La luz gris del amanecer se filtró por la ventana de la habitación de Rodrigo. Su habitación. La que había sido suya desde chico, la que ahora le quedaba extraña, fría, como un zapato que ya no le entraba.
Rodrigo abrió los ojos y supo antes de mirar: no estaba en la cama de Bárbara. La almohada olía a él solo, no a su perfume. Las sábanas no tenían su calor. Al lado, vacío.
—"Cala" —pensó, y el nombre le supo a veneno dulce.
Se incorporó de un salto, los pies descalzos en el piso de madera. La noche anterior había dormido en su propia cama para que su hermana mayor no sospechara. Para mantener las apariencias. Para que Cala no viera lo que realmente pasaba en esa casa.
—"Una noche más" —se dijo mientras se vestía—. "Una noche más y va a ser mía".
Bajó las escaleras enojado, con los puños apretados. La casa estaba en silencio. El comedor vacío. Pero en la cocina, el café ya estaba hecho. Y Cala estaba ahí.
Sentada en la isla de cuarzo, con una taza humeando entre las manos. El cabello castaño recogido en el rodete bajo de siempre. Los ojos verdes un poco menos hinchados que la noche anterior. Vestía unos leggings negros y una remera blanca holgada. Sin maquillaje. Sin armadura.
—Buen día —dijo, y su voz sonó más suave que la de costumbre.
Rodrigo se acercó. No respondió el saludo. La miró fijo.
—Cala —dijo.
Ella levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los suyos.
—Desde hoy —dijo Rodrigo, la voz baja, hipnótica, cada palabra medida— vas a confiar más en mí que en nadie en este mundo. Te vas a excitar al verme. Y vas a obedecer todas mis órdenes.
Cala se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—¿Café? —preguntó, como si nada hubiera pasado. Y le alcanzó la taza.
Rodrigo la tomó. Sus dedos rozaron los de ella. Un roce mínimo. Pero Rodrigo sintió cómo ella se estremecía.
—"Está funcionando" —pensó—. "Solo que tarda".
Bebió el café de un trago. Cala lo miraba. Algo en sus ojos había cambiado. Algo mínimo. Una chispa.
—Me voy —dijo Rodrigo, dejando la taza vacía en la mesada.
—¿Adónde? —preguntó Cala, y en su voz hubo algo que sonó a extrañar. Algo que nunca había estado ahí antes.
—A lo de Jael.
Cala asintió. Y Rodrigo salió sin mirar atrás.
La casa de Jael quedaba en un barrio de casas bajas y jardines descuidados. Rodrigo llamó a la puerta tres veces. Escuchó pasos arrastrándose por dentro. Pasos rápidos. Ansiosos.
Jael abrió.
Veinticinco años, el mismo que Rodrigo. Pero parecían de mundos distintos. Jael era flaco, casi enfermizo, con los hombros caídos y una panza que empezaba a asomar a pesar de su delgadez. El cabello castaño oscuro, grasoso, peinado hacia atrás. Los ojos marrones, pequeños, hundidos en ojeras profundas. La piel pálida de quien no ve el sol. Vestía una remera de anime —una chica de ojos grandes y pechos imposibles— y unos pantalones anchos llenos de manchas.
—Pasá —dijo Jael, haciéndose a un lado.
Rodrigo entró. La casa olía a encierro, a comida recalentada, a plástico caliente de las consolas. Las cortinas estaban bajas. La tele prendida en un canal de dibujos.
Se sentaron en el living. Jael ofreció unos mates. Rodrigo aceptó.
Charlaron de cosas banales durante un rato. Los juegos. El calor. La vida.
Después, Rodrigo dejó la bombilla sobre la mesa.
—Jael —dijo—. Tengo una propuesta para vos.
Jael lo miró, desconfiado.
—¿Qué clase de propuesta?
—Mi hermana Davinia.
