La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 13

 


La cena terminó entre risas y copas vacías. 


Bárbara llevó los platos a la cocina. Ayana se excusó diciendo que tenía que estudiar —una mentira que todos sabían que era mentira— y subió las escaleras con la cadena de oro bailándole en el cuello. Davinia se fue detrás de ella, en silencio, con la mirada perdida en algún lugar que no estaba en esa casa. 


Cala fue la última en levantarse. 


—Me voy a dormir —dijo, y sus ojos verdes recorrieron la mesa, los manteles, las velas—. Gracias por la cena, mamá. 


Bárbara asintió desde la cocina. Cala subió las escaleras despacio, con los tacos repiqueteando en la madera. Rodrigo la miró irse. Las caderas moviéndose bajo el vestido beige que había usado para la cena. El cabello castaño recogido en el rodete bajo. La nuca perfecta. 


Cuando el último eco de sus pasos se apagó, Rodrigo se acercó a Bárbara. 


Estaba lavando los platos, con los brazos metidos en el agua jabonosa, el delantal atado a la cintura. El cabello rubio recogido en una cola de caballo baja. Las manos blancas, mojadas. 


Rodrigo la agarró por la cintura. La hizo girar. La apoyó contra la mesada. La besó. 


Bárbara respondió el beso con los labios todavía tibios por el vino, con las manos mojadas subiéndole por el pecho. Fue un beso largo, húmedo, de los que ellos sabían hacer. La lengua de ella encontrando la de él. Los dientes mordisqueando labios. Las caderas apretándose. 


Cuando se separaron, los dos estaban jadeando. 


—Me voy a dar las buenas noches a Cala —dijo Rodrigo. 


Bárbara lo miró. Sus ojos verdes —tan parecidos a los de su hija mayor— no tenían reproche. No tenían celos. Solo una aceptación profunda, casi religiosa. 


—Andá —dijo, y le dio un beso corto en los labios—. Después vení a dormir conmigo. 


Rodrigo sonrió. Le apretó una nalga. Y subió las escaleras. 

 

No golpeó. 


La puerta de Cala cedió bajo su mano como si estuviera esperándolo. Él entró. Cerró detrás suyo. El clic de la cerradura sonó en el silencio de la habitación. 


Cala estaba sentada en el borde de la cama. 


Se había cambiado para dormir. Un camisón de seda color marfil, corto, que apenas le llegaba a la mitad de los muslos. El escote amplio, dejando ver el inicio de sus pechos —grandes como los de Bárbara, firmes como los de una mujer de veintisiete años que nunca había parido. Los brazos desnudos, la piel blanca, sin tatuajes. Las piernas largas cruzadas, los pies descalzos con las uñas pintadas de rojo oscuro. 


El cabello castaño ya no estaba recogido. Caía suelto sobre sus hombros, lacio, brillante bajo la luz de la lámpara de mesa. 


Cala levantó la vista cuando él entró. No se paró. No le preguntó qué hacía ahí. No lo echó. 


Sus ojos verdes lo miraron y había algo nuevo en ellos. Algo que no estaba ahí antes de la cena. Algo que no podía nombrar pero que su cuerpo ya conocía: deseo. 


—¿Qué hacés? —preguntó, y su voz sonó más grave de lo normal. 


—Vengo a darte las buenas noches —dijo Rodrigo, y se acercó. 


Cala sintió que el corazón se le aceleraba. "Es mi hermano", pensó. "El perdedor. El inútil. ¿Por qué me tiemblan las piernas?". 


Pero no pudo apartar la mirada. Rodrigo caminó hacia ella despacio, con una seguridad que no le conocía. Se detuvo frente a ella, tan cerca que las rodillas de Cala rozaban sus pantalones. 


—¿Cómo te sentís? —preguntó él. 


—Bien —mintió ella—. Mejor. 


—¿Pensaste en él hoy? 


Cala bajó la mirada. Las manos le temblaron sobre el camisón. 


—Sí —admitió—. Pero cada vez menos. 


—¿Y cuando me ves a mí? —preguntó Rodrigo, y la pregunta cayó en el vacío como un anzuelo—. ¿Qué sentís cuando me ves a mí? 


Cala levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los cafés de él. Y no pudo mentir. 


—No lo sé —dijo, y en su voz había un temblor nuevo—. Algo raro. Algo que no debería sentir. 


Rodrigo sonrió. Se inclinó. La besó. 


Cala sintió los labios de él sobre los suyos y supo, en ese momento, que era el mejor beso de su vida. No supo por qué. No supo cómo. Pero supo que era verdad. 


Respondió el beso. Primero con vergüenza, después con hambre. Las manos le subieron al pecho de él. Los dedos se le enredaron en su remera. La lengua se encontró con la de él y ella gimió. Un gemido bajo, ahogado, que se perdió en la boca de su hermano. 


