La mirada del hipnotista — Incesto - Parte 11

 


Pasaron dos semanas. 


Dos semanas en las que la casa de Bárbara se convirtió en un territorio de carne y gemidos, de sábanas revueltas y piel marcada. Dos semanas en las que Rodrigo durmió todas las noches en la cama de su madre, y Bárbara aprendió a no contener la voz cuando él la penetraba. 


Los gemidos de ella se escuchaban en toda la casa. 


Ayana los oía desde su habitación, con la cadena de oro pegada al cuello, la patita de perro bailando sobre sus clavículas mientras sus dedos bajaban solos a su entrepierna. Ya no usaba ropa interior. Ya no usaba nada que Rodrigo no le permitiera. Estudiaba con el promedio perfecto —la orden seguía vigente— pero en medio de los apuntes, se mojaba pensando en él. 


Davinia, en dos semanas, perdió cualquier rastro de inocencia. Rodrigo no le dejó un pelo de virgen. La primera noche fue tierna, casi solemne. La segunda, ya no. La tercera, Davinia pidió más. La cuarta, suplicó. La quinta, se puso en cuatro sola antes de que él dijera nada. Ahora su cuerpo de atleta conocía cada posición, cada ángulo, cada forma en que su hermano podía hacerla temblar. 


Y las amigas de Ayana —Eiko, Fátima, Galina— ya no eran amigas de nadie. Rodrigo se las había dado a David, una por una, en tres visitas distintas. Las tres jóvenes, hermosas, perfectas, ahora vivían en la casa del acosador. Dormían en su cama. Obedecían sus órdenes. Y estaban felices. David, el perdedor, el encerrado, caminaba por su living con una sonrisa de oreja a oreja, rodeado de tres mujeres que le lamían los dedos de los pies si él lo pedía. 


—"Mi harem" —pensaba David cada mañana—. "Mi propio harem". 


Y Rodrigo, en la distancia, sonreía. Su plan funcionaba. 


Cala llegó un martes por la tarde, con dos valijas y los ojos hinchados. 


Rodrigo la vio desde la ventana del comedor. Bajó del auto un BMW plateado, su auto de empresa y caminó hacia la puerta con los hombros caídos, la cabeza gacha. La mujer perfecta. La exitosa. La que administraba las estancias de su padre muerto. Destrozada. 


Abrió la puerta sola. Rodrigo estaba en el living, con un mate en la mano. 


—Hola —dijo Cala, y su voz sonó ronca, usada. 


—Hola —respondió él. 


Cala dejó las valijas en el piso. Se quedó parada en el medio del living, sin saber qué hacer. Sus ojos verdes los mismos de Bárbara, pero más duros, más fríos, ahora vidriosos por el llanto recorrieron la casa. Todo seguía igual. El comedor, la cocina, las fotos en las paredes. Pero algo había cambiado. Algo en el aire. Algo que no podía nombrar. 


—Lo dejé —dijo, y la frase cayó en el vacío—. A mi comprometido. 


Rodrigo ya sabía. 


—¿Qué pasó? —preguntó igual, para mantener las apariencias. 


Cala se sentó en el sillón. Se llevó las manos a la cara. Las uñas perfectas, el anillo de compromiso ya no estaba. 


—No quería tener hijos —dijo, y en su voz había una mezcla de tristeza y alivio—. Llevábamos un año juntos. Un año. Y recién ahora me dice que no quiere hijos. Que nunca quiso. Que pensó que yo iba a cambiar de opinión. 


Rodrigo asintió, grave. "¿Será verdad?", pensó. "¿O será mi orden?". 


No importaba. El resultado era el mismo: Cala estaba en su casa. 


—Vas a estar bien —dijo Rodrigo, y la frase sonó vacía, pero Cala asintió igual. 


Él quería más. Quería tocarla, ordenarle algo, empezar el proceso. Pero sabía que no podía. No todavía. Debía guardar las apariencias. Cala era distinta a las otras. Más despierta. Más peligrosa. Si sospechaba algo, todo se podía venir abajo. 


—Cualquier cosa, estoy acá —dijo Rodrigo. 


Cala levantó la vista. Lo miró. Por un segundo, sus ojos verdes se detuvieron en los de él. Y algo se movió. Algo mínimo. Una fisura. 