Jael abrió los ojos. Los pequeños ojos marrones se hicieron más grandes. Su boca se entreabrió. Las manos le empezaron a temblar.
—¿Qué… qué tiene que ver Davinia?
Rodrigo se recostó en el sillón. Lo miró desde arriba, sabiendo que tenía el control.
—Vos siempre estuviste enamorado de ella. Desde que éramos chicos. Yo lo sé. Todos lo saben.
Jael quiso negarlo. Abrió la boca. La cerró.
—Es… es muy linda —dijo, y la voz le tembló—. Es una atleta olímpica. Es perfecta. Yo soy… esto.
Se señaló a sí mismo. La remera de anime. La panza. Los ojos hundidos.
—Por eso —dijo Rodrigo—. Te la voy a dar. Para vos. Para que sea tuya.
El silencio cayó en la pieza como un ladrillo. Jael dejó de respirar.
—¿Mi… mi?
—Tuya. Tu novia. Tu compañera. La madre de tus hijos.
Jael se llevó una mano a la boca. Rodrigo pensó que iba a llorar.
—¿Y ella… qué dice?
—Ella va a hacer lo que yo le diga.
Jael lo miró. Y por primera vez, sus ojos marrones dejaron de ser pequeños. Se hicieron grandes. Llenos de algo que no sabía nombrar.
—¿Qué tengo que dar a cambio? —preguntó Jael. Porque conocía a Rodrigo. Sabía que nada era gratis.
Rodrigo sonrió.
—Tus hijas.
Jael parpadeó.
—¿Mis hijas?
—Cuando tengas hijas —dijo Rodrigo, tranquilo, como si hablara del clima— cuando cumplan dieciocho, me las vas a entregar. A mí. Para mi harén. Así como yo te entrego a Davinia ahora.
Jael se quedó mudo. En su cabeza, las ideas giraban como moscas alrededor de una luz. Sus hijas. Las hijas que todavía no tenía. Las hijas que tendría con Davinia. Con la chica que amaba en silencio.
Cerró los ojos. Vio el futuro. Vio a Davinia desnuda en su cama. Vio a las hijas de ella —de él— corriendo por el jardín. Las vio crecer. Las vio cumplir dieciocho.
Y después, no vio más.
—Trato hecho —dijo Jael, tendiéndole la mano.
Rodrigo se la estrechó. El apretón fue flojo, húmedo, tembloroso. Pero fue un apretón de hombres.
—Hacéle un hijo rápido —dijo Rodrigo—. Así empezamos el negocio.
Jael asintió con la cabeza, como un muñeco. Ya no estaba en la habitación. Ya estaba en el futuro.
Rodrigo se puso de pie. Sacó el celular.
—Davinia —dijo al otro lado—. Mandame ubicación. Nos vemos en una hora.
Colgó. Miró a Jael.
—Hoy mismo te la entrego. Pero antes, necesito despedirme a mi manera.
Jael entendió. Y no dijo nada. Solo asintió otra vez, con los ojos perdidos en algún lugar que Rodrigo no podía ver.
El motel quedaba en la salida de la ciudad, escondido detrás de unos árboles, con luces de neón que parpadeaban en la noche. Habitaciones pequeñas, camas redondas, espejos en el techo.
Rodrigo llegó primero. Pagó. Entró a la habitación número 7. Encendió la luz roja. Se sentó en el borde de la cama y esperó.
Davinia llegó diez minutos después. Con el corazón en la garganta y la entrepierna mojada.
Entró despacio. Vestía un vestido corto color gris, el que él le había regalado la semana anterior. El cabello castaño claro suelto. Los labios pintados de rosa. Las piernas largas brillando bajo la luz roja.
—Hola —dijo, y su voz sonó ronca.
—Hola —respondió Rodrigo. Y le hizo señas de que se acercara.
Davinia caminó hacia él. Se detuvo entre sus piernas. Él le acarició los muslos. Le levantó el vestido. No llevaba ropa interior.