Rodrigo la empujó suavemente. La recostó en la cama. Quedó boca arriba, el cabello castaño desparramado sobre la almohada, los ojos verdes brillando en la penumbra. 


Él comenzó a sacarle la poca ropa. 


Primero el camisón. Lo levantó despacio, desde los muslos hasta las caderas. Cala levantó los brazos para ayudar. La tela marfil pasó sobre su cabeza y cayó al piso. 


Quedó en ropa interior. Un conjunto de encaje blanco, casi transparente. Los pechos grandes apenas contenidos en el corpiño, los pezones oscuros marcando la tela. Las caderas anchas, la cintura estrecha. La tanga blanca escondiéndose entre sus nalgas. 


Rodrigo la miró. Cala sintió esa mirada como una caricia. "Es mi hermano", volvió a pensar. "El inútil. ¿Por qué me gusta que me mire así?". 


Él le sacó el corpiño. Los pechos quedaron libres. Grandes, redondos, los pezones erectos. Rodrigo los cubrió con las manos. Los apretó. Cala gimió. Él bajó la boca y tomó un pezón. Lo chupó. Lo mordió suavemente. 


Cala se arqueó en la cama. Los dedos se le clavaron en la nuca de él. 


—"Dios" —pensó—. "Dios, qué es esto". 


Rodrigo le bajó la tanga. La tiró a un lado. Cala quedó completamente desnuda debajo de él. La piel blanca, los pechos grandes, las caderas anchas, el vello púbico prolijo, casi rubio como el de su madre. 


Rodrigo se sacó la ropa rápido. El pantalón, la remera, el bóxer. Su miembro ya duro, grande, venoso, el glande enorme. Cala lo vio y sintió miedo. Y deseo. Y vergüenza. Y hambre. 


Él se puso sobre ella. Abrió sus piernas con las rodillas. La miró a los ojos. 


—¿Querés que pare? —preguntó. 


Cala negó con la cabeza. No podía hablar. No quería que parara. 


Rodrigo entró. 


Fue brutal desde el primer momento. No hubo la ternura que tuvo con Davinia. No hubo la sumisión de Ayana. No hubo el amor de Bárbara. Hubo dominio. Puro dominio. 


Cala sintió cómo él la llenaba. Cómo se estiraba alrededor de él. Cómo cada centímetro era una conquista. Abrió la boca para gritar, pero el sonido se le atragantó en la garganta. 


Rodrigo comenzó a moverse. 


Las envestidas fueron profundas, violentas. La cama golpeaba contra la pared. La lámpara de la mesita de luz temblaba. Cala sentía que se iba a desarmar, que sus huesos se iban a separar, que su piel iba a explotar. 


—¿Te gusta? —preguntó él, con la voz rota por el ritmo. 


—Sí —gimió ella—. Sí, sí, sí. 


—¿Soy un perdedor? 


—No. 


—¿Qué soy? 


—No lo sé —dijo ella, y las lágrimas le brotaron de los ojos—. Pero no me hagas parar. 


Rodrigo la agarró de los pelos. Tiró hacia atrás. La obligó a arquear la espalda. Cala sintió que se ahogaba de placer. Los pechos grandes le rebotaban con cada embestida. Rodrigo los apretó. Los mordió. Los pellizcó. 


Cala empezó a moverse. Las caderas subiendo al ritmo de él. Los pies apoyados en el colchón. Los brazos rodeándole el cuello. No era sumisa. No era activa. Era algo en el medio: una mujer que se entregaba sin perder su fuego. 


Rodrigo sintió que ella se apretaba. Que las paredes de su sexo lo succionaban. Y supo que estaba cerca. 


—Venite —ordenó. 


Cala obedeció. 


El orgasmo la sacudió entera. Los pechos le temblaron. Las piernas se le abrieron más. La boca se le abrió en un gemido que se escuchó en toda la casa. Un gemido largo, agudo, descontrolado. Ayana lo escuchó desde su habitación y se llevó la mano a la entrepierna. Davinia lo escuchó y apretó los muslos. Bárbara lo escuchó desde la cocina y sonrió. 


Rodrigo no paró. Empujó a través del orgasmo de ella. Sintió cómo se apretaba y cómo se soltaba. Y cuando ella dejó de temblar, él la giró. 


Quedó boca abajo. La agarró de las caderas. La levantó. Entró de nuevo desde atrás. 


Cala hundió la cara en la almohada. Los gemidos se ahogaron en la tela. Rodrigo la embistió desde atrás, más fuerte que antes. Las nalgas de ella rebotaban contra su cadera. Las manos de él se clavaban en su carne. 


