo sintió cómo ella se apretaba alrededor de él. Cómo lo succionaba. Y sonrió.
Esperó a que pasara la ola. Después sacó el miembro por completo. Davina sintió el vacío, el frío, la ausencia.
Y él volvió a entrar. De golpe. Llenándola otra vez.
Davinia gimió. Un gemido largo, agudo, que se transformó en llanto. Pero no era tristeza. Era algo más grande.
—Más —pidió, sin saber lo que decía—. Más fuerte.
Rodrigo obedeció.
Las envestidas se volvieron brutales. El cuerpo de Davinia rebotaba en el colchón. Los pechos pequeños le bailaban. Rodrigo los apretó. Los pellizcó. Davinia gimió más fuerte. Le tiró del pelo, suavemente, y la besó. La lengua de ella respondió con hambre.
El cuerpo de Davinia comenzó a moverse solo. Las caderas subiendo al ritmo de él. Las piernas abriéndose más. Los brazos rodeándole el cuello.
—Así —dijo Rodrigo—. Así, perrita.
La palabra la incendió. "Perrita". Como Ayana. Como su madre. Como ella.
El segundo orgasmo llegó más intenso que el primero. Davinia sintió que se desmayaba. Las piernas le temblaron. La boca se le abrió en un grito mudo. Las uñas se le clavaron en la espalda de Rodrigo.
Él sintió cómo ella se apretaba otra vez. Y ya no pudo más.
Empujó una última vez. Hondo. Entero. Y terminó dentro de ella. El calor llenándola. Ella sintiendo cada latido. Cada chorro.
Se quedaron conectados unos segundos. Jadeando. Sudados. Pegados.
Rodrigo apoyó la frente en la de ella.
—¿Cómo te sentís? —preguntó.
Davinia tardó en responder. Las palabras le costaban.
—Siento… —dijo, y se interrumpió. Buscó la palabra exacta—. Siento que por fin estoy completa.
Rodrigo sonrió.
—¿Te gusta que tu hermano sea el primero?
Davinia lo miró a los ojos. Los dorados brillaban.
—Me encanta —dijo.
Rodrigo la besó. Y siguió adentro de ella. Y cuando se le volvió a parar, la volvió a penetrar. Y después otra vez. Y otra vez.
Esa tarde hicieron el amor cuatro veces más.
La segunda vez fue más lenta, más tierna. Rodrigo la besaba mientras se movía dentro de ella. Davinia acariciaba su espalda, sus brazos.
La tercera vez fue contra la pared. Davinia apoyada en la cabecera de la cama, las piernas alrededor de su cintura. Rodrigo la sostenía por las nalgas y empujaba hacia arriba.
La cuarta vez fue de costado. Él atrás de ella, una mano en su pecho, la otra en su cadera. Movimientos profundos y lentos que la hacían temblar.
La quinta vez los dos estaban agotados, pero no querían parar. Rodrigo entró en ella despacio, como si fuera la primera vez. Davinia lo abrazó fuerte. Y se durmieron así, enganchados, dentro de ella, con el sudor secándose en la piel.
La noche cayó sobre la casa.
Bárbara llegó tarde del trabajo, cansada, los pies doliéndole. Dejó la cartera en el comedor. Subió las escaleras. En el pasillo, notó que la puerta de su habitación estaba cerrada.
"Raro", pensó. "Rodrigo debe estar durmiendo".
Fue a la cocina. Calentó un poco de comida. Comió sola, mirando el celular. Ayana le había escrito que cenaba con amigas. Davinia no contestaba los mensajes.
—Seguro está dormida
Subió las escaleras otra vez. Se cepilló los dientes. Se puso el camisón negro, el que a Rodrigo le gustaba. Y abrió la puerta de su habitación.
La luz de la luna entraba por la ventana. Y en su cama, desnudos, enredados en las sábanas, estaban Rodrigo y Davinia.
Bárbara se quedó quieta en el marco de la puerta. Miró a su hija menor: el cabello desparramado, los labios hinchados, las marcas en el cuello. Miró a su hijo: el brazo sobre la cintura de Davinia, la mano en su nalga, la respiración profunda.
No sintió celos. No sintió enojo. Sintió algo que no esperaba: paz.
"También ella", pensó. "También ella lo necesita".
Se sacó el camisón. Quedó desnuda. Caminó descalza hasta la cama. Se acostó del otro lado de Rodrigo. Lo abrazó por la espalda. Apoyó los pechos en su piel.
Rodrigo no despertó. Pero su cuerpo respondió. Se apretó contra ella.
Bárbara cerró los ojos. Y durmió así, con su hijo entre sus brazos y su hija entre los de él. Con los tres cuerpos desnudos en la misma cama. Con la certeza de que ya no había vuelta atrás. Y con algo que se parecía a la felicidad.
Continuara...

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