—Gracias —dijo. 


Y se fue a su habitación con las valijas. 


Rodrigo se quedó en el living, con el mate frío en la mano. "Paciencia", pensó. "Paciencia". 

 

El celular vibró. 


Marcela: "Amor, ¿venís hoy a casa? Te extraño." 


Rodrigo sonrió. Amor. La orden había funcionado mejor de lo que esperaba. La profesora de administración, la de treinta años, la de traje sastre y rodillas apretadas, ahora le escribía "amor" como si llevaran diez años juntos. 


Le respondió: "Ahora voy." 


Se puso una remera limpia, se pasó los dedos por el pelo, y salió sin despedirse de nadie. 

 

La casa de Marcela quedaba a veinte minutos en auto. Rodrigo pidió un Uber. Durante el viaje, pensó en la agencia. En la empresa. En todo lo que había planeado. 


Marcela lo estaba esperando en la puerta. 


Rodrigo la miró y supo que la orden había calado hasta los huesos. Ella estaba vestida de una manera que jamás se habría atrevido antes: un vestido corto color esmeralda, escote pronunciado, tela brillante que se pegaba a sus caderas. El cabello negro suelto, los labios pintados de un rojo intenso, los ojos verdes brillando con algo que no era solo deseo. 


Era amor. 


Amor de ese que nubla el juicio. De ese que hace que una mujer se vista para un hombre que no la merece. De ese que Rodrigo había sembrado con una orden y que ahora crecía como una enredadera asfixiante. 


—Pasá —dijo Marcela, y su voz temblaba. 


Rodrigo entró. La casa era pequeña, ordenada, con libros en las paredes y plantas en las ventanas. Olía a café y a flores. 


Marcela cerró la puerta. Se quedó mirándolo, las manos apretadas una contra la otra. 


—Estás muy linda —dijo Rodrigo. 


Ella sonrió, avergonzada. 


—Pero me gustaría verte en ropa interior —añadió él. 


El mandato cayó en el silencio de la sala como una piedra en agua quieta. Marcela sintió que las mejillas se le encendían. "En ropa interior", pensó. "Delante de él". La vergüenza le recorrió la espalda. Pero la orden ya estaba ahí. Y ella estaba enamorada. 


Las manos le temblaron mientras subían al vestido. Lo agarraron por abajo. La tela esmeralda subió despacio. Primero las rodillas. Después los muslos. Después las caderas. 


Marcela se quedó en ropa interior: un conjunto de encaje negro, corpiño de triángulo que apenas contenía sus pechos firmes, y una tanga que se perdía entre sus nalgas. El cuerpo de treinta años, todavía joven pero con la madurez justa: las caderas anchas, la cintura estrecha, las piernas largas y blancas. La piel sin una sola marca. El vello púbico prolijo, apenas asomando por los bordes de la tela negra. 


Rodrigo la miró de arriba abajo. Marcela sintió cada centímetro de esa mirada como una caricia. 


—Ven —dijo él. 


Ella se acercó. Lo besó. Con ternura. Con los labios temblorosos. Con las manos en su pecho. El beso era dulce, casi tímido. Ella estaba enamorada y se notaba. 


Rodrigo respondió con algo distinto. Pasión salvaje. La agarró de la nuca y profundizó el beso. La lengua, los dientes, el aire que se acababa. Marcela gimió contra su boca y se dejó hacer. No opuso resistencia. No quería oponerla. 


Cuando se separaron, ella estaba jadeando. Los labios hinchados. Los ojos vidriosos. 


—Quiero crear una empresa —dijo Rodrigo, con la voz todavía ronca—. Y quiero que vos seas la directora. 


Marcela parpadeó. "¿Una empresa?", pensó. "¿Ahora?". Pero su cuerpo ya no escuchaba a su cabeza. Sus labios ya estaban besando el cuello de él. Sus manos ya estaban bajando por su pecho, por su panza, hasta su entrepierna. Sintió el bulto, duro, caliente. 


—Y si lo hablamos después —murmuró contra su piel. 


Rodrigo apretó sus nalgas. La carne blanda bajo sus dedos. Marcela gimió. 