—"Es igual a mamá" —pensó Rodrigo mientras empujaba—. "Se mueve igual. Gime igual. Tiene el mismo cuerpo". 


La idea lo excitó más. La agarró del pelo otra vez. Tiró hacia atrás. Cala gimió. 


—Sos igual a Bárbara —dijo él, con la voz ronca—. Igual de puta. 


Cala no respondió. No podía. Las palabras se le perdían en el placer. Solo podía sentir. 


Rodrigo mordió su cuello. Justo donde la sangre latía más rápido. Cala sintió el dolor y el placer mezclados. Y sintió que él se hacía más grande dentro de ella. Que latía. Que se hinchaba. 


Él terminó. Un gruñido sordo. Enterrado hasta la base. El calor llenándola. 


Cala sintió cada chorro. Cada latido. Y tuvo un segundo orgasmo. Más intenso que el primero. Los dedos se le clavaron en la almohada. La boca se le abrió en un grito mudo. Las piernas le temblaron. 


Quedaron así. Pegados. Jadeando. El sudor de los dos mezclándose. 


Rodrigo se apartó despacio. Su miembro salió con un sonido húmedo. Cala se desplomó en la cama, boca abajo, deshecha. Los pechos aplastados contra el colchón. Las nalgas marcadas por sus manos. El cuello mordido. 


Él la miró. Los ojos verdes de ella estaban cerrados. La respiración agitada. El cabello castaño desparramado sobre la almohada. 


Rodrigo se arrodilló a su lado. Le tocó la mejilla. Cala abrió los ojos. 


La miró fijo. Ella lo miró fijo. 


—Desde hoy —dijo Rodrigo, la voz baja, hipnótica— ya no vas a sufrir por tu ex comprometido. Vas a querer hacer el amor conmigo, pero sabiendo que es solo pasajero. Y no vas a sentir culpa. 


Cala se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


—Buenas noches, Rodrigo —dijo, con una sonrisa cansada. 


Rodrigo se puso de pie. Se vistió rápido. Antes de irse, se inclinó y la besó. Un beso corto. Casi tierno. 


Cala lo miró irse. Desnuda. Satisfecha. Marcada. 


—"¿Qué me está pasando?" —pensó mientras él cerraba la puerta—. "¿Por qué me siento tan bien?". 


Pero no encontró respuesta. Solo el eco de sus propios gemidos rebotando en las paredes. 

 

Rodrigo caminó por el pasillo en silencio. Los pies descalzos en la madera. Pasó frente a la habitación de Ayana. Escuchó el ruido de sus dedos mojados. Pasó frente a la de Davinia. Escuchó sus sollozos ahogados. 


Llegó a la puerta de Bárbara. Entró sin golpear. 


Ella estaba en la cama, esperándolo. El camisón negro, el que sabía que a él le gustaba. El cabello rubio suelto sobre los hombros. Los ojos verdes brillando en la penumbra. 


—¿Cómo estuvo? —preguntó, con una sonrisa que no era celosa. Era cómplice. 


—Bien —dijo Rodrigo. Y se metió en la cama. 


Bárbara se apretó contra él. Sintió el olor de Cala en su piel. No le importó. Lo abrazó. Lo besó en el cuello. 


Rodrigo le levantó el camisón. Le acarició los pechos. Los grandes, los pesados. Bárbara gimió. 


—¿Vas a hacerme el amor? —preguntó ella, con la voz baja. 


—Sí —dijo él—. Pero despacio. 


Y así fue. 


No como con Cala. No brutal. No salvaje. Rodrigo entró en Bárbara despacio, con ternura, con algo que se parecía al amor. Bárbara lo recibió con las piernas abiertas, los brazos abiertos, el corazón abierto. 


Se movieron juntos al ritmo de la noche. Los cuerpos pegados. Las bocas enredadas. Los gemidos bajos, contenidos, íntimos. No fueron escuchados por nadie. Eran solo para ellos. 


Rodrigo terminó dentro de ella. Bárbara se vino con él, apretándolo fuerte, sin dejarlo ir. 


Se quedaron abrazados. El sudor secándose en la piel. La respiración volviendo a su ritmo. 


—¿Me querés? —preguntó Bárbara, con la voz de una chica de quince años. 


—Sí —dijo Rodrigo. 


Y era verdad. No era amor de los que escriben poemas. Era otra cosa. Más oscura. Más real. 


Bárbara cerró los ojos. Sonrió contra su pecho. 


—Entonces dormí —dijo—. Mañana va a ser otro día. 


Rodrigo la apretó más fuerte. Y se durmió con su madre en los brazos, con la sangre de su hermana mayor todavía caliente en sus dedos, con el poder latiéndole en las venas como una droga que nunca iba a querer dejar.

 


Continuara... 

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