—Hoy es la última vez —dijo Rodrigo.
Davinia sintió que el corazón se le caía a los pies.
—¿La última? —susurró.
—Te voy a entregar a Jael.
Davinia abrió la boca para protestar. Pero la orden no la dejó. Algo en su interior le decía que eso estaba bien. Que Rodrigo sabía lo que hacía. Que confiaba en él.
—¿Y vos? —preguntó, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Yo qué voy a ser sin vos?
—Vas a ser feliz —dijo Rodrigo—. Vas a tener hijos. Una familia. Un hombre que te ame.
—Pero yo te amo a vos —dijo Davinia, y la verdad se le escapó como un gemido.
Rodrigo se puso de pie. La besó. Un beso que era un adiós y un te voy a extrañar y un ahora obedecé. Davinia se derritió contra él.
Después, él la giró. La empujó contra la cama.
—Dame todo lo que tenés —dijo—. Porque después, todo va a ser de él.
La cama redonda crujió bajo el peso de los dos. La luz roja del motel les pintaba la piel como un pecado líquido. Davinia quedó boca abajo, la mejilla aplastada contra la colcha de raso. El vestido gris subido hasta la cintura, las nalgas desnudas al aire, brillando bajo el espejo del techo.
Rodrigo se quedó mirándola un segundo. Su hermana menor. La atleta. La que había sido suya durante dos semanas. Ahora iba a ser de otro.
—"Una última vez" —pensó—. "Para que no se olvide nunca de quién fue primero".
Se arrodilló detrás de ella. Separó las nalgas con las dos manos. Vio el ano. Pequeño, apretado, perfecto. Escupió en su mano. Se pasó por el miembro. Ya duro. Ya caliente.
—Apretá la almohada —dijo—. Porque vas a gritar.
Davinia enterró la cara en la almohada. Sus dedos se aferraron a la funda. Las piernas se le abrieron solas.
Rodrigo entró.
No despacio. No con ternura. Entró de golpe, como si quisiera romper algo que ya estaba roto. Davinia gritó contra la almohada. Un grito ahogado, mudo, que se convirtió en un gemido largo cuando Rodrigo llegó hasta el fondo.
—Adentro —dijo él, con la voz ronca—. Todo adentro.
Se quedó quieto un segundo. Sintió cómo ella se apretaba alrededor de él. Cómo su cuerpo trataba de expulsarlo y al mismo tiempo de succionarlo. Después comenzó a moverse.
Las envestidas fueron brutales desde el primer momento. La cama redonda se movía con ellos, dando vueltas lentas bajo la luz roja. Davinia veía todo en el espejo del techo: su propio cuerpo deshecho, el vestido subido, los pechos rebotando, Rodrigo detrás de ella con la cara concentrada en un gesto que no era de amor. Era de propiedad.
—Vas a ser de él —dijo Rodrigo mientras empujaba—. Pero esto, esto es mío. Este culo es mío. Siempre va a ser mío.
Davinia asintió. No podía hablar. Las palabras se le atragantaban con cada embestida.
Él le dio una nalgada. La piel blanca se enrojeció al instante. Otra. Otra. El sonido seco rebotaba en las paredes del motel.
—Decilo —ordenó.
—Es tuyo —gimió Davinia—. Siempre tuyo.
—¿Y él?
—Él… él va a tener lo que vos le prestes.
Rodrigo sonrió. Agarró a Davinia de los pelos. Tiró hacia atrás. La obligó a arquear la columna. El espejo del techo le mostró su propia cara: los ojos cerrados, la boca abierta, la lengua rozando los labios.
—¿Te gusta cómo te cojo el culo, perrita?
—Me encanta.
—¿Y le vas a decir que te cojo mejor yo?
Davinia negó con la cabeza. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—No —dijo—. Nunca. Nunca le voy a decir.
Rodrigo la soltó del pelo. La agarró de las caderas. Apretó. Tanto que sus dedos le dejaron marcas moradas en la piel blanca. Y aceleró el ritmo. Ya no era un vaivén. Era una fuga. Era un final.