—Quiero crear una agencia matrimonial —siguió él, como si nada. 


—Sí, amor —dijo ella, jadeando—. Vamos a hacer lo que vos quieras. 


Rodrigo sonrió. Y le arrancó la ropa interior. 

 

La espalda de Marcela impactó contra la pared fría del living antes de que sus pies terminarán de acomodarse en el suelo. Un cuadro se torció en la pared. Rodrigo ya estaba sobre ella, su cuerpo una jaula de calor. No hubo más palabras. Solo la respiración de él, ronca y baja, y el roce áspero de sus dedos bajando por su cadera hasta enganchar el elástico de la tanga negra. 


Ella gimió antes de que él la tocara. Porque sabía lo que venía. 


Rodrigo tiró hacia abajo con violencia. La tela se rasgó con un chasquido húmedo y quedó colgando de una sola pierna. Él no se molestó en quitarla del todo. La apartó a un lado con un manotazo y su palma desnuda golpeó el vello público de ella. Estaba mojada. Húmeda desde la primera mirada que él le lanzó en la puerta. 


—Abrí las piernas —ordenó. No era un pedido. 


Marcela obedeció. Apoyó los talones en la pared y separó los muslos todo lo que pudo en esa posición incómoda. La pared raspaba sus omóplatos. El pelo se le pegó a la mejilla. Él no besó. Él agarró. 


Su mano izquierda se cerró en la nuca de ella, presionándola contra el ladrillo mientras con la derecha se bajó el cierre del pantalón. El metal del cinturón sonó. El jadeo de él. La sangre de ella golpeándole las sienes. 


Cuando él entró, fue de una sola estocada. 


Marcela gritó. No fue un grito de dolor —o sí, uno que se partió en dos y se volvió placer antes de terminar. Rodrigo era grueso y entró en seco, aprovechando la humedad pero sin caridad. Ella se arqueó contra la pared, las uñas buscando la espalda de él y encontrando solo aire. No había dónde agarrarse. Él la tenía inmovilizada con la cadera. 


El ritmo fue inmediato: salvaje, corto, profundo. Cada embestida empujaba la nuca de ella contra la pared. La cabeza le golpeaba suave pero constante. Él no miraba su cara. Miraba sus pechos apenas contenidos en el sostén de encaje, cómo rebotaban desordenados con cada choque de pelvis contra pelvis. 


—Más —susurró ella. O gritó. Ya no sabía. Su voz era un hilo roto. 


Rodrigo respondió clavándole las uñas en los muslos, abriéndola aún más. La pared estaba fría, pero ellos estaban ardiendo. El sudor nació en la nuca de él y goteó sobre el pecho de ella. Una gota, dos, tres. Marcela sintió el calor salado en sus labios. 


Él cambió el ángulo. Subió una pierna de ella, la dobló, la apretó contra su cadera y entró desde abajo. 


Ahí Marcela se rompió. 


El orgasmo la golpeó sin aviso. Fue un latigazo que subió desde los pies, desde ese punto donde él la golpeaba por dentro una y otra vez. Se tensó entera. Abrió la boca y no salió ningún sonido. Solo un temblor mudo que le recorrió el vientre, los muslos, los dedos de los pies que se curvaron contra el suelo. La pared la sostuvo cuando sus piernas quisieron fallar. 


Rodrigo sintió cómo ella lo apretaba. Cómo su cuerpo lo exprimía. Y no se detuvo. 


—Todavía no —dijo él, con la voz rota. 


La siguió empujando contra la pared. La cogio a través de su propio orgasmo. Sin permiso para parar. 


Marcela lloró. Un llanto seco, sin lágrimas. Solo respiración cortada y espasmos. Las manos le temblaban. El sudor le brillaba en el pecho, en el cuello, en la frente. 


Rodrigo le dio una nalgada. Fuerte. Seca. El sonido rebotó en la pared. 


—Así me gustas —dijo él—. Toda mojada. Toda rota. 


Ella asintió. No podía hablar. 


Él la giró como un trapo. La aplastó contra la pared de frente. La mejilla de ella pegada al frío. La nariz aplastada contra el ladrillo. Él entró de nuevo desde atrás. Ahora sí. Ahora él buscaba el suyo. 


—Abrí las nalgas —ordenó. 


Ella metió las manos atrás. Abrió. Sintió el aire frío en el ano. Rodrigo empujó más fuerte. 


Tiró de sus caderas hacia atrás, hacia su propio choque violento. Los gemidos de Marcela ya eran otra cosa: una mezcla de agotamiento y sumisión total. Sus pechos rebotaban contra la pared. Los pezones raspaban el ladrillo. 


Él mordió su hombro a través de la tela del sostén caído. Marcela dejó que lo hiciera. No huyó. No se movió. Solo aguantó. 


—Vas a ser la mejor directora —dijo él, con la voz entrecortada por el ritmo—. Vas a hacerme la agencia más grande del país. 


—Sí —gimió ella—. Sí, amor. Lo que vos digas. 


—Y vas a estar siempre disponible para mí. 


—Siempre. 


Rodrigo le dio otra nalgada. Marcela gimió. El dolor y el placer ya eran la misma cosa. 


Él terminó con un gruñido sordo. Enterrado hasta la base. Empujando una última vez tan hondo que ella sintió el latido de él dentro. El calor llenándola. Los dedos de él apretándole las caderas hasta dejarlas marcadas. 


No la soltó. Quedó pegado a su espalda un minuto, dos. Respirando contra su nuca. El sudor de los dos mezclándose. 


Cuando él se apartó, ella se quedó apoyada en la pared. Temblando. La tanga rota colgando de un tobillo. El cuerpo marcado. El sostén caído mostrando un pecho. El cabello negro desparramado. 


Rodrigo no dijo nada. Solo le pasó un brazo por los hombros y la sostuvo para que no cayera. 


Marcela cerró los ojos. Sonrió contra la pared. 


—Te amo —susurró. 


Rodrigo no respondió. 


La llevó a la cama. La acostó. Se acostó a su lado. Y se quedaron así, en silencio, mientras la noche caía afuera. 


Rodrigo llegó a su casa cerca de las diez de la noche. Cansado. Las piernas le dolían. El estómago le gruñía. Pero en la cabeza, todo estaba en orden. La agencia matrimonial empezaría a tomar vida al día siguiente. Marcela, la directora. La más capacitada. La más enamorada. 


"El primer negocio", pensó mientras abría la puerta. "El primero de muchos". 


La casa estaba a oscuras. Las luces del comedor apagadas. Pero se escuchaba un ruido. 


Un sollozo. 


Rodrigo caminó en puntas de pie. Siguió el sonido. Llegó al living. 


Cala estaba en el sillón, abrazada a una almohada, la cara enterrada en la tela. Los hombros le temblaban. Las lágrimas le mojaban las mejillas. 


Rodrigo se quedó en el marco de la puerta. La miró. Su hermana mayor. La única que todavía no había caído. La única que todavía lo miraba como al perdedor. 


Pero sus ojos verdes, cuando levantaron la vista y lo vieron, tenían algo nuevo. Una fisura. Una grieta. 


—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo, con una voz que ensayó para que sonara preocupada. 


Cala negó con la cabeza. No podía hablar. Los sollozos la ahogaban. 


Rodrigo se acercó. Se sentó en el sillón, a su lado. No la tocó. Esperó. 


Cala levantó la mirada. Sus ojos verdes, rojos de llorar, se encontraron con los de él. Y Rodrigo vio la oportunidad. 


La miró fijo. 


—Vas a seguir triste por dejar a tu comprometido —dijo, la voz baja, hipnótica—. Pero cada vez que estés cerca mío, la tristeza se te va a pasar de a poco. Y vas a empezar a confiar en tu hermano. 


Cala se quedó congelada. 


Un segundo. 


Dos. 


Parpadeó. Los sollozos se hicieron más suaves. Apoyó la cabeza en el hombro de Rodrigo. 


—Gracias por estar acá —dijo, con la voz rota. 


Rodrigo le pasó un brazo por los hombros. La acercó a él. Sintió el calor de su cuerpo. El perfume caro. Las uñas largas apoyadas en su pecho. 


—Siempre, hermana —dijo. 


Cala cerró los ojos. Y por primera vez en días, dejó de llorar.

 


Continuara... 

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