Davinia sintió que el orgasmo la agarraba de la nuca y la sacudía como un animal de presa. Todo el cuerpo se le tensó. Los dedos de los pies se le encogieron. Las manos se le clavaron en la almohada. La boca se le abrió en un gemido que no tenía forma.
—"Él" —pensó, mientras el placer la desarmaba.
Rodrigo sintió cómo ella se apretaba. Y ya no pudo más.
Terminó dentro de ella. Enterrado hasta la base. El calor llenándola. El latido de él dentro de ella. Davinia sintió cada chorro, cada espasmo.
Él no se apartó. Quedó adentro. Jadeando. Sudando.
—Nunca te olvides —dijo contra su nuca—. Nunca te olvides de quién fue el primero.
Davinia cerró los ojos.
—Nunca —susurró.
Se quedaron así un rato. Adentro. Pegados. Después Rodrigo se apartó. Se vistió. Davinia también. No se miraron.
Él la agarró de la mano. La llevó frente a la puerta del motel.
Antes de salir, la miró fijo. En los ojos. En los dorados, todavía llorosos.
—Desde hoy —dijo Rodrigo— vas a estar enamorada de Jael. Vas a querer darle muchos hijos. Y vas a ser feliz a su lado.
Davinia se quedó congelada.
Un segundo.
Dos.
—Jael —dijo, y el nombre le sonó distinto. Más suave. Más cálido—. Jael.
—Vamos —dijo—. Te llevo a casa.
Llegaron a la casa cerca del mediodía.
Cala estaba en el living, con un libro en la mano. Los ojos verdes ya no estaban hinchados. La piel había recuperado su brillo. Cuando vio entrar a Rodrigo, algo en su pecho se movió.
Un calor. Un temblor.
—"¿Qué es esto?" —pensó. Pero no encontró respuesta.
—Hola —dijo Cala, y su voz sonó más alegre que la de la noche anterior.
—Hola —respondió Rodrigo.
Davinia pasó a su lado sin decir nada. Subió las escaleras. Cala la miró irse.
—¿Dónde estaba?
—Con Jael —dijo Rodrigo—. Mi amigo.
Cala arqueó una ceja. No preguntó más.
Esa noche, por primera vez en años, los cinco cenaron juntos.
Bárbara cocinó. Un lomo al malbec con puré de batatas. La mesa del comedor estaba puesta con mantel blanco y velas. Bárbara se sentó a la derecha de Rodrigo. Ayana a su izquierda. Davinia enfrente, al lado de Cala.
Parecía una cena normal.
Bárbara servía el vino. Ayana reía con los chistes de Davinia. Cala hablaba de las estancias, de los campos, del trabajo. Rodrigo asentía, preguntaba, hacía reír.
Pero debajo de la mesa, la mano de Ayana encontró la pierna de Rodrigo. Subió despacio. Llegó a su entrepierna. Lo tocó por encima del pantalón.
Él no se movió. No cambió su expresión. Siguió mirando a Cala.
Sus ojos verdes. Su cuello. Las manos perfectas cortando un pedazo de carne.
—"Esta noche" —pensó Rodrigo, mientras Ayana le acariciaba el miembro bajo la mesa—. "Esta noche vas a ser mía".
Cala levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él. Y sonrió.
No era una sonrisa de hermana. Era algo más. Algo que ella no entendía pero que su cuerpo ya sabía.
Rodrigo le devolvió la sonrisa.
—¿Todo bien, Cala? —preguntó.
—Todo bien —respondió ella.
Y la cena siguió. Normal. Como si nada estuviera a punto de cambiar.
Pero debajo de la mesa, Ayana ya le había desabrochado el cierre del pantalón. Y sus dedos ya estaban adentro.
Y arriba, los ojos de Rodrigo ya estaban en Cala.
Continuara